Un poco más al sur de Mathura, a casi cuatro horas de Nueva Delhi, se erige la ciudad de Agra, la cual alberga uno de los monumentos más emblemáticos de la arquitectura indoislámica: el Taj Mahal.
Un portal principal conocido como la Darwasa abre el recinto hacia una serie de edificaciones rojizas que se erigen en 17 hectáreas. Las dimensiones de las edificaciones empequeñecen a los visitantes que se asombran y se vuelven ínfimos entre las multitudinarias filas.

A paso lento, los turistas cruzan hacia un jardín que se divide en cuatro secciones por caminos de agua, los cuales culminan su avenida principal frente al coloso de mármol blanco que fue destinado a ser el mausoleo de Mumtaz Mahal, la esposa favorita del emperador mogol Sha Jahan, quien gobernó India desde 1628 hasta 1658.
Sus paredes abismales se levantan con delicados detalles hechos con piedras preciosas como el lapislázuli, el jade, la jadeíta, el ágata, el turquesa, el coral, el ónix, el ámbar y la cornalina. Asimismo, hay pasajes del Corán que impregnan un significado espiritual que evoca reflexión sobre la vida eterna y el recuerdo perpetuo.

Para ingresar al recinto principal, los turistas deben portar cobertores en los zapatos para no dañar el mármol mientras recorren los pasillos de la tumba.
A los extremos del monumento se encuentran una mezquita y el jawab, los cuales constituyen una tríada simétrica que parece custodiar el panteón real. Con una mezcla de arenisca roja y mármol, su belleza complementa la estética y constituyen la representación de la armonía entre el cielo y la tierra, lo divino y lo terrenal, transformándolo en una maravilla que culmina con el imponente paraje del río Yamuna, que se extiende por las praderas de Agra.
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