La evolución de los televisores en las últimas dos décadas no se puede entender sin el papel de Samsung, una marca que ha ido innovando en diseño, calidad de imagen y experiencia de usuario.

El punto de partida moderno se sitúa en 2006 con el modelo Bordeaux.

En 2009, la transición hacia pantallas LED marcó un antes y un después. Más allá de hacer los televisores más delgados, esta tecnología permitió mejorar el consumo energético.

El siguiente gran cambio llegó en 2011 con los Smart TV. Aquí el televisor dejó de ser un dispositivo pasivo para convertirse en un centro de entretenimiento conectado, integrando aplicaciones, navegación y acceso a contenido en línea, algo que hoy es estándar pero que en su momento redefinió el uso del dispositivo.

En paralelo, la compañía exploró nuevas formas de integrar tecnología y diseño. Ejemplo de ello fue The Serif en 2015, que planteó el televisor como parte del mobiliario, y en 2017 The Frame, que introdujo una capa tecnológica interesante: convertir la pantalla en arte digital cuando no está en uso, optimizando tanto consumo como experiencia visual ambiental.

Ese mismo 2017 fue clave en términos de imagen. La llegada de los televisores QLED, basados en puntos cuánticos, permitió un salto en volumen de color, brillo sostenido y durabilidad frente a tecnologías previas.

La carrera por la resolución también tuvo su momento en 2018 con los televisores 8K, que superan los 33 millones de píxeles.

El punto más avanzado de esta línea tecnológica llegó en 2020 con MICRO LED. A diferencia de otras tecnologías, estas pantallas utilizan píxeles autoemisivos. El resultado: negros más profundos, mayor contraste y mejor precisión de color.

Más que una sucesión de lanzamientos, estos hitos reflejan cómo la tecnología en televisores ha evolucionado en tres frentes clave: calidad de imagen, procesamiento inteligente y nuevas formas de interacción con el contenido.

Lee tambiénBlue Origin pide autorización para desplegar su futuro centro de datos espacial