La banda salvadoreña de rock Fugga, formada en 1989 y convertida en referente obligado de la escena local, se reunirá por una última vez en un concierto que promete revivir la energía y la nostalgia de las noches que marcaron a una generación en el emblemático bar El Malibú, frente a la Universidad de El Salvador.
El reencuentro de la alineación original —Óscar Serrano (voz), Gerardo Sibrián (batería), René López (guitarra) y José «Chepe» Betancourt (bajo)— tendrá lugar el sábado 28 de febrero en el Hotel Real InterContinental San Salvador, bajo el concepto «Una noche en Malibú», una evocación directa a los años en que el grupo se convirtió en sinónimo de jueves universitarios, guitarras eléctricas y resistencia cultural en medio de la guerra civil.
Durante cinco años, Fugga fue protagonista del ambiente musical del histórico Malibú, un bar que se transformó en punto de encuentro para estudiantes y jóvenes que buscaban un respiro entre clases y toques de queda. En una época dominada por propuestas tropicales, el cuarteto apostó por el rock en español e inglés, con versiones de bandas como U2, Led Zeppelin, INXS, Soda Stereo y Caifanes, cuando muchos de esos temas apenas comenzaban a sonar en la región.

«Fue algo accidental, nunca dijimos que íbamos a hacer un boom», recordó el guitarrista René López. «Estábamos en medio de una guerra y los jóvenes querían un respiro. Fugga ofreció algo diferente que no existía. Prácticamente abrimos una brecha de toda la música que todavía se toca en los bares».
Gerardo Sibrián, baterista, rememora cómo nació el proyecto tras la disolución de su anterior banda. «René López y Óscar Serrano me dijeron que tocáramos música original. Con Chepe Betancourt armamos Fugga y llegamos con 17 canciones nada más. No había otro lugar, Malibú era un éxito. Éramos un grupo de vanguardia tocando la música de moda en ese momento».

Las noches en el Malibú, ubicado en las cercanías de la Universidad de El Salvador, se volvieron legendarias. «Los jueves se convirtieron en reuniones de estudiantes universitarios que reservaban hasta cuatro mesas para pasar una noche increíble y salir de la presión de la guerra», evocó López.

Betancourt recuerda incluso los apagones propios del conflicto armado: «Había una hora en la que cortaban la energía, pero nosotros ya teníamos planta eléctrica. Cuando se echaba a trabajar, era parte del espectáculo», contó entre risas. Fugga permaneció cinco años en el Malibú hasta que el local se incendió, cerrando un capítulo irrepetible del rock capitalino.

Más de tres décadas después, los cuatro músicos —hoy todos mayores de 50 años— reconocen que este concierto podría ser el último. «Nos gusta la idea de volverlo a hacer y quizá sea la última. No tenemos pensado seguir ni nada de eso. Lo vamos a hacer lo mejor que podamos, más que todo para disfrutar y recordar», afirmó Sibrián.

El repertorio incluirá las canciones más solicitadas por su público. «Son las que más pedían. Buscaremos revivir esos momentos que vivimos la audiencia y nosotros», explicó López.
Para Óscar Serrano, vocalista, la invitación es clara: «Están invitados para disfrutar una noche en el Malibú».
El concierto no solo apela a la nostalgia. También representa un puente generacional. «Es bonito porque los amigos de esos tiempos hoy llevarán a sus hijos», señaló Sibrián, quien no ocultó cierta crítica a la escena actual: «Deberíamos ser más unidos. No se trata de cobrar menos que el otro, sino de valorar lo que cuesta hacer música».

Fugga dejó como legado haber popularizado el rock en español e inglés en los bares salvadoreños en los años 80 y 90, cuando aún no existía una oferta consolidada para ese género. Su interpretación temprana de temas como «Persiana Americana», cuando Soda Stereo apenas comenzaba a ser conocida por el público local, es parte de esa memoria colectiva.
El sábado 28 de febrero, las puertas abrirán a las 7:00 p.m. Las entradas, con un costo de 20 dólares más cargos por servicio, están disponibles en la plataforma digital Smart Ticket.
Será, según sus integrantes, una despedida. Una noche para cantar clásicos de U2 o Led Zeppelin como si el tiempo no hubiera pasado, para reencontrarse con la juventud en acordes eléctricos y para comprobar que, en algún lugar de la memoria salvadoreña, el Malibú nunca cerró sus puertas.






