Érase una vez, en las llanuras del Zahara, vivián tres inseparables amigos: el elefante, el hipopótamo y el mapache. Se conocían desde que eran unos cachorritos, acostumbraban a tomar el sol en la cálida sabana, trepaban la colina desde donde observaban a los leones cazar cebras, y desde un lugar seguro era fácil opinar y criticarlas: “Si hubiese saltado por aquí o por allá, hubiera escapado y el león no se la habría comido”, comentaban entre ellos.
Esquivar a los leones, para ellos, era como quitarle el dulce a un niño. Un día se les ocurrió hacer una apuesta: el que se acercara más a las fieras sin ser visto y le arrancara un mechón de cabello de la cola a una leona completaría el reto; pero, quien consiguiera hacerlo sin ser devorado ganaría la apuesta y un suculento premio: quinientas pupusas de arroz con curtido y salsa de tomate más el postre, tres ollas llenas de rico atol shuco con alguashte, frijoles monos y un saco de pan francés tostado.
El más atrevido era el mapache, le gustaba meterse en líos, pero tenía tanta suerte que siempre lograba salir triunfante de ellos. Un domingo, el mapache se levantó temprano, afiló sus uñas y visitó al topo, experto en diseño y construcción de túneles, este le aconsejo que tomara bien las medidas de cada hoyo y la distancia exacta entre todos los túneles.
Los siete túneles tenían que estar terminados en menos de cinco minutos, sino los ruidos de las excavaciones alertarían a los feroces leones. El mapache era muy veloz e ingenioso por eso completó la obra en menos de noventa segundos. Al finalizar, limpió y guardó todas sus herramientas. A las doce en punto del mediodía, de un gran salto salió de un hoyo y se acercó a los leones. Una de las leonas se encontraba durmiendo con las patas hacia arriba y no se dio cuenta cuando el mapache le arrancó un mechón de su cola.
La leona no escuchó ni sintió nada, porque estaba soñando que comía un gigantesco y delicioso pastel de higo. El mapache escapó por su túnel secreto y llevó el mechón de cabello a sus amigos quienes muy asombrados, no podían creerlo. El astuto mapache les había ganado la apuesta con su respectivo premio.
Y como dicen las hechiceras miniaturas del bosque dormido cuando finalizan sus encantos: abra cadabra, para que este libro en vez de que se cierre, mejor que se abra.







