En las calles de Ahuachapán, durante más de medio siglo, un carretón de madera y un sorbete artesanal se convirtieron en parte del paisaje cotidiano. Detrás de esa historia estaba don Alberto Isho, un carretonero conocido no solo por su constancia, sino por la calidad y el sabor único de los sorbetes que elaboraba con sus propias manos.
Ese legado continúa vivo gracias a su nieta Julissa Abigaíl Isho, una joven de 25 años que decidió transformar la tradición familiar en un emprendimiento con identidad y proyección, que es reconocido como Isho’s Factory.
Julissa, contadora pública de profesión, creció viendo a su abuelo fabricar y vender sorbetes artesanales, un oficio que marcó su vida y la de todo un pueblo.
«Él no era un carretonero más, el sorbete era único y especial», recuerda la emprendedora.

Cuenta que su producto y su figura se volvieron inseparables en la memoria colectiva de Ahuachapán, especialmente entre generaciones que lo esperaban a la salida de escuelas y colegios.
Sin embargo, la llegada de la pandemia por la COVID-19 y la avanzada edad de don Alberto obligaron a detener ese ritmo de vida. Dejar de trabajar después de hacerlo toda una vida tuvo un fuerte impacto emocional en él, relató Julissa.
Fue entonces cuando ella decidió actuar. Con las restricciones sanitarias y el temor de la gente de comprar en la calle, surgió la idea de la venta en línea, como una forma de apoyo económico y emocional para su abuelo.
La respuesta fue inmediata. Una publicación en redes sociales, acompañada de la fotografía de don Alberto y su sorbete, despertó la nostalgia de muchos ahuachapanecos y fue así como comenzaron a vender sorbetes en presentaciones familiares, en pintas y litros, llevando a los hogares un sabor cargado de recuerdos, indica.

En el emprendimiento recuerda que hubo varios meses de ventas en línea y después nació la necesidad de un espacio físico. Sin recursos para abrir un local formal, encontraron apoyo en un pequeño quiosco ubicado en el gimnasio Los Pinitos.
En ese lugar, Julissa asumió poco a poco la responsabilidad total del proceso, mientras su abuelo supervisaba que las recetas se respetaran «al pie de la letra».
INNOVACIÓN
Con el tiempo, el emprendimiento empezó a tomar forma propia. Julissa se propuso conservar la receta original, pero también innovar: mejorar procedimientos, incorporar maquinaria básica y crear nuevos sabores sin perder la esencia artesanal.
Esa combinación permitió que Isho’s Factory se diferenciara de otras sorbeterías, ofreciendo productos clásicos y sabores exclusivos pensados para las nuevas generaciones.
Las dificultades no se detuvieron. El espacio donde producían el sorbete fue solicitado por el propietario, y lejos de ser un retroceso, se convirtió en una oportunidad. «Nos animamos a alquilar un local, producir y vender en el mismo lugar», cuenta Julissa.
Así nació la primera sucursal, ubicada en la 4.ª calle poniente del barrio El Centro. Un pequeño garaje que pronto quedó corto ante la demanda.

Hoy, Isho’s Factory cuenta con dos sucursales, mantiene una producción semiartesanal y está formalmente registrado como empresa. Pero más allá del crecimiento comercial, el proyecto se sostiene sobre una identidad profunda.
«Venimos de orígenes indígenas, por eso nuestro nombre, que es nuestro apellido, refleja nuestras raíces como salvadoreños», explica Julissa.
También hizo énfasis en que los caracteriza la originalidad, ya que es un sorbete nativo salvadoreño. Para ella, cada sabor es una forma de contar historias. Entre los más emblemáticos están La Dragona, elaborado a base de pitahaya, mora, fresa y limón; y Lluvia Rosa, una mezcla de pétalos de rosa, manzana y canela, creada para quienes atraviesan un corazón roto, expresó Julissa.
«No somos una franquicia más», afirma, «venimos del pueblo y estamos para servir al pueblo».
Esa filosofía es la que ha guiado el camino de Isho’s Factory, un emprendimiento donde cada sorbete guarda memoria, identidad y emoción, sostiene.






