El centro histórico de San Vicente albergará al primer museo de la farmacia de El Salvador gracias a la visión y al empeño de un miembro de la tercera generación de los Bigit, Roberto Medrano Bigit, quien reconoce el gran patrimonio familiar-emocional e histórico que ha heredado de sus abuelos.
Farmacia La Central, dice el también entusiasta emprendedor, funcionó dentro de la vieja casona, con más de 100 años de antigüedad, que construyeron sus abuelos Antonio Bigit y Esperanza Posada de Bigit. Un muy joven Antonio salió de Belén (Palestina) de la mano de sus padres y abuelos huyendo del asedio del Imperio Otomano.
Aunque no se sabe con certeza cuándo se erigió el inmueble ni quién lo diseñó, la vivienda denota la gran inversión económica que se usó para construirla y, además, está ubicada a cuatro cuadras de la catedral vicentina. La casona tiene forma de L y la mayor parte de la construcción se encuentra sobre la calle Álvaro Quiñónez de Osorio.
Al verla desde esa vía se nota claramente que la farmacia se ubicaba en la intersección de la calle Quiñónez y la tercera avenida sur, que la separaba del mercado municipal. «La historia de mi familia comienza con la Farmacia Central, que fue una de las primera cuatro farmacias en San Vicente y fue fundada por mis abuelitos, Antonio Bigit y Esperanza Posada de Bigit», comparte Roberto.
La puerta principal de acceso conecta directamente con una habitación que se ha adecuado con mesas, sillas, entre otros, donde en lo alto de una de las paredes se han empotrado piezas de madera sobre las que se encuentran varios botes de vidrio café que antiguamente conservaban diversos químicos que servían de base para elaborar medicamentos.
Dejando atrás ese espacio se llega directamente al pasillo, con forma de U, el cual rodea un patio con lozas rojizas. Todo el pasillo tiene piso alfombra con formas geométricas, las columnas que sostienen el techo alto son de concreto, el cielo falso es de madera, lo mismo que las grandes puertas y ventanas de dos hojas.
Apenas se sale de la habitación con mesas y sillas, de frente se aprecia cómo la casa posee un área de dos niveles. Roberto dice que es una sola habitación, y se deduce que es muy amplia. Viendo hacia el techo del segundo piso se aprecia que parte de la estructura está sostenida por unos típicos canecillos de madera.
Desde ese mismo punto (afuera de la habitación con mesas y sillas) se ven decenas de muebles y artículos por todo el pasillo, lo que de inmediato obliga a pensar que el tiempo se detuvo allí. Todo lo que se ve es antiguo y curioso por lo que es inevitable un viaje al pasado.
La vieja casona Bigit es de dos colores, el blanco domina desde la fachada y en todas las paredes altas (quizá de cuatro metros o más), mientras que el azul intenso cubre las puertas, las ventanas y los canecillos. Los barandales, canaletas y tubos por donde corre la lluvia son celestes.

La gran colección de la casa N.0 1
La casona Bigit es la número 1 sobre la calle Álvaro Quiñónez de Osorio. En diversos espacios del inmueble, sobre todo en el pasillo interior, hay cientos de objetos que se utilizaron en la antigua Farmacia Central que funcionó hasta hace un par de años en el lugar.
Roberto Bigit, heredero del sitio junto a su hermana Silvia, asegura que se ha hecho un inventario de todo lo que han recibido, en especial lo que usará para crear el primer museo de la farmacia en El Salvador.
Entre los objetos principales está el mostrador de madera y vidrio, el estante de madera pintado de gris con diversas repisas a las que se les abrió agujeros para colocar en ellos decenas de botes de vidrio café (con tapones de corcho) que se usaron para conservar químicos y diversos productos orgánicos que se combinaban para elaborar medicamentos.
También hay cajas registradoras, máquinas de escribir y calculadoras de diferentes épocas. No menos importante son las libretas rayadas de bolsillo que el abuelo de Roberto (Antonio Bigit) usó para anotar en ellas fórmulas para tratar enfermedades como la tuberculosis, los ojos irritados, la arritmia o las anemias.
A lo anterior se suma la librera con madera tallada y puertas de vidrio que fue de su abuelo, donde se encuentran varios libros de anatomía y otros que describen aparatos o inventos usados para tratar padecimientos.
«Este libro representa la esencia mi abuelo», señala Roberto al tiempo que extrae de la librera un ejemplar de el «Magnetismo, hipnotismo, sugestión», escrito por Paul C. Jagot y publicado por Editorial Iberia en 1954.
En la porta del libro se lee: «Curso práctico de experimentación al alcance de todos, con ilustraciones demostrativas. Clarividencia – mediumnismo – terapia psico magnética – lucidez sonambúlica».
Herencia familiar
Esperanza Posada nació en San Vicente el 3 de diciembre de 1952 y tuvo dos matrimonios. Tras enviudar de su primer esposo y después de varios años de estar sola con sus hijos decidió casarse con Antonio Bigit.
«Mi abuela tuvo un esposo antes y luego se casó con mi abuelo. Ella tuvo siete hijos, cuatro mujeres y tres hombres. Mi mamá era la menor de las mujeres, Silvia Bigit», comparte Roberto.
Los abuelos, el palestino y la vicentina, decidieron que todo su patrimonio, incluyendo la Farmacia Central y el resto de su señorial vivienda, quedara en manos de la hija menor, Silvia.
Una foto atestigua el momento en que la farmacia ya había sido heredada. En la imagen hay seis personas, entre ellos la abuela Esperanza, los padres de Roberto (Silvia Bigit y Roberto Medrano Ramos), su hermana Silvia (de pie y vestida de blanco) y, por supuesto, el pequeño Roberto de aproximadamente siete años.
«Mis abuelitos fueron muy reconocidos en el pueblo por sus recetas, por su manera de recetar. Luego ellos les enseñaron a mis papás y se hicieron también muy conocidos en el pueblo porque recetaban bien. Leían mucho, y a pesar de no ser doctores ayudaban a las personas, la gente siempre acudía a la farmacia», añade Roberto.






