Cumplir 105 años de vida es una bendición que para Anita Rodríguez viuda de Escobar ha significado una historia de cambios y un cúmulo de experiencias.
Alcanzar esta edad también ha significado la superación de pérdidas profundas, la formación de una familia y mantener una fe inquebrantable que, según sus seres queridos, ha sido una de las claves para que llegue con lucidez y alegría a esta etapa de su vida.

La señora celebró su cumpleaños el 21 de marzo rodeada del cariño de su familia, especialmente de su hija Edith de la Cruz Escobar de Díaz, quien durante años se ha dedicado a velar por su salud, alimentación y bienestar. Ambas comparten un vínculo estrecho que se fortaleció aún más después de quedar viudas y convertirse en la compañía más importante de cada una. Para Edith, cuidar a su madre no representa una obligación, sino un privilegio.
Cada día se encarga de acompañarla, atender sus necesidades y brindarle el cariño que considera que merece en esta etapa de su vida.
«Mi madre está saludable. Yo la cuido con mucho amor. Es un privilegio para mí cuidarla, amarla y respetarla todos los días de su vida. Estoy agradecida con Dios porque es mi dulce compañía. Ojalá me la preste más tiempo. Es la niña de mis ojos», expresó.
La vida de madre e hija giró tras la pérdida de sus esposos. Edith enviudó en julio de 2021, durante la pandemia de la COVID-19, mientras que Anita había enfrentado años antes la muerte de su compañero de vida. Desde entonces, ambas han encontrado fortaleza en su convivencia diaria.

«Falleció mi esposo en julio de 2021 y Dios me la dejó a ella para seguir siempre unidas. El propósito de Dios era que la tuviera conmigo. Aquí se cuida como una bebé. Se le da todo el amor, los alimentos y las medicinas que necesita», comentó Edith.
Además de procurar su bienestar físico, ella también se preocupa porque su madre luzca siempre elegante. Le gusta verla bien arreglada, con ropa cuidadosamente seleccionada y accesorios que combinen con cada atuendo, reflejando la dedicación con la que la cuida. Quienes conocen a Anita coinciden en que su apariencia no refleja los 105 años que cumplió recientemente.
En la colonia Guadalupe, de Soyapango, es conocida cariñosamente como niña Anita, una mujer alegre que disfruta cantar, compartir refranes y conversar. Su hija asegura que a su edad aún conserva una notable claridad mental y permanece consciente de todo lo que ocurre a su alrededor.

Anita reconoce el cariño con el que es atendida y constantemente expresa gratitud por los cuidados que recibe. Durante la conversación incluso aprovechó para enviarle un mensaje al presidente de la república, Nayib Bukele. «Lo felicito porque se está portando bien y gracias por ayudarle a los ancianos», expresó.
LA FE COMO COMPAÑERA DE VIDA
Según su hija, otro de los pilares que han acompañado a Anita es la fe. La describe como una mujer profundamente creyente, cuya confianza en Dios ha estado tanto en las alegrías como en los momentos más difíciles.
«Es una mujer llena de mucha fe. Nunca reniega por nada y siempre está elevando plegarias a Dios. Cuando va a comer, levanta las manos y dice: “Gracias, Dios, por la comidita y por mi hija que me la da y me cuida, porque otros no tienen alimentos ni hijos que los cuiden”», relató.

Esa fortaleza espiritual también estuvo presente durante la pandemia. En 2021, Edith contrajo la COVID-19 y debió ser hospitalizada por complicaciones respiratorias. Esos días, uno de sus mayores temores era no sobrevivir y dejar sola a su madre. Luego de su recuperación, han sido inseparables.
UNA HISTORIA MARCADA POR LA RESILIENCIA
Nacida el 21 de marzo de 1921 en Santa Cruz Michapa, Cuscatlán, Anita ha sido testigo de acontecimientos en más de un siglo de historia, marcados por la superación de adversidades desde muy temprana edad.
Cuando tenía apenas nueve años perdió a sus padres. Tras quedar huérfana, unos familiares que residían en Suchitoto le ofrecieron enseñarle a leer, escribir y trabajar si se trasladaba a vivir con ellos. Anita aceptó la propuesta y comenzó una nueva etapa lejos de su hogar y de sus hermanos, uno mayor y otro menor.

Con los años formó su propia familia. Fue madre de cuatro hijos: tres hombres y una mujer. Tuvo a su primer hijo en 1952, por lo que este año también celebró su Día de la Madre número 74. No obstante, también enfrentó pérdidas profundamente dolorosas.
Su hijo mayor falleció durante el conflicto armado salvadoreño en la década de los ochenta. Años después perdió a otro de sus hijos, quien residía en Canadá, y en 2001 sufrió la muerte de su esposo, a causa de un derrame cerebral. A pesar de esos golpes, Anita logró seguir adelante y mantener el optimismo que la caracteriza.
Actualmente mantiene una estrecha disfruta del cariño de sus nietos y bisnietos, quienes forman parte de una familia que continúa creciendo alrededor de ella.
HERMANAS CENTENARIAS
La longevidad parece ser una característica familiar. Anita conserva una relación cercana con su hermana menor, quien cumplió 102 años en abril y reside en la colonia Zacamil, de San Salvador. Ambas se visitan con frecuencia y comparten innumerables recuerdos. Para su familia, son un ejemplo de fortaleza, perseverancia y amor por la vida.
Mientras Anita continúa cantando, compartiendo refranes y agradeciendo cada día recibido, su historia demuestra que la longevidad no solo se mide en años, sino también en la capacidad de enfrentar las adversidades con fe, optimismo y el acompañamiento de quienes más se ama.





