Las calles y parques celebran sus luces y adornos de colores, hay música alegre y melancolía en las guirnaldas de las plazas. El Centro Histórico resplandece, parece sonreír al pasado y al presente, mientras la ciudad moderna de San Salvador se viste con las mejores galas.

Es tiempo de Navidad, época en la que los cristianos conmemoramos el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, y también un momento ideal para recordar con amor a quienes ya partieron.

Esta fiesta es celebrada en casi todo el mundo, incluso por las personas no creyentes, como una fiesta sin contenido religioso, que más bien es una reunión de reconciliación y unión familiar.

Si bien los Evangelios no dicen con precisión la fecha en la que nació el Señor Jesús, la primera mención del 25 de diciembre está en un texto del helenista y apologista Sexto Julio Africano, del año 221.

Otras tradiciones de estas fechas son: Los pesebres, llamados belenes o nacimientos, que fueron popularizados por San Francisco de Asís; y la imagen de Papá Noel, conocido como Santa Claus, San Nicolás y, en Chile, como Viejito Pascuero. Se dice que fueron los holandeses, que fundaron Nueva Ámsterdam (la actual Nueva York), los responsables de haber traído a América la imagen de Santa Claus y su enorme carcajada, con la bella costumbre de regalar juguetes a los niños. 

Hay quienes ponen en sus hogares la Corona de Adviento, elaborada con ramas de pino o abeto y cuatro velas, que simboliza la espera y la preparación de la Navidad. También se cantan villancicos, se va a misa y luego se disfruta en familia de la cena de Nochebuena.

Para mí, la Navidad siempre ha representado el nacimiento de Dios hecho hombre en nuestras vidas. Desde que era una niña mis padres me enseñaron que quien cumplía años era Dios Hijo, y que todas las personas creyentes debíamos celebrar esa fecha con alegría y renovar la fe en nuestros corazones.

La Navidad se asocia con varias tradiciones, una de ellas es el árbol de Navidad, cuyo origen se remonta a los antiguos pueblos escandinavos y germanos. La historia cuenta que San Bonifacio (672-754), evangelizador de Alemania, adaptó esta costumbre al cristianismo. Y el árbol de pino o abeto fue transformado en un símbolo del nacimiento de Jesús. Así, desde esos países situados en el norte de Europa se difundió la tradición al resto del mundo en los hogares católicos. También se afirma que muchas personas colocan su árbol navideño el 8 de diciembre por ser el día de la fiesta de la Inmaculada Concepción, de la Virgen. Pero en estos tiempos en verdad, cada familia escoge qué, cómo, cuándo y dónde ponerlo.

En mi hogar, mi padre acostumbraba a colocar una bella flor de maguey, toda en botones, los cuales se abrían en Navidad con un delicioso olor a dulzura. Él la conservaba con secretos ancestrales para que no se secara.

En lo alto, sobre una colina, al nivel de la base de esta flor, poníamos: el pesebre, la Sagrada Familia, los ángeles, la mula y el buey; y luego el mundo adorando al Niño Jesús.

Para construir ese mundo ideal, a los pies del Niño Dios colocábamos primero papel periódico, luego arena y espejos que simulaban ser ríos y otros cuerpos de agua, todos rodeados de musgo y plantitas en macetas que eran arregladas como montes y colinas.

Mi padre era arquitecto y tenía el arte en las venas, por eso gozaba al elaborar casitas y edificios de cartón como se hace en las maquetas, sólo que un poco más grandes, y también restauraba y compraba muñequitos de barro cada año. Mi madre, mi hermano y yo le ayudábamos.

Al finalizar la estructura y cimiente del Nacimiento, poníamos aserrín de diversos colores, piedritas y conchas. Mamá diseñaba los senderos donde transitaban los peatones y algunos animales domésticos; y los caminos para los casorios, la guardia y los Reyes Magos. También colocábamos mercados, plazas, pueblos, ciudades y selvas. Al finalizar, hacíamos una muralla de protección alrededor del Nacimiento, para que nuestros perros no entraran a destruirlo. Yo miraba ese mundo inmenso.

La flor de maguey tenía luces de colores y adornos elaborados por nosotros. Y era una norma encenderlas hasta el 24 de diciembre.

Esta tradición es uno de los regalos más hermosos que mis padres pudieron darme y que conservo como un tesoro.

Otro aspecto bonito de la Navidad es cómo el arte y la cultura se fusionan para celebrarla. Muchas personas poetas y escritoras alrededor del mundo escriben o han escrito sobre la Navidad, también hay pintores y artistas que nos deleitan con sus obras estéticas sobre esta celebración.

En la pintura también existen numerosas obras sobre la Natividad. Llaman mi atención por su belleza «Natividad Mística», obra realizada en 1501 por el pintor renacentista italiano Sandro Botticelli, y «Adoración de los pastores», de Giorgione, elaborada antes de 1506, donde podemos observar al Niño Jesús y  a la Virgen María, San José y dos pastores con reverencia.

En la escultura, Gaudí llegó al «summum» del conocimiento de la técnica con el enmoldado de personas vivas, una técnica que usó para hacer las esculturas de la fachada del Nacimiento. «La Sagrada Familia» de Gaudí es uno de los monumentos más visitados de España.

En nuestro país recordamos a nuestro querido artista Rubén Martínez Bulnes, Premio Nacional de Cultura 2019, de gran fuerza expresiva y talento, quien desarrolló su arte religioso en vitrales y esculturas en hierro en diferentes templos católicos de forma auténtica y espectacular. Los hermosos vitrales de las iglesias El Rosario y El Perpetuo Socorro, la iglesia El Carmen, el seminario San José de la Montaña, entre otros.

También existen nuevos talentos que desarrollan el tema de la Sagrada Familia y restauran obras pictóricas antiguas, tal es el caso de la jovencita Ana María Aguilar Sanabria, originaria de Santa Ana, quién es un ejemplo a seguir para la juventud salvadoreña.

Y no podemos olvidar a otros artistas que con largas trayectorias culturales han entregado sus vidas a la elaboración de esculturas y la restauración de imágenes religiosas como la Sagrada Familia, ellos son el izalqueño Manuel de Jesús Quilizapa y el ahuachapaneco Juan Francisco Jiménez Hernández.

Sin lugar a dudas, en nuestro país existe mucho talento en esta rama del arte y se pone de manifiesto en esta época del año.

Para concluir, quiero invitarles a reflexionar sobre sus vidas, llenarse de sueños y proyectos para el año 2025. Recuerden que siempre todo es posible si trabajamos mucho y ponemos nuestras vidas en las manos de Dios.

Hagamos una pausa para subrayar las metas que alcanzamos este año y lo que no pudimos hacer, evaluemos si vale la pena volver a intentarlo. Escribamos una lista de propósitos para el próximo año.

 ¡Les deseo una Navidad cargada de frutos abundantes, mucho amor y un año 2025 lleno de bendiciones! ¡Feliz Navidad y año nuevo a todo El salvador!

Nacimiento de Cristo, en que se discurrió la abeja

Por Sor Juana Inés de la Cruz / DePoesía

De la más fragante rosa
nació la abeja más bella,
a quien el limpio rocío
dio purísima materia.

Nace, pues, y apenas nace,
cuando en la misma moneda,
lo que en perlas recibió,
empieza a pagar en perlas.

Que llore el alba, no es mucho,
que es costumbre en su belleza;
más quién hay que no se admire
de que el Sol lágrimas vierta.

Si es por fecundar la rosa,
es ociosa diligencia,
pues no es menester rocío
después de nacer la abeja,
y más, cuando en la clausura
de su virginal pureza,
ni antecedente haber pudo
ni puede haber quien suceda.

Pues, ¿a qué fin es el llanto
que dulcemente le riega?
Quién no puede dar más fruto,
¿qué importa que estéril sea?
Más, ¡ay!, que la abeja tiene
tan íntima dependencia
siempre con la rosa, que
depende su vida de ella;
pues dándole el néctar puro
que sus fragancias engendran,
no sólo antes la concibe,
pero después la alimenta.

Hijo y madre, en tan divinas
peregrinas competencias,
ninguno queda deudor
y ambos obligados quedan.

La abeja paga el rocío
de que la rosa la engendra,
y ella vuelve a retornarle
con lo mismo que la alienta.

Ayudando el uno al otro
con mutua correspondencia,
la abeja a la flor fecunda,
y ella a la abeja sustenta.

Pues si por eso es el llanto,
llore Jesús, enhorabuena,
que lo que expende en rocío
cobrará después en néctar.

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¿Quién ha entrado en el portal de Belén?

Por Gerardo Diego / DePoesía

¿Quién ha entrado en el portal,
en el portal de Belén?
¿Quién ha entrado por la puerta?
¿quién ha entrado, quién?

La noche, el frío, la escarcha
y la espada de una estrella.
Un varón -vara florida-
y una doncella.

¿Quién ha entrado en el portal
por el techo abierto y roto?
¿Quién ha entrado que así suena
celeste alboroto?

Una escala de oro y música,
sostenidos y bemoles
y ángeles con panderetas
dorremifasoles.

¿Quién ha entrado en el portal,
en el portal de Belén?
No por la puerta y el techo
ni el aire del aire, ¿quién?

Flor sobre impacto capullo,
rocío sobre la flor.
Nadie sabe cómo vino
mi Niño, mi amor.