Esto nos lleva a la iconografía: el arte de representar, mediante imágenes, un amplio repertorio de ideas, dogmas y relatos del cristianismo. Durante la Edad Media, la iconografía estuvo estrechamente vinculada a la liturgia, ya que las imágenes religiosas no solo decoraban los templos, sino que formaban parte esencial de las ceremonias.

Autores como Luis Monreal y Tejada señalan, por ejemplo, que el crucifijo sobre el altar es un elemento indispensable en la liturgia, con una doble función: latréutica —de adoración— y sotérica —relativa a la salvación—.

En cuanto al valor de las imágenes, Umberto Eco destaca la naturaleza icónica de la percepción humana: aprendemos a través de imágenes, desde ideas simples hasta conceptos complejos. Esto explica por qué, en una sociedad en que no todos sabían leer y escribir, las imágenes cumplían también una función didáctica.

Las catedrales medievales estaban decoradas con figuras sagradas, pero también con elementos de origen pagano —dragones, demonios y criaturas mitológicas— que funcionaban como metáforas moralizantes. En este sentido, la imagen era tanto un instrumento de enseñanza como de amonestación.

Según Georges Duby, algunas de las primeras representaciones de Cristo se inspiraron en modelos de la iconografía pagana, especialmente en Zeus, del que se retoma la apariencia majestuosa y la idea de autoridad divina.

El uso de imágenes no siempre fue aceptado. En sus inicios, se les acusó de idolatría, como lo refleja el episodio del becerro de oro en el libro del Éxodo (capítulo 32). Más adelante, en el Imperio bizantino, la iconoclasia del siglo VIII prohibió su uso, situación que se revirtió en el año 843 bajo el gobierno de la emperatriz Teodora.

Entre las principales representaciones de Cristo destaca el Pantocrátor, donde aparece frontalmente, con aureola, en actitud de bendecir y sosteniendo un libro. Esta imagen es característica del arte bizantino y románico, y suele ubicarse en ábsides y tímpanos.

Otra variante es el Cristo en Majestad, que lo presenta en la cruz sin signos de sufrimiento, vestido con túnica regia y con una actitud triunfante.

En la figura del Buen Pastor, Cristo aparece como un joven que carga un cordero sobre sus hombros. Esta imagen deriva del Crióforo griego —asociado al dios Hermes sosteniendo un carnero para el sacrificio— y fue ampliamente utilizada en el arte paleocristiano.

El Agnus Dei (Cordero de Dios) es otra representación simbólica: un cordero con un estandarte coronado por una cruz, que alude a la redención y que aparece también como atributo de algunos santos.

A partir del siglo XIII, se difundieron las imágenes dolientes, propias del arte gótico. Entre ellas destacan el Ecce Homo, Cristo coronado de espinas, y la Imago Pietatis, donde se muestra con sus llagas o emergiendo del sepulcro. También el Cristo yacente, frecuente en la escultura policromada y en las procesiones.

En el plano simbólico, Cristo puede representarse como pez (ichthys), un acróstico griego de “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador”, como signo de identificación de los primeros cristianos.

A este repertorio se suman animales simbólicos como el pelícano —que, según la tradición, alimenta a sus crías con su propia sangre—, y el león, asociado a la fuerza y la realeza divina, a menudo vinculado al crismón.

Dios Padre suele representarse como un anciano de cabellos blancos, imagen que remite al arquetipo del “viejo sabio”, descrito por Carl Jung como una manifestación del Sí-mismo. No obstante, está presente ya en el arte paleocristiano y es difundida entre los siglos IV y VIII d.C. apareciendo como una mano que emerge de las nubes, símbolo del poder creador, heredado a su vez de la tradición judía.

El Espíritu Santo, por su parte, se representa como una paloma blanca, en referencia al bautismo de Jesús narrado en el Evangelio de San Marcos, y también como lenguas de fuego en Pentecostés.

Finalmente, la representación de la Santísima Trinidad ha sido uno de los temas más complejos en el arte cristiano. Entre sus formas simbólicas se encuentra el triángulo equilátero, a veces inscrito en un círculo, o acompañado del Ojo que todo lo ve, símbolo que siglos más tarde adoptaría la masonería como alegoría del Gran Arquitecto del Universo.

Existen además variantes como la Trinidad bizantina, la de los tres varones o la denominada “trinidad trifacial”, una imagen polémica que fue prohibida por el papa Urbano VIII en 1628 y que estaba constituida por un rostro con tres caras superpuestas, con cuatro ojos en un mismo eje, tres narices y tres bocas. Representación que algunos autores han vinculado con un posible origen celta.

En conclusión, las sociedades medievales encontraron en el universo de las imágenes un vehículo para dialogar con la divinidad. Gracias a la iconografía, la dotaron de una identidad accesible y comprensible. Esta imaginería no estará exenta de toda clase de influencias culturales, que darán a sus creaciones sagradas, un sinfín de características visuales, como reflejo de la creatividad humana, pero sobre todo de su eterna búsqueda de lo Sagrado.