La renovación de fachadas de edificios y otros inmuebles es una de las estrategias más visibles y efectivas en los procesos de revitalización de los centros históricos del país, siendo uno de los  casos más emblemáticos la zona céntrica de San Salvador.

De acuerdo con Ricardo Molina, director de Planificación y Diseño de Novitas Arquitectura y Urbanismo, los cambios en fachadas del corazón de la capital van «más allá de un tema estético», ya que se conciben como intervenciones que transforman «la percepción del entorno urbano, fortalecen la identidad cultural y generan un impacto directo en el turismo y el comercio local».

«Son literalmente la “cara” de los edificios y muestran el estado general del sector. Cuando se arreglan bien, la zona se ve más atractiva y segura, genera confianza en los inversionistas y cambia la percepción que tiene la gente del lugar», explicó.

Para el especialista, el principal reto de las intervenciones es encontrar el equilibrio entre la modernización y la conservación del valor patrimonial. Para lograrlo, señaló, se requiere una planificación estricta y la aplicación del principio de «intervenir lo mínimo para obtener el máximo beneficio», tal como lo establece la Carta de Venecia —instrumento internacional adoptado en 1964, fundamental para la conservación y restauración de monumentos y sitios históricos—, además de respetar la autenticidad y los materiales originales mediante el uso de técnicas compatibles.

«Se conservan los elementos históricos valiosos, como la composición, molduras y carpinterías, pero se permiten adaptaciones modernas, como instalaciones eléctricas o de seguridad, siempre que sean discretas y reversibles. La clave es que las partes nuevas se noten, pero armonicen, sin imitar falsamente lo antiguo», apuntó.

Molina indicó que entre los principales criterios arquitectónicos a tomar en cuenta, previo a la intervención de una fachada histórica, está el diagnóstico técnico integral. Este incluye investigación histórica, levantamientos arquitectónicos, análisis de daños, identificación de materiales originales y revisión estructural, lo que permite determinar qué elementos deben conservarse, restaurarse o, en casos extremos, reemplazarse.

«Se hace un diagnóstico completo que abarca la investigación histórica con planos antiguos, fotografías y archivos para conocer cómo era originalmente; el análisis de daños para identificar grietas, humedad, desprendimientos u hongos; la identificación de materiales originales y capas históricas mediante calas; la revisión estructural para verificar la estabilidad de la fachada o la necesidad de refuerzos; y un estudio ambiental para evaluar la incidencia del sol, la ventilación y la humedad del entorno. Todo esto define qué se puede conservar y qué se debe intervenir», detalló.

Agregó que la Autoridad de Planificación del Centro Histórico (Aplan) clasifica los inmuebles según su valor patrimonial y aplica estos criterios a su normativa.

«En San Salvador estas intervenciones están reguladas por la Ley Especial de Protección al Patrimonio Cultural [Lespcu] y por la normativa específica de la Autoridad de Planificación del Centro Histórico. A escala internacional también se aplican lineamientos como la Carta de Burra y los Principios de La Valeta, promovidos por la Unesco», manifestó el especialista.

Por otra parte, consideró que la renovación de fachadas influye significativamente en el aumento del turismo local, ya que los inmuebles deteriorados tienden a ahuyentar a los visitantes, mientras que una fachada restaurada invita a recorrer y explorar la zona.

«Un centro histórico con fachadas atractivas mejora la experiencia del turista: hay más fotografías atractivas, se percibe mayor seguridad y cuidado, y las personas caminan con más tranquilidad.  

Coloquialmente, aumenta la “instagrameabilidad” del lugar, lo que favorece su difusión en redes sociales y atrae a más visitantes», recalcó.

Asimismo, enfatizó que no basta con restaurar, sino que es necesario garantizar la durabilidad de las intervenciones mediante técnicas especializadas y poco invasivas, como limpiezas suaves, consolidación de materiales, reposición artesanal de piezas faltantes y tratamientos que protegen los muros sin impedir su respiración, todo ello acompañado de planes de mantenimiento periódico.

Desde la perspectiva arquitectónica, Molina explicó que una fachada renovada influye directamente en el recorrido del peatón y en el tiempo de permanencia del visitante, ya que transforma la experiencia de caminar por el espacio urbano.

«Los detalles agradables hacen que la gente reduzca el paso, mire hacia arriba y se detenga a observar. Transmite orden y seguridad, lo que invita a transitar y permanecer más tiempo. Portales, sombras, iluminación integrada y texturas crean rincones atractivos. Además, se extiende el uso del espacio público tanto de día como de noche, y se estimula el ingreso a comercios y servicios», expresó.

El especialista destacó la estrecha relación que hay entre la imagen urbana del centro histórico y la activación del comercio local, al señalar que esta «es un motor directo del comercio».

«Fachadas restauradas, calles limpias y espacios atractivos atraen a más personas, tanto turistas como residentes. Una zona bien cuidada genera confianza para invertir y abrir nuevos negocios. Cuando la gente se siente cómoda, permanece más tiempo y eso incrementa el consumo. Es un círculo virtuoso: mejor imagen, más visitantes, más ventas y mayor inversión», afirmó.

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