Ser asentamiento de familias extranjeras, que le apostaron al café como medio de subsistencia, que tenían objetivos claros y valores compartidos, y además con evidentes intereses políticos, hizo que Jucuapa llegara a ser la cuna de destacados personajes de las letras, la medicina, la política y las leyes. Todos son hombres y tienen como lazo común haber fundado el Casino de Jucuapa, en 1889, considerado uno de los primeros centros sociales de El Salvador.

Sus rostros y algunos de sus aportes se conservan en sendas impresiones en papel enmarcadas y colgadas en una de las paredes del casino.

José Arcides Claros Ramos es el presidente actual del casino y asegura que los afiches de todos esos personajes fueron tomados de un libro del cual no posee mayores detalles.

«El primer secretario del casino fue Manuel Enrique Araujo (Rodríguez)», asegura, con lo cual denota la importancia que caracterizaba al sitio. Y es que Araujo fue elegido presidente de la república en 1911, pero fue asesinado en 1913 convirtiéndose así en el único gobernante del país en sufrir una tragedia como esa.

La destacada figura de Araujo ha merecido que se erija un busto en su honor, que se ubica al lado derecho del parque central (viendo a la iglesia de frente) y a solo unos metros (a la izquierda) está el busto del gran escritor Alberto Masferrer, muy recordado por su obra «El Mínimum Vital» (1929).

Junto a estos dos personajes hay 10 más: Constantino Jiménez P., Dr. Domingo Jiménez, Dr. Salomón Rodrigo Zelaya, Rafael Justiniano Hidalgo, Dr. Miguel Ángel Araujo, Dr. Enrique Gutiérrez, Dr. Miguel Enrique Araujo, Ing. Carlos Serpas, Dr. Cornelio Lemus. A ellos se une Alberto Masferrer, de quien se desconoce si tuvo relación con el Casino de Jucuapa.

«Sociedad bastante culta»

El jurista y matemático Santiago I. Barberena en sus «Monografías departamentales» habla de la abundancia y las familias que habitaban Jucuapa.

Señala que «los terrenos son bastante fértiles, especialmente en las faldas de Jucuapa, cuya cima se eleva como a 5,000 pies sobre el nivel del mar […] Es región esencialmente cafetalera. La única hacienda que hay ahí es la de La Caridad, en el cantón de ese nombre, sin cultivo alguno. Las principales fincas de café son: La Trinidad, Santa Elena, El Carmen, San Carlos, Las Canoas, San Andrés, La Número 4Y, El Cordoncillo. Hay otras (3) sin nombre y otra más en la que se cultiva buena cantidad de cacao».

Y añade: «Hay en Jucuapa bonitos edificios públicos y privados, sociedad bastante culta y comercio muy animado […] En Jucuapa hay tres beneficios de café: el de los señores M. Meardi y Cía., el de don Ambrossio Canessa, el de la sucesión de don Simón Montes; y una curtiembre, de don Manuel Guandique, y dos fábricas de aguardiente».

MANUEL ENRIQUE ARAUJO

Nació el 12 de octubre de 1865 en el cantón Condadillo, Estanzuelas, en el seno de una familia terrateniente de ascendencia portuguesa dedicada al cultivo del café. Era el menor de siete hermanos. (Se desconoce cuando su familia o él se traslada a Jucuapa donde lo reconocen como oriundo de ese lugar).

Estudió medicina en la Universidad de El Salvador y luego de graduarse, en 1891, viajó a Europa para realizar estudios especializados de cirugía. En París y Viena recibió grandes reconocimientos por dos pequeños instrumentos que inventó para facilitar el parto.

Vida política

Fue alcalde de San Salvador, de 1880 a 1889. En 1887 se casó con María Peralta Lara, miembro de una de las familias más antiguas y distinguidas de la capital, hija del senador y presidente de la república en funciones (en tres ocasiones), José María Peralta.

Fue vicepresidente de la república en la administración del general Fernando Figueroa (1907-1911).

Se presentó como candidato oficial en las elecciones de noviembre de 1910, con el apoyo del presidente saliente. Tras ser declarado ganador, tomó posesión el 1 de marzo de 1911.

En el período de Araujo se crearon los juzgados de paz en todos los municipios del país, para garantizar la vigencia de la ley en todo el territorio nacional y se estableció el Ministerio de Agricultura para impulsar el cultivo del café.

Araujo gozaba de apoyo de la gente. A sus audiencias presidenciales (de 9 a 11 de la mañana) podía asistir todo el que quisiera y concedía un promedio de tres minutos de plática para los ciudadanos. Su sueldo como presidente lo donaba al Hospital Rosales.

Decretó leyes para favorecer a los trabajadores, entre ellas la indemnización por accidentes de trabajo. Subió el impuesto al café y los actuales escudo y bandera son obra suya, ya que como ferviente centroamericanista y liberal los adecuó a los originales que tuvo la región.

Amplió la red ferrocarrilera del país y la de caminos. Se comenzó la construcción del Teatro Nacional y del edificio para la formación de maestros que sería después Casa Presidencial en el barrio de San Jacinto.

Para combatir la delincuencia en el campo, fomentada por la fabricación clandestina de aguardiente, fundó la Guardia Nacional con asesoría española. Creyó siempre en el Ejército como guardián de la vida misma de la nación y lo modernizó con la ayuda solicitada a España y Chile.

Con él inició la pavimentación de la capital y fundó el Zoológico Nacional en la finca Modelo. Con él se estableció también la primera sección de protocolo en el Ministerio de Relaciones Exteriores.

Araujo fue asesinado el 9 de febrero de 1913 en San Salvador. Se acusó de su muerte a tres indígenas identificados como Virgilio Mulatillo, Fabián Graciano y Fermín Pérez, quienes fueron acusados de ser los autores materiales por lo que fueron sentenciados a fusilamiento 10 días después de la muerte del presidente.

El testigo clave y también autor material del magnicidio fue quien hirió con revólver a Araujo, el mayor Fernando Carmona. Este fue capturado y apareció muerto a los tres días de guardar prisión. Supuestamente se suicidó en su celda y con su arma.

Se incriminaron como autores intelectuales al doctor Prudencio Alfaro, eterno adversario de cada gobierno de turno, y a Federico Castillo, quien murió cuando era perseguido para su captura.

EN CORTO

«Monografías departamentales» se publicaron originalmente entre 1909 y 1914. Fueron escritas Santiago I. Barberena, quien nació en Guatemala en 1851 y murió en El Salvador en 1916. Las redactó cuando se desempeñaba como director de la Oficina Central de Estadística. A medida que las monografías se completaban, se publicaban como fascículos separados.

En 1998, la Dirección de Publicaciones e Impresos decidió publicar las 14 monografías como un solo documento. En la nota del editor se expresa que las monografías originales se imprimieron en la Imprenta Nacional. «Para la presente edición, adoptamos el criterio de publicar las 14 monografías, de igual número de departamentos del país, en orden geográfico, de Occidente a Oriente».

Las monografías contienen abundantes «datos geográficos, históricos, estadísticos, arqueológicos, etnológicos, lingüísticos, agropecuarios, así como de artesanías, fiestas patronales y de otros temas, expresados en lenguaje ameno, claro y castizo. Se encontrará, además, apéndices valiosos sobre la formación del volcán de Izalco y datos biográficos del Gral. Gerardo Barrios».

HIJOS DE JUCUAPA