Alejandra Funes no nació con una partitura en las manos, mucho menos con una batuta, pero su camino estaba inexorablemente entonado con la música.
A la abuela le encantaba la música, siempre había música clásica en aquella casa, quizá de allí viene la vena musical. Pero su propio camino la comenzó a buscar un poco después, cuando Gabriela, su hermana mayor, pidió estudiar música en el Centro Nacional de Artes (CENAR), así también llegó ella, pero a estudiar artes plásticas. Allí empezó a escribir su propia partitura.
Alejandra se dirigió al violín, pero no le gustó, «muy brillante, muy agudo», sus manos se deslizaron por el piano y tampoco, pero llegó al chelo y supo que era lo suyo. Haciendo música con las cuerdas de su chelo pasó años e ingresó a la Orquesta Sinfónica Juvenil. A la vuelta de los años estaba lista para entrar a la universidad; el periodismo le coqueteó, pero nada la logró separar ni poquito de la música.
Alejandra se dividió durante los años de la licenciatura entre la música y las clases de redacción. En la universidad, ni sus compañeros, y mucho menos ella, adivinaban lo que vendría. A mitad de la carrera, su hermana mayor volvía a ser el canal para acercarla a su destino; entonces, le sugirió entrar a la Orquesta Sinfónica Nacional.
Alejandra bromea y reconoce que desde allí le nació un gusto por el masoquismo, pero más bien es su ansia por retarse y descubrirse cada vez más inmersa en la música. La broma sobre su masoquismo viene de ese primer acercamiento a una orquesta profesional que exigía mucho más de lo que ella sabía en la Juvenil.
«Fui y me dieron la agarrada del mundo, no me atinaron, pero porque es otro nivel, ya es un nivel profesional. Entonces, sentir esa presión, como que el reto… allí sí me puse las pilas y empecé a estudiar y a estudiar; obviamente, mejoré», recuerda.
Entonces, la fuerza musical la jaló por completo y aunque es licenciada en Periodismo, las cuatro cuerdas, el sonido grave del chelo y conectar la música abrazada a él la absorbieron por completo a su vocación, o hasta ese momento creía que eso era todo.
Durante dos años formó parte de la orquesta como música de refuerzo, es decir, sin paga permanente, solo por participación en conciertos. Aquello lo recuerda como una prueba o el «derecho de piso» para entrar a la principal orquesta del país. Finalmente, en 2008 fue contratada por el Ministerio de Cultura como música y se entregó por completo a lo que hasta entonces seguía siendo su pasión: el chelo.
DEL ARCO A LA BATUTA
En 2016, un giro inesperado nuevamente sorprendió a Alejandra y la acercó más a su camino: la dirección orquestal. Desde que se integró a la Orquesta Sinfónica Nacional, también repartía su tiempo dando clases de música. Estaba destacada en San Vicente y enseñaba al sistema de coros y orquestas de Cultura.
En ese contexto conoció a Lizzi Ceníceros, directora de orquestas proveniente de México. En ese momento le solicitó ayuda a Alejandra en las clases que ella estaba dando acá. Ese fue el principio de una amistad que llevaría a Alejandra a cambiar el arco por la batuta.
Lizzi le abrió la puerta a Alejandra a un mundo nuevo al que llegó y del que se adueñó. La mexicana la invitó a un taller de dirección en México. Fue una experiencia que la marcó.
«Sobreviví al taller de dirección. Fue una semana que terminaba hasta con dolor de cabeza, pero de allí me programé que tenía que regresar el año siguiente para estudiar», recuerda.
Así fue: al año siguiente Alejandra armó maletas y empezó una aventura de estudios, de aprendizajes y a pulirse como música en otro ámbito más exigente en uno de los países con los mayores estándares de estudio de las artes en Latinoamérica.
Su labor como música en la orquesta nacional nunca ha desaparecido; de hecho, en 2018, el primer año que emprendió la decisión de estudiar lo hizo con permiso de misión oficial, mientras que en 2019 se mantuvo viajando constantemente.
A la fecha, aún se encuentra cursando la Licenciatura en Música con Especialidad en Dirección Orquestal.
ÚNICA EN EL PAÍS
En el país, la Licenciatura en Música es bastante nueva y aún no cuenta con el enfoque de dirección. Por eso sucede un fenómeno que no se da en otros países: hay orquestas, pero no hay directores.
En países europeos, comenta, sucede que sí hay directores con estudios, pero no hay orquestas. Con la decisión de formarse académicamente para dirigir orquestas, Alejandra se convirtió en la única mujer en el país con su perfil.
Desde luego, hay licenciados en Música, hombres y mujeres, pero no con la especialización en dirección orquestal, como ella.
Antes de emprender su destino batuta en mano, en 2015, ya había formado la Camerata de Mujeres, junto con Elizabeth Trabanino, conformada por las mujeres músicas de la orquesta nacional e interpretando la música de mujeres como la compositora María de Baratta, Natalia Ramos y Lidia Villavicencio, entre otras.
También formó la Orquesta Filarmónica de El Salvador, integrada en su mayoría por jóvenes. En este momento acaban de presentar los resultados de las audiciones, un ejercicio que también está implementando Alejandra para formar a los nuevos músicos.
En México, creó dos orquestas más que también son dirigidas por ella: La Camerata Femenil de la Ciudad de México, compuesta por una salvadoreña más, Camila Sermeño, y el resto de mujeres mexicanas.
Además, aglutinó a los músicos que están estudiando y que están radicados en México, que suman cerca de 35, para crear la Orquesta de Salvadoreños en México, reunidos para cambiar la imagen de un país violento a la de uno con artistas prodigiosos que brillan fuera de sus fronteras.
De momento, la actividad de la mayoría de las orquestas está detenida, pero los planes de Alejandra, junto con los músicos de las cuatro orquestas que dirige, permanecen a la espera que la situación se normalice. Hay conciertos, ensayos y mucho aprendizaje esperando.
















