Los Larios Escobar llevan más de 50 años viviendo en la Tutunichapa, por eso no es extraño caminar por los pasajes y que al preguntar por ellos cualquiera de referencia de dónde ubicar la casa «del señor de los panes chorreados».
Allí, en dicha comunidad, está la casa llena de color por dentro, mientras que de frente y de costado se lee «Los deliciosos panes chorreados», por abajo de un «Dios bendiga este hogar».
La casa es lugar de residencia, pero también la cocina desde la que ha salido uno de los placeres gastronómicos de las calles salvadoreñas por más de cinco décadas: los panes chorreados o «mataniños».
El artífice detrás de esta delicatesen urbana es Omedo Larios. Omedo es originario del cantón Talpetate, de San Vicente´, y llegó a San Salvador cuando tenía 16 años para vender panes con un familiar. Llegó, justamente, a la Tutunichapa.
«Cuando me vine a trabajar ganaba 11 colones al día vendiendo panes y en total se vendían como 40 colones de panes. Los precios eran de 15 y 25 centavos de colón», recuerda el hombre moreno que este año está por cumplir 76 años.
Dos años después de su llegada a la capital estaba por nacer su primer hijo. Fue entonces cuando que junto su esposa de toda la vida, Rafaela Escobar de Larios, decidieron que era momento de tener una venta propia de panes. La travesía empezó con un vendedor al que le preparaban los panes y él los iba a revender. Con el tiempo, el típico pan largo, delgado, con encurtido de repollo, mayonesa, carne o mortadela, llegó a ser tan popular que había, al menos, 27 vendedores llevando sabor y alimento a donde fuera en sus cajitas de madera.
El nombre, Los Chorreados, no fue el primero que tuvieron. «Al principio eran Sándwich Los Deliciosos, pero la gente les dio el nombre, ellos nos decían “¿tiene panes chorreados?”. Así les fue quedando el nombre», relata.

El trabajo era pesado para ambos. Atender a los vendedores les implicaba levantarse a la una de la madrugada para hacer los primeros despachos a la cinco. La pareja preparaba los panes con la mayonesa, el encurtido y luego de carne o mortadela. En las manos del vendedor queda la preparación con las salsas o el picante, según pida el cliente.
Llegaron a un tener materia prima para tres días de venta que rendía de 500 a 600 panes. La pareja recuerda el trabajo pesado, pero satisfactorio: «Yo le he enseñado a mi familia a ganarse la vida con comida y que para llegar a hacer algo también tiene que trabajar la mujer, no solo el hombre», señala Rafaela.
La fiel hinchada del Alianza



Omedo también salía a vender. «Llegaba al entonces Estadio Flor Blanca donde los aficionados no andaban diciendo “¿cuánto valen?” Ellos de un solo me decían “deme tantos”. Yo le debo este negocio a la bendición de Dios, al sudor de mi frente y a la afición del Alianza», relata.
Con el tiempo, el ritmo del negocio fue bajando. Las ventas independientes de panes en la calle crecieron bajo otros nombres y otras versiones, pero solo quienes han probado un chorreado saben que no hay comparación.
Desde hace unos años, los Larios Escobar redujeron la producción y se quedaron siendo distribuidores directos. Omedo sigue y ahora su hija Carmen Larios se unió al negocio. Hasta hace un año, él llegaba a cada partido de los equipos de primera división al Estadio Cuscatlán, pero siempre su corazón estaba cuando jugaba el Alianza, para vender sus legendarios panes.
En el último año se ha recuperado de un accidente que tuvo manejando su moto. Sin percatarse, al salir de un estacionamiento una cadena le golpeó en el cuello y, como él dice: «de milagro estoy contándolo, pero ya estoy bastante recuperado. Pero Los Chorreados siempre están afuera del Mercado Cuscatlán, allí está mi hija, y seguimos porque son los mejores».


Carmen, desde hace 15 años, está lista con lo que representa el desayuno, almuerzo o cena de muchos. Llega todos los días desde Cojutepeque, carga su caja en casa de los padres y llega a las afueras del mercado sobre la 25.a avenida sur, en San Salvador, para atender a los clientes fieles y a la espera de nuevos adeptos, quienes al probarlos se quedan felizmente reincidiendo.
Los hay de dos tamaños: medianos a $1.25, y grande a $2, pueden ser de carne, mortadela o combinado. Los legendarios chorreados han trascendido en el paladar se los salvadoreños. Hay quienes ya lo ven como un platillo nostálgico y lo mandan a pedir del exterior.
Omedo comenta que le hacen el pedido y ellos los empacan de manera diferente para que lleguen siempre apetecibles. La receta de esta familia perdurará porque es la herencia de sus hijos, pero también porque los clientes reconocen en ellos a los auténticos chorreados.
Anatomía de un chorreado

Una de las razones por las que estos panes no se parecen a otros es porque la mayonesa se hace en casa. Es una receta propia de Omedo que prepara constantemente, de manera que siempre está fresca.
Él recuerda que hubo un momento, durante el período del presidente José Napoleón Duarte, en el que el aceite, ingrediente esencial en la mayonesa, se encareció y dejaron de prepararla. Los clientes lo resintieron inmediatamente y empezaron a comprar la que había en el mercado. Omedo comenta que para garantizar su calidad pidieron un empaque especial.
Superada la escasez de aceite volvió la receta de mayonesa de la familia, que ahora es herencia de sus hijos. Por el sabor de la mayonesa los clientes reconocen a los auténticos chorreados.







