A estas alturas, considerando ya en retrospectiva el proceso y sobre todo los resultados tangibles del Plan Control Territorial, podemos entender aunque sea en sus términos más básicos el pensamiento estratégico del presidente Nayib Bukele y la razón por la cual su modelo de Gobierno se ha convertido en referente mundial. Hagamos un poco de historia.

En el contexto de un grave deterioro del tejido social, provocado por la emigración masiva causada por la guerra civil de los ochenta, las pandillas surgieron a principios de los noventa como un problema marginal de seguridad pública.

Eran pequeños grupos dispersos de vagos y maleantes en las colonias y los barrios populares de la zona urbana.

Esos grupos se dedicaban al narcomenudeo y a raterías menores. No presentaban ningún riesgo para la clase media y mucho menos para las élites. Eran dos facciones de jóvenes pobres guerreando entre ellos mismos, y en ese enfrentamiento, colateralmente, afectaban a su entorno inmediato de ciudadanos humildes y trabajadores.

No tenían una jerarquía propiamente dicha. Su característica más acentuada, además de la pillería y la violencia entre sus dos facciones, 13 y 18, era su abierta opción por eso que ellos denominaron «la vida loca», misma que se diluía en los excesos del alcohol y las drogas.

Pero ocurrieron simultáneamente unas circunstancias que comenzaron a cambiar la situación: deportación masiva de salvadoreños que se habían convertido en pandilleros más y mejor organizados en Estados Unidos; adopción de leyes laxas que protegían a los delincuentes y desamparaban a sus víctimas; consolidación de la corrupción política e institucional blindada por el acuerdo bipartidista ARENA-FMLN, entre otras desgracias.

Ya en los años 2000 las pandillas habían crecido de tal modo que sus integrantes no se contaban por cientos, sino por miles, se habían extendido hasta las zonas rurales en todo el país, estaban sólidamente estructuradas en células o clicas locales, programas regionales y una jefatura nacional llamada ranfla histórica.

Y estaban transitando de la mera «vida loca» de un difuso conjunto de vagos y maleantes a las estrictas reglas y la disciplina de un contingente de pistoleros del crimen organizado. Seguían siendo violentos, asesinos; pero violencia y asesinato estaban pasando a ser solo instrumentos o medios de lo que ya era su verdadero objetivo: la extorsión. Su motivo ya no era la anarquía, sino la codicia.

Entonces las pandillas dejaron de ser un problema marginal de seguridad pública y se convirtieron en un problema grave de seguridad pública. Sus actividades delictivas ya no solo afectaban a la pobrería, también a la clase media y hasta las élites empezaron a sentirse amenazadas.

Y aún faltaba lo peor porque, en lugar de combatirlas, la clase política y las autoridades decidieron capitular y pactar con las pandillas, proponerles treguas e incluso financiarlas. Efectivamente, tanto ARENA como el FMLN les entregaron dinero y otros muchos beneficios a cambio de votos.

En esa dinámica fatal para el país, los jefes pandilleros descubrieron que además de dinero también podían obtener poder político, y fue así como un ministro de la Defensa llegó a decir públicamente que lo mejor era que las pandillas se convirtieran en un partido político.

Por desgracia, no solo ese ministro pensaba de esa manera y, mientras tanto, El Salvador se convertía en el país más violento y peligroso del mundo, alcanzando promedios mensuales de hasta 30 asesinatos diarios.

En nuestra próxima columna continuaremos con este tema doloroso, pero necesario.