Las fiestas patronales de San Salvador en honor al Divino Salvador del Mundo, también llamadas fiestas agostinas, se celebran cada año durante la primera semana de agosto. Están establecidas según el calendario litúrgico de la Iglesia católica, debido a un hecho narrado en la Biblia: la Transfiguración. Pero ¿cómo se adoptó esta celebración en San Salvador?
Los orígenes de esta celebración se acuñan en el tiempo en que se fundó la ciudad de San Salvador (en su etapa de planificación) en 1525, en el valle de La Bermuda, que ahora se conoce como Suchitoto. Una tierra que fue exigida por Pedro de Alvarado, el líder de uno de los grupos de conquistadores de España que estaban en la carrera por reclamar las riquezas de todo el continente de América, y para lograrlo fundaban ciudades.
Los conquistadores no iban de paso, sino que llegaban para asentarse con todas sus costumbres y tradiciones religiosas a la tierra que tocaban. Justamente en ese momento es que, de acuerdo con Nick Mohamar, presidente de la Cofradía del Divino Salvador del Mundo «empieza la devoción, pero no como la conocemos actualmente, sino como una especie de acción de gracias por la nueva ciudad que se había fundado, y lo hacen con una procesión o desfile del banderín real, que era lo que representaba al rey y lo que le daba la potestad de mando al que lo llevaba».
Ese banderín, llamado pendón real, era sacado a pasear por las calles polvorientas, acompañado de caballería y mucha pompa, con la finalidad de que las personas asentadas en esa ciudad recordaran y suscribieran el voto de fidelidad con el rey supremo. Años después, la ciudad de San Salvador se trasladó hacia su ubicación actual; se estima que inició por las zonas del barrio La Vega y barrio Candelaria, donde se continuó la fidelidad al rey y, por consiguiente, con la devoción a Dios.
El Colocho
En 1777, el sacerdote Isidro Sicilia solicitó una nueva imagen a Silvestre Antonio García, un notable escultor, pintor, grabador y dorador de imágenes de toda la región. Así fue como se creó la nueva imagen con la técnica de escultura en madera de naranjo, articulable de bulto redondo.

La imagen fue tallada en un árbol de naranjo que estaba en la finca San Antonio Los Amates, al poniente de San Salvador. Una inmensa finca que años más tarde fue dividida en la finca El Espino y finca San Benito. Desde entonces, el escultor García, en tributo al patrón de San Salvador, pagó las celebraciones de las fiestas agostinas de los años siguientes, hasta que murió. Esta imagen tiene las características del movimiento barroco, entre las que se destacan las curvas para darle dinámica o sentido del movimiento al cuerpo; en este caso, el movimiento se nota en las ondas en su cabello, algo que no pasó inadvertido por los fieles salvadoreños, que con el tiempo lo llamaron cariñosamente el Colocho.
La primera imagen de San Salvador
En 1546 ocurre otro acontecimiento relevante que marca la tradición de esta celebración, ya que el rey de España donó la primera imagen de San Salvador, como se lo conocía en un principio, y que años después pasó a llamarse Divino Salvador del Mundo.
Se trataba del rey Carlos l de España, quien también tenía el título de emperador del sacro imperio de Alemania Carlos V, y también rey de Italia, un personaje de la historia que acuñó el dicho «en mis dominios nunca se oculta el sol», en alusión a la gran cantidad de territorios que había conquistado, que estaban a distancias tan lejanas que, mientras en unos estaba la oscuridad de la noche, en otros alumbraba la luz del día.
Este personaje mandaba a esculpir las imágenes de las ciudades que su reinado iba fundando, y fue así como llegó la primera imagen de San Salvador al país, que aún se conserva en la catedral Metropolitana como una joya.
«Quitando el misticismo religioso, esa es la única pieza que podemos decir que data de esas fechas. Otro patrimonio tan antiguo en San Salvador desafortunadamente no lo tenemos, sea por los incendios, por los terremotos, sea por el desdén, el descuido de la misma gente a la que no le interesa eso y que lo ve como cosas viejas que se han desechado, pero afortunadamente contamos con una pieza principal, que es nuestro patrono», señaló Mohamar.
Con esta imagen se empieza a celebrar cada 5 y 6 de agosto la Transfiguración de Cristo. Este hecho se encuentra en diferentes pasajes de la Biblia en los que se describe un viaje que Jesús hace al monte Tabor acompañado por tres apóstoles: Juan, Santiago y Pedro. Cuando llegan a lo alto, Jesús se eleva y a sus costados se aparecen los profetas Elías y Moisés, mientras una luz resplandeciente los abraza y el vestuario del Señor se transforma en un blanco intenso. Se considera el mayor milagro que aparece en los evangelios canónicos.
Ese es el hecho que se celebra en las fiestas agostinas, y como la tradición católica busca recrear los pasajes de la Biblia, los feligreses quisieron hacerle un cambio de vestuario a Jesús para revivir el momento exacto en que sus vestiduras se tornan de un blanco resplandeciente; pero la imagen que el emperador había donado ya tenía el traje tallado. Por otra parte, querían sacar la imagen por las calles en procesión, algo que tampoco podían hacer porque era muy pesada. Algunos historiadores mencionan que pesaba cerca de dos toneladas; entonces surgió la necesidad de mandar a hacer otra imagen.






