Andrea llegó a la isla Faial para cumplir una pasantía en el Instituto de Ciencias Marinas Okeanos, dedicado a la investigación marina aplicada y fundamental en las Azores por el Departamento de Oceanografía y Pesca (DOP) de la Universidad de las Azores.
La fascinación que le provocó el lugar (que mide 173.1 kilómetros cuadrados), sobre todo comprender que estaba en medio del Atlántico hizo que lo recorriera e indagara sobre su origen e historia.
Supo que hace 50 años o más los habitantes se dedicaban a la caza de ballenas, que algunos de sus barcos fueron modificados para usarlos en actividades turísticas o recreativas y hasta inspiraron la fabricación de veleros. Le resultó muy curioso que hallan como 50,000 vacas y 15,000 personas.
Le atrajeron mucho las marinas, las calles empedradas, las playas. «Caminar en una isla volcánica es una fascinación y me recordó mucho a El Salvador. Las playas son de arena negra y eso sí me gustó mucho, me gustaba mucho caminar», compartió.
Fue durante esa pasantía cuando surgió el tema de investigación para su maestría (relacionada con las especies de profundidad o pelágicas), de la cual ya aprobó tres semestres y el último lo dedica a los tiburones azules («Prionace glauca»).
«Entre marzo y abril del año pasado me puse en contacto con la investigadora asociada a un centro de investigación reconocido del País Vasco y quien estaba liderando las expediciones con las tintoreras […] Los tiburones azules son los más pescados en el mundo y es porque están en todo el mundo. Entonces, me puse en contacto con ella, fue increíble, me abrió las puertas, hicimos expediciones juntas, nos embarcábamos y fue increíble la experiencia», dijo.
Durante el verano (de junio a septiembre) tuvo la oportunidad de relacionarse muchas veces con los tiburones azules como parte de su investigación y para apoyar otros proyectos científicos.
Al preguntarle cuántas veces ha estado con ellos, dice haber perdido la cuenta porque han sido muchas ocasiones. «No sé, fueron un montón de veces porque estaba colectando data para mi investigación y entraba muchas veces al mar a verlos. Iba (a las Azores) tres veces a la semana o cada vez que se necesitaba. También estuve asistiendo a mis colegas que están haciendo una investigación con los tiburones martillo y con especies de rayas. Entonces, tuve la dicha de ir, ver y estar en el agua», añadió.
SERES SOCIABLES
Solitarios y sociables son dos de los adjetivos que utiliza para referirse a sus queridos escualos y por las experiencias vividas con ellos dice haber establecido un vínculo cercano.
«Siento como una conexión y no me siento tan distanciada entre la especie y el humano. Me dan mucha tranquilidad, dejo de pensar en cualquier cosa más que sentir que estoy con estos animales. Sí, les llamo perritos de mar, son impresionantes y muy sociables también. Se te acercan, están con vos, no es una especie agresiva a diferencia de otras», aseguró.
Otra de las características que les atribuye es que son más curiosos que otras especies. Una conclusión que obtiene al compararlos con los tiburones limón que conoció en Taiwán, a los que califica de más tímidos, huidizos.

«Está bien que el animal me toque a mí, pero no debo tocar al animal»
Su experiencia con los tiburones la obliga a expresar que para trabajar con ellos (estudiarlos, registrarlos, protegerlos) debe prevalecer el respeto. «Con los tiburones, la idea es nunca tocarlos. Está bien que el animal me toque a mí, pero no debo tocar al animal […] Son tiburones y están arriba de la cadena alimenticia y son predadores. Tiene que haber mucho respeto y tienes que construir esa relación cuando estás en el agua, es el animal el que se acerca», dijo.
Para hacer posible la interacción entre el humano y el animal, destaca que una clave es no atraer su curiosidad, por lo que siempre se cubre todo el cuerpo: «Han nadado a la par mía y yo me he tenido que mover. Me han tocado, pero siempre estás cubierta del cuerpo, de tus pies, tus manos, la cabeza, para no atraer curiosidad, porque eso es todo, la verdad».
Ese respeto es el que también impone con otras especies que visitan las Azores, como los tiburones martillo y las mantarrayas atlánticas, especies que apreció en los llamados montes submarinos. «Los montes submarinos pueden ser de más de mil metros de altura y hay uno en las Azores que la punta sube hasta los 30 metros sobre el mar […] En las faldas de ese monte hay muchos nutrientes y una circulación de agua, como una corriente, que atrae a muchas especies como las mantarrayas atlánticas, que tienen como cuernos y son enormes», añadió.






