El cónclave, que en las próximas semanas deberá elegir al sucesor del papa Francisco, sigue a rajatabla un protocolo muy preciso elaborado durante siglos.

Los 135 cardenales electores, menores de 80 años, votarán cuatro veces por día, salvo el primero, hasta que uno de los candidatos obtenga la mayoría de dos tercios.

El resultado se comunicará al mundo a través de la quema de las papeletas con un químico que emite la esperada fumata blanca, al grito de «habemus papam».

La fecha de inicio se podría conocer este día, cuando los cardenales prevén celebrar su quinta reunión desde el deceso del papa.

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El cardenal luxemburgués JeanClaude Hollerich estimó que podría empezar el 5 o el 6 de mayo, al término de los nueve días de duelo. Según su par alemán, Reinhard Marx, podría durar solo «unos días».

El difunto pontífice argentino designó a la mayoría de los cardenales con poder de voto, pero esto no garantiza necesariamente la elección de un sucesor continuista.

Francisco tenía un carácter muy distinto al de su antecesor, Benedicto XVI, un teólogo alemán que nunca fue muy amante de los baños de masas. Fue también un cambio con el popular polaco Juan Pablo II.

Las reformas impulsadas por el jesuita argentino despertaron fuertes críticas entre los sectores más conservadores de la Iglesia, que apuestan por un cambio enfocado en la doctrina. Su papado reformista estuvo marcado por la lucha contra la pederastia en la Iglesia, por el impulso del papel de mujeres y laicos, por poner el foco en los pobres y los migrantes, entre otros.

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Preparativos

Los 135 cardenales electores se trasladan a la residencia de Santa Marta, en el Vaticano, donde se alojarán durante el cónclave. En la mañana del primer día, los purpurados participan en una misa solemne en la basílica de San Pedro.

Por la tarde, ataviados con el hábito coral, se reúnen en la Capilla Paulina del Palacio Apostólico y, en procesión hacia la Capilla Sixtina, invocan la asistencia del Espíritu Santo.

Bajo la bóveda pintada por Miguel Ángel, los cardenales prestan juramento con la mano sobre el Evangelio. Según un ritual heredado de la Edad Media, el maestro de ceremonias pronuncia la frase «extra omnes» (todos fuera). Las personas que no participan en la elección abandonan la sala y, a continuación, se cierran las puertas.

El objetivo es que los cardenales eviten las influencias exteriores.

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Elección

Por sorteo, tres cardenales son designados «escrutadores», otros tres «infirmarii» como encargados de recoger el voto de los purpurados enfermos, y tres más como revisores para comprobar el recuento.

Sentados juntos, los cardenales reciben papeletas rectangulares con la inscripción «eligo in summum pontificem» (elijo como sumo pontífice) en la parte superior, con un espacio en blanco debajo.

Los votantes escriben el nombre de su candidato a mano y doblan la papeleta. En teoría, está prohibido votar por uno mismo. Cada cardenal se dirige por turnos al altar, sosteniendo su papeleta en el aire para que sea visible y pronuncia en voz alta el siguiente juramento en latín: «Pongo por testigo a Cristo Señor, el cual me juzgará, de que doy mi voto a quien, en presencia de Dios, creo que debe ser elegido».

Deposita su papeleta en un plato y la desliza en la urna frente a los escrutadores, se inclina ante el altar y vuelve a su sitio.

Una vez recogidas todas las papeletas, un escrutador agita la urna para mezclarlas, las transfiere a un segundo recipiente y luego otro las cuenta.

Dos escrutadores anotan los nombres, mientras que un tercero los lee en voz alta y perfora las papeletas con una aguja en el punto en el que se encuentra la palabra «eligo».

Si ningún cardenal obtuvo dos tercios de votos, los electores proceden a una nueva votación. Salvo el primer día, se prevén dos por la mañana y dos por la tarde hasta la proclamación de un papa.

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«HABEMUS PAPAM»

El cardenal elegido deberá responder a dos preguntas del decano: «¿Aceptas tu elección canónica para sumo pontífice?» y «¿cómo quieres ser llamado?». Si responde sí a la primera, se convierte en papa y obispo de Roma.

Uno por uno, los cardenales expresan un gesto de respeto y obediencia al nuevo papa, antes del anuncio a los fieles. Desde el balcón de la basílica de San Pedro, el cardenal protodiácono anuncia «habemus papam».

A continuación, aparece el nuevo pontífice e imparte su bendición «urbi et orbi» (a la ciudad y al mundo).

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