A pesar de la firma de los acuerdos de paz en El Salvador y el fin de la guerra, Santos Eliseo Rivas Benavides, para ese entonces un adolescente, se vio obligado a salir de la colonia 15 de Septiembre, en San Miguel, y migrar hacia Estados Unidos para buscar oportunidades laborales y educación, y también para huir de la delincuencia que se incrementaba en el país. 

Santos llegó a Estados Unidos en 1993 y con un sinfín de obstáculos se puso a trabajar y estudiar. 

También comenzó a concretar un sueño que hasta cierto punto, en ese momento, se le volvió una necesidad, y era incursionar en las artes marciales, una aspiración que le nació de niño cuando veía la serie de televisión «Festival de artes marciales», cuyas técnicas imitaba golpeando los árboles de jocote que habían en el lugar donde vivía. 

«Tenía como seis años y le dije a mis padres: “Un día voy a estar en Asia, voy a ser gran maestro y voy a enseñar artes marciales”, y eso se me quedó en la mente. Cuando me fui a Estados Unidos vi que era algo que tenía que hacer, porque cuando llegué allí tenía 14 años, trabajaba de noche y cuando regresaba a la casa siempre me seguían dos o tres tipos. A veces me agarraban a golpes, a veces corría más rápido que ellos, y por eso decidí entrar a las artes marciales para defenderme», comentó el migueleño. 

A pesar de que le costó encontrar una escuela de artes marciales donde se hablara español, desde los 16 años incursionó en la práctica de esta disciplina, a la cual le dedicaba hasta 10 horas, que lo llevó a obtener el cinturón negro en taekwondo en un lapso de tres años. 

Su dedicación para aprender las artes marciales no lo alejó del estudio ni del trabajo, incluso comentó que hubo ocasiones en las que únicamente dormía cuatro horas. A eso se le sumaba la lucha que libraba para regularizar su situación migratoria en el país del norte. 

«Abría la academia, pasaba allí todo el día, cerraba la academia, yo me quedaba a dormir allí a veces, porque en la academia donde estaba había varios alumnos que eran parte del equipo nacional de EE. UU. y mi meta siempre era que yo les quería ganar, a veces me pegaban unas palizas, pero por eso aprendí», señaló Santos. 

Esa disciplina lo llevó a convertirse en maestro y ganar diferentes competencias, al punto de ser tomado en cuenta para ser parte de la selección de taekwondo de EE. UU., una meta que no pudo concretar por su estatus migratorio, una derrota que lo llevó a deprimirse. 

Luego de ese impase optó por tomar un ofrecimiento que recibió de Singapur en 2000 para ser entrenador de la selección de taekwondo de ese país, al cual viajó sin importarle el cambio radical en su vida, incluso hasta perder el estatus migratorio. 

Finalizado su tiempo de contrato como entrenador, este migueleño decidió quedarse en el país asiático y emprender una travesía con un espacio para la enseñanza de esta disciplina deportiva, un proyecto que hasta el día de hoy se ha convertido en la academia de artes marciales más reconocida de Singapur y del sudeste de Asia. 

Actualmente, este salvadoreño tiene 12 academias de artes marciales en Singapur, Indonesia, Malasia y Filipinas, donde junto con un grupo de instructores atiende un promedio de 8,000 a 9,000 estudiantes, convirtiéndose en una de las escuelas más reconocidas en la enseñanza de esta disciplina. 

El salvadoreño aseguró que todavía mantiene la esperanza de regresar algún día a El Salvador, con el propósito de enseñar y motivar a las nuevas generaciones que quieren practicar taekwondo.

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