Con 200 dólares hay mucho por comprar, zapatazos, ropa, comida, un par de cuotas de la universidad, sin embargo decidí invertirlos para ver a mi ídolo: Lionel Messi. Que fueron 45 minutos, los cuales sentí eternos, una inversión que valió la pena, una alegría que nadie me la quita, un recuerdo que llevará hasta el final.

Soy y vivo de la redacción de noticias deportivas, pero antes que eso soy personas con defectos y debilidades como todos: soy aficionado al fútbol, le voy al Barça desde finales de los 90, crecí viendo todos los holandeses azulgranas, ese principio de siglo cuando no se ganaba nada.

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Cuando llegó Ronaldinho lo arropé como mi ídolo hasta que apareció «La Pulga»,«La Mecedora», como le decía Kike Iraheta a Messi, cuando LaLiga se podía ver en la televisión local.

En noviembre, cuando se hizo oficial la visita de Lionel Messi a nuestro país, lo primero que dije en casa fue, «no creo ir porque es viernes, ese día trabajo y seguro estaré en el diario, ni modo», pero aun así me alegré por la noticia.

Sin embargo, la hora y el destino tenían marcado que Messi y yo coincidiéramos, aunque de lejitos en el Cuscatlán. Con aproximadamente tres semanas de anticipación, supe que el viernes 19 de enero después de las 3 de la tarde estaría libre, que ese día tendría otra función en el periódico, la cual me iba a permitir poder ir al partido.

También, confieso que participé en cuantas promociones salieron para poder ganarme una entrada, pero la suerte no es lo mío. Finalmente, el boleto lo compré unas horas antes, todavía pensando si a último momento surgía algo, pero nada.

Todos querían la camisa de Messi, que finalmente se llevó Nelson Bonilla, que fungió como capitán de la selección. Foto David Martínez

El sueño

Salí del periódico con mi camisa del Barça, obvio con la 10 de Messi. Tras superar el tráfico del viernes, la gente corría entre un mar de camisetas alusivas al astro argentino, luego vi una enorme cola para entrar al Cuscatlán, pero era para los preferentes, sombra y platea. Yo fui a general y ahí la cola era rápida.

Debo decir que estaba tranquilo, no quería que le emoción me ganara. Entré y lo primero que hice fue tomar una foto con el cojín que regalaron, donde tenía la leyenda del partido. La subí a las historias de Facebook e Instagram y ahí manifesté que mi sueño de niño interior estaba por cumplirse.

Por pena a que me vieran no quise llorar, tenía un nudo en la garganta, estaba emocionado, todo mientras observaba en qué lugar de sol general que iba a instalar. Pensé en una esquina por si Messi se acercaba a patear, era probable.

En otro tiempo, ir con una camiseta que no fuera de la Selecta a sol general era para que te insultaran y te lanzaran objetos, pero el viernes fue todo diferente, las camisetas rosas fueron amplia mayoría, luego las de Argentina y Barcelona.

Finalmente, acompañado por Luis Suárez, Lionel Messi, mi ídolo, entró a la cancha, no lo podía creer porque me había resignado a que probablemente nunca lo vería en vivo, sin embargo, lo tenía a unos metros frente a mí.

Messi es real, todos gritaban emocionados, no faltaba un «Messi te amo», «yo te amo más», que generaban risas. De mi parte hice un par de videos cortos y luego lo disfruté, a mi manera, era por momento complicado procesar tanto, porque además estaban en la cancha Sergio Busquets, Jordi Alba y Suárez, directo al corazón culé.

Llegó el partido y vi a Messi encarar como cuantas veces lo disfruté, pero desde una pantalla, pero el viernes fue en vivo, a pocos metros, increíble para ser cierto.

Que jugó 45 minutos, que importa, yo lo disfruté en vivo, como todos. Messi me ha dado muchas alegrías con su fútbol, sus goles y sus títulos, pero verlo de cerca fue la mejor y eso nadie me lo quita.

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