Las trompetas del mariachi rasgaron el silencio de la noche en el Estadio Cuscatlán, despertando un eco que parecía venir del pasado. El sábado no se midió en horas, sino en latidos, cuando Alejandro Fernández subió al escenario para entrelazar su voz con la sombra de su padre.
Ataviado con la elegancia impecable del charro, Alejandro pisó el escenario con una presencia que evocaba la sombra amada de su progenitor. No hubo necesidad de grandes discursos, la música habló por sí sola. Con una fuerza vocal que parecía madurada por la misma nostalgia, «el potrillo» entonó esos himnos que habitan en la sangre de Latinoamérica.
Junto a él, miles de salvadoreños se convirtieron en el coro de un hijo que canta para mantener intacto el legado de Vicente Fernández, transformando el cemento del estadio en un altar de nostalgia y reverencia.
Al resonar los acordes de aquellas melodías que Vicente grabó en el alma del pueblo, el público salvadoreño entregó el corazón por completo. Los ojos humedecidos de los asistentes, los abrazos espontáneos entre padres e hijos en la multitud, y los brindis alzados al viento con la mirada fija en un cielo que no dejó de llover, daban testimonio de un lazo que la muerte no ha podido romper.






