En El Salvador, bajo la ceniza volcánica y en las tradiciones que siguen vivas en sus pueblos, se resguarda una riqueza cultural con reconocimiento mundial: Joya de Cerén, patrimonio cultural material de la humanidad, y la Cofradía de las Flores y las Palmas de Panchimalco, patrimonio cultural inmaterial.
«El tener 2 patrimonios declarados en la lista representativa del patrimonio cultural, material e inmaterial de la humanidad (…) es un orgullo; es levantar la identidad del país y mostrar el verdadero rostro de los salvadoreños», afirmó la directora nacional de Patrimonio Cultural, María Isaura Arauz a Diario El Salvador.

Ambos reconocimientos colocan a El Salvador en el mapa cultural del mundo. «Significa darle un nivel de representatividad a nivel mundial al país», explica, destacando la importancia de que este sea visible: «esto lo que hace es abrirle una ventana al país y que nos miren al mundo… El Salvador está visible en todo el mundo».
La experta detalló que dos de las condiciones más importantes para lograr una declaratoria de Patrimonio de la Humanidad son contar con un valor excepcional y un carácter único, criterios que, según explicó, se evidencian tanto en Joya de Cerén como en la Cofradía de las Flores y las Palmas.

Joya de Cerén: un pueblo maya congelado en el tiempo
Declarado patrimonio mundial hace 33 años, Joya de Cerén continúa revelando la vida cotidiana de una comunidad prehispánica que quedó sepultada por la ceniza volcánica.
A diferencia de otros sitios arqueológicos de la región, Joya de Cerén no muestra pirámides ni grandes centros ceremoniales.

«Estamos hablando de una arqueología doméstica o sea un pueblo», explicó Arauz. Esa característica fue determinante para su inscripción en la lista de Patrimonio de la Humanidad la UNESCO.
«Rastreamos México porque es el que tiene más cultura maya, no había en Belice, no había en Guatemala, no había Honduras. Solo lo teníamos nosotros», recuerda la profesional al detallar el rastreo internacional que se realizó para confirmar su carácter excepcional.
El sitio ha sido descrito como un espacio «congelado en el tiempo». De no haber sido por una erupción volcánica que lo cubrió, explica la especialista, «hubiera sido muy difícil que se conservara».

Gracias a ello, hoy conocemos cómo habitaban, almacenaban alimentos y desarrollaban sus actividades. «Los mayas eran fabulosos. Los mayas tenían una inteligencia y un conocimiento de cosmovisión muy interpretativo», afirmó.
Las investigaciones han contado, incluso, con apoyo la NASA, quienes realizaron rastreos geofísicos en el área, lo que permitió localizar las estructuras sin necesidad de excavaciones invasivas.

«El rastreo geofísico es ir a buscar a dónde están las casas, para dónde estar haciendo pozos, es un radar que pasó la NASA conectado a la computadora», explicó la profesional, quien añadió que este estudio se realizó cuando se descubrió el sitio arqueológico.
Gracias a estos estudios, se logró dimensionar el sitio arqueológico y confirmar que, además de las edificaciones ya expuestas, existen muchas más bajo tierra. «Hay 19 descubiertas y se han ubicado más de 40 en el sondeo geofísico, es un pueblo», dijo la directora.

Además de su valor histórico, Joya de Cerén sigue siendo un motor turístico.
«Los bienes culturales forman parte del turismo. Sin bienes culturales ni naturales no podría haber turismo, enfatizó Arauz al señalar que la mayoría de los visitantes son extranjeros, científicos e investigadores.
Panchimalco: la tradición que sigue viva
Mientras Joya de Cerén habla desde la tierra y la ceniza, la Cofradía de las Flores y las Palmas de Panchimalco lo hace desde la fe, la comunidad y la memoria viva.
«Joya de Cerén es patrimonio material, o sea, lo veo, lo toco. Esto es inmaterial (la cofradía)», explica la especialista. «Es lo que representa el sentir de la población y son manifestaciones de la población».

La declaratoria no fue inmediata. Tomó cinco años de investigación, documentación y diálogo con la comunidad. «No encontramos ninguna manifestación similar a esta», afirmó Arauz, tras un análisis realizado en distintos países de América Latina.
El reconocimiento internacional llegó sin objeciones. «El 11 de diciembre se nos anunció en Nueva Deli (…) que sí lo habían aceptado. No hubo ninguna objeción», recuerda. Posteriormente, «unánimemente todos votaron y dijeron que sí».
Cada año, la comunidad se organiza para elaborar palmas llenas de flores naturales (que se cortan en el mismo Panchimalco), las cuales adornan calles y perfuman el pueblo cada primer domingo de mayo.

Las palmas adornan una procesión cargada de simbolismo en donde aparecen la virgen de Rosario y la virgen de la Inmaculada Concepción.
«La procesión es invocar a la virgen para darle Gracias por las cosechas. Porque empieza la lluvia, porque ellos ya tienen sus siembras listas, porque eso lo que les dará sus alimentos», explica.
El compromiso
Más allá del reconocimiento, la UNESCO exige un compromiso claro de continuidad.
«El compromiso principal es de la comunidad porque ellos son los portadores de cultura. No somos nosotros lo que hacemos la cofradía, son ellos», subraya la directora.
La permanencia de la tradición depende del relevo generacional: «Tiene que seguir en el tiempo, tienen que haber relevos», indicó.
Ese relevo ya es visible en Panchimalco. «Ya vimos ese relevo, entonces no se va a perder la tradición», afirmó, al recordar la presencia de jóvenes participando activamente en danzas, música y rituales.
Entre ruinas preservadas por la ceniza y procesiones cubiertas de flores y palmas, El Salvador cuenta con dos patrimonios que nos muestran el pasado y las tradiciones que siguen vivas en el presente.






