Bajo el cielo salino de la Barra de Santiago, el océano no solo devuelve madera a la deriva, devuelve historias. Allí, donde el sonido de las olas marca el ritmo de la vida, la artista Lula Mena ha encontrado la materia prima para su más reciente y emotiva travesía visual: «Cuando el tronco florece».
La exposición es un estallido de texturas que desafían el tiempo. Lo que para el caminante distraído es un simple despojo de madera erosionada, para Mena es un «ser» con alma. La artista ha tomado estos troncos —testigos mudos de la infancia de sus hijos y del forjado de su hogar— para convertirlos en un lienzo tridimensional donde la vida se niega a extinguirse. Es una oda a la memoria y a la capacidad de transformación, donde cada grieta y cada nudo cuentan una historia de supervivencia.
De las grietas de la madera muerta emergen flores de un brillo inesperado que desafían su origen humilde, creados con cobre y cuero que aportan una calidez terrenal y un toque de artesanía ancestral. Otras son hechas de escamas de pescado que capturan la luz como pequeños prismas, evocando la vida marina de la que provienen. Los neumáticos y textiles reciclados también son materia prima presente, algo que transforman el residuo industrial en un pétalo delicado, demostrando que la belleza puede nacer de cualquier parte.








La metamorfosis de La Puerta
A un lado de la sala se encuentra «La Puerta», un objeto que parece poseer mil vidas y que encarna la esencia misma de la transformación. Habiendo sido parte de un camión, luego del hotel de Suchitoto donde habitó la familia y posterior se convirtió en la mesa que los reunía, hoy se erige como el umbral de esta muestra.
«Cuando el tronco florece es también un acto de despedida y gratitud. Los materiales recuperados se presentan como reliquias de un ciclo concluido, recordándonos la belleza de la memoria y la necesidad de aceptar que todo tiene su tránsito natural. La artista reconoce en estos objetos la metáfora de los recuerdos que ya pertenecen al pasado, y, al intervenirlos, les concede una segunda vida. Diseñar, ensamblar y cuidar cada pieza se vuelve un gesto catártico: un modo de agradecer lo vivido y, a la vez, abrir espacio para que broten nuevas experiencias», detalla a través de un comunicado la curadora de Colecciones Nacionales y experta en artes, Astrid Bahamond.
La muestra, que cuenta con el respaldo del Ministerio de Cultura, estará vigente hasta febrero de 2026, en la Sala de Exposiciones del Aeropuerto Internacional Monseñor Romero de El Salvador.






