Cuando terminé mi doctorado, decidí regresar al tranquilo pueblo donde crecí. Buscaba paz después de los años de ciudad. Renté una habitación sobre la calle principal, cerca de la cafetería Cinnamon Cake. Al entrar, vi a Victoria, mi antigua novia. Se veía casi igual que cuando éramos jóvenes, aunque noté que le faltaban dos dedos en una mano.

Me pidió que llevara comida a su abuela, que vivía en el apartamento de al lado. La mujer apenas abrió la puerta, tomó la bolsa y la cerró sin decir palabra. Esa noche, mientras veía televisión, escuché un piano.

No era alegre, sino una melodía nostálgica, como si alguien tocara para la noche.

Los días pasaron tranquilos, aunque el silencio del pueblo se me hacía extraño. Pregunté por Victoria en la cafetería, me dijeron que estaba cuidando a su abuela enferma. Cada noche, el piano volvía a sonar, llenando el aire con una mezcla de melancolía y calma.

Una tarde entré al bar del pueblo y vi en la pared un recorte: Emilia Stern, pianista de renombre internacional. El bartender me dijo que era la abuela de Victoria. Cuando mencioné que había sido mi novia, me aconsejó que no me quedara fuera hasta tarde.

Pocos días después encontré una nota bajo mi puerta: “¡Lárgate!”

Dudé si tomarla en serio, pero algo en el ambiente parecía pedirme que me fuera. El piano dejó de sonar y el silencio comenzó a inquietarme aún más.

Decidí caminar hasta la vieja mansión de los Stern, en las afueras. Estaba en ruinas, cubierta de enredaderas oscuras. Dentro, entre los muebles polvorientos, encontré un cuaderno. Era de Victoria.

En él recordaba nuestra relación y confesaba que había tenido una hija después de que me fui. Contaba que la niña era diferente, que prefería estar sola y tenía un talento natural para el piano. Con el tiempo su aspecto cambió y la mantuvieron en la mansión, donde su abuela tocaba para ella, para mantenerla tranquila.

Las últimas líneas me hicieron estremecer:

“Hace dos años que duerme, pero pronto despertará.”

En ese momento, como si las páginas lo hubieran invocado, el piano sonó con fuerza desde algún lugar de la casa. Las notas llenaron los pasillos con una intensidad casi hermosa, pero inquietante.

Vi algo arácnido moverse al fondo del corredor y sentí que alguien se acercaba. No supe si era la abuela, Victoria o alguien más. Antes de que pudiera salir una voz suave susurró detrás de mí:

 – «Bienvenido a casa».

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Encuentro de un amor sin medida

Por Christian Edgardo Zelaya Colón / DePoesía

(Soneto dialogado en cuarteto y quinteto en honor a «Llama de amor viva», de San Juan de la Cruz)

En la oscuridad más tenebrosa

se mantiene encendida la llama del amor intrincada,

oh, maravillosa estructura

la que aguanta la pasión con mi amada.

Sin vista e insegura,

por el sendero de amor en la quebrada,

atiende la voz de mi escultura,

una caricia de gozo intensificada.

En la oscuridad más temida,

con afán de profusa antesala,

de un no viéndola ni un asiéndola,

sino la de flechar su ardor con mi mirada.

Solo su olor me guiaba,

más deseoso que la intensa melodía,

ahí en el rincón de la ensenada,

donde el corazón latía

a gusto en celada sinfonía.

Oh, sabor que endulzaste

al amor con la estimada,

oh, sabor que triunfaste

entre el alma y la nada,

el amado con su nada en amores transmutada.

En el cielo de la alacena,

esperando la dulzura de su arcada,

con su rostro sereno y sus montes atacaba,

mis sentidos desprolijos herían,

en el encuentro la agonía suspendida.

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Capitana de mi escuela

Por Hugo Armando Aguirre Ayala

Kikirikí canta el gallo,

Al instante, alza su voluntad

Radiante mujer con disciplina,

Loable en su trabajo,

Ardiente en el batallón azul.

Ejemplo para la juventud salvadoreña,

Dirigiendo el futuro escolar,

Imbuida de principios humanos,

Transcendental en El Salvador,

Honorable de corazón.

Trinchera de lucha y conocimiento,

Renaciente en la patria de héroes,

Intrépida alma femenina

Guíanos al mañana con amor,

Unificando nuestro clamor.

Estirpe eres tú mujer,

Renovando nuestra gloria,

Ostentando tú valor a El Salvador,

Sonriendo a la vida cada día.

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Caricias prohibidas

Por Raúl Osmín Torres / DePoesía

Tú estabas en las aventuras

de mi infancia,

cuando era feliz y no lo sabía.

En los juegos interminables

con los amigos

y en mis ilusiones primerizas

que se esfumaron

entre los desengaños.

Tú estabas en los memorables viajes

por la vieja Europa,

a través de mi música italiana y francesa

predilecta;

compartías conmigo

caramelos y besos

cualquier tarde veraniega,

cuando el vino tinto

nos alegraba la existencia

como elixir de la vida.

Veintitantos inviernos después

me acordé de ti

al escuchar una bonita canción.

Me recordé de tu sonrisa

que pintaba mis días,

de tú mirada que todo

lo iluminaba,

de las caricias prohibidas

que encendían el fuego

sin tocarnos.

Tú estabas en el comienzo,

en el durante

y en los finales felices

que me inventé

para nuestra historia de amor.

Quizá aún estás a mi lado,

sin estar,

en mis días grises y en mi soledad.

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