Cuatro años atrás habría sido impensable caminar con tranquilidad por los diferentes pasajes de la comunidad San José del Pino, distrito de Santa Tecla, municipio de La Libertad Sur, como lo hice el lunes 17 de marzo de 2026, sin preocupación, miedo o acoso del algún integrante de la Mara Salvatrucha, la pandilla que dominó la localidad hasta finales de marzo de 2022.
Solo la acción de entrar a la comunidad hubiera sido casi una sentencia de muerte por el hecho de ser joven y proceder de una zona distinta al exbastión de la Teclas Locos Salvatruchos (TLS), la clica principal del departamento de La Libertad, que tuvo como cabecillas a Saúl Antonio Turcios Ángel, conocido como el Trece; y de Dionisio Umanzor, alias Sirra.
Contrario a lo que me hubiera sucedido antes de que la administración del presidente Nayib Bukele pusiera en marcha el combate frontal a las pandillas, donde detuvieron a los mareros que por décadas acecharon a los habitantes, este día no fui víctima de ningún terrorista, disfruté la tranquilidad que gozan los habitantes del Pino; y mientras me adentraba por los pasadizos, platiqué con varias víctimas de la casi extinta estructura criminal.
En mi recorrido, cerca de la estación de la Policía Nacional Civil (PNC), me encontré con Lidia Pérez, una septuagenaria que regresaba de tirar una bolsa de basura. Me comentó que ahora sale con tranquilidad de su casa sin temor a que le roben. Agregó que su familia la visita de otras colonias como resultado del régimen de excepción, la herramienta legal con la que el Gobierno ataca a las diferentes estructuras terroristas desde el 27 de marzo de 2022.
La plática avanzó, la lugareña tomó más confianza y relató que una noche los pandilleros del lugar intentaron abrir la puerta de su vivienda para robar sus pertenencias. «Yo vivía sola y a eso de las 10 de la noche escucho que querían romper el candado de la puerta. Me preocupé demasiado, porque no tenía como defenderme; me puse a orar para que Dios me ayudara. Lo que hice fue sonar la pared del vecino, menos mal que me escuchó, encendió la luz y los mareros se fueron. Gracias a Dios no me pasó nada, ya que el candado era de esos baratos y con un medio golpe lo hubieran roto».

Dejé a Pérez, llegué hasta el centro de la comunidad donde hay un gran amate que brinda buena sombra. Me senté en una de sus bancas y vi que las personas caminaban con tranquilidad de un lado a otro; algunas preparaban sus ventas, los «delivery» rondaban la zona, otros dejaban materiales de construcción, por allá un grupo de «bolitos», y esa paz no me hizo para nada sos pechar que años atrás el Pino fue una zona peligrosa.
Continué caminando y en uno de los pasajes me encontré con el maestro retirado Edgardo Portillo. El educador estaba sentado en una silla afuera de su casa mientras llegaban clientes a su tienda. Abrió el negocio hace tres años debido a los cambios en la seguridad en su comunidad.
Me identifiqué como periodista y le pregunté: «¿Cómo es vivir en la comunidad después de implementado el régimen de excepción?». Con contundencia me respondió: «Aquí se vive en paz». Y procedió a contarme que minutos antes de que yo llegara pasaron unos estudiantes del instituto a comprar una soda y que los jóvenes llevaban los paquetes escolares que da el Gobierno.
«Les dije: «Cuatro o cinco años atrás no hubiera sido posible ver esto». Venían riéndose con sus paquetes, a lo mejor hubieran venido tristes, llorando o golpeados. Y me dijeron: “Tiene razón”. Entonces creo que, al menos aquí en la colonia, sí hay mucha tranquilidad», dijo Portillo.
En una oportunidad, el ministro de Seguridad, Gustavo Villatoro, confirmó que el programa La Libertad, a los que pertenecían los TLS del Pino, fue uno de los golpeados desde el inicio del régimen de excepción. «La gente ha tenido que aprender a trabajar honradamente. Así que lo que le hace falta al país es un poco más de disciplina y acostumbrarnos a que si queremos algo, tenemos que luchar por ello y no solamente extender la mano o agarrar lo que no corresponde, como algunos estaban acostumbrados antes», afirmó el lugareño.
Terminé la plática con el maestro retirado y salí nuevamente a la calle principal donde vi a un repartidor de encomiendas de Correos de El Salvador que entraba y salía de los pasajes aledaños al amate. En esta oportunidad estaba entregando medicamentos a pacientes del Seguro Social.
Lo seguí y le pregunté si antes de la implementación del régimen de excepción podía trabajar tranquilamente en la zona y me contestó: «No. Cuando no había régimen de excepción el punto de entrega era el amate que está en el centro de la comunidad, porque era un lugar seguro, a la par está la Policía. Lo malo era que muchos usuarios son adultos mayores y no podían llegar hasta allá. Entonces muchos paquetes los llevábamos de regreso a la oficina. Antes era muy peligroso meterse en los pasajes, los mareros estaban en cada esquina», explicó.
Sin embargo, esa situación ha cambiado completamente para los residentes, los repartidores, los extraños y hasta para mí que pude caminar con total tranquilidad por la localidad para constatar las mejoras en la seguridad que disfrutan en San José del Pino, que pasó de ser la base de los Teclas Locos a ser una comunidad donde se vive en paz.






