Me desperté muy temprano y salí del hostal donde me hospedaba. La ciudad de Múnich me abrazaba con una leve llovizna en pleno verano europeo, el cielo estaba nublado, quizá como un preámbulo de lo que iba a vivir ese día. Era un día diferente, me dirigía al primer campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial, el cual fue modelo para todos los demás. Dachau está a 13 kilómetros fuera de la ciudad. Bajé a la estación del metro Goetheplatz y salí en la estación de Marienplatz, de donde partiría la expedición.
Ya en el lugar éramos unas 30 personas de todas las nacionalidades, justo en la entrada debajo de la famosa frase «arbeit macht frei» (el trabajo los hará libres). El guía comenzó a dar las indicaciones generales.
Comenzamos el recorrido de aproximadamente cuatro horas. Lo primero que noté al entrar era que el campo de concentración era inmenso; comenzamos con una breve exposición de fotografías explicando la historia del lugar, inaugurado el 22 de marzo de 1933, rápidamente se convirtió en un centro de tortura y ejecución masiva, donde se implantó la filosofía de tratar a los judíos y demás prisioneros como una raza inferior y donde incluso se les veía como animales.
Caminando por el campo de concentración un vacío helado se increpó en mí, imposible dejar de pensar en los miles de personas que vivieron el infierno en la Tierra, imaginarme a todas esas personas en deplorable estado de salud y esclavizadas solo podía crear en mí un sentimiento de dolor y solidaridad.
Entre otras cosas, en el recorrido estuve frente a una montaña interminable de zapatos, los zapatos de personas que habían muerto en ese campamento, luego entré a las oficinas administrativas, donde los nazis jugaban a ser Dios y decidían experimentar con prisioneros, experimentos sobre hipotermia, probaban medicamentos en ellos tal cuales ratas de laboratorio y mucho más.
Estuve en el paredón de fusilamiento, en las barracas donde los prisioneros dormían, las cuales eran increíblemente calientes en verano y extremadamente gélidas en invierno, luego entré a la cámara de gas, me tocó estar solo en ese pequeño cuarto de acero, y no pude evitar hacer una pequeña oración por todas las personas que injustamente murieron ahí, luego a los crematorios, que son básicamente grandes chimeneas, donde quemaban los cadáveres. Visitar un campo de concentración deja una reflexión de lo que puede causar el mal en las personas, y hasta dónde pueden llegar los seres humanos por causar el mal. Se termina el recorrido en una preciosa capilla, donde se coloca una vela por todas las almas que sufrieron en ese lugar.
Escucho a personas de la oposición comparar el Cecot con un campo de concentración. Sin duda hablan desde su ignorancia y lo que dicen es un insulto a todas las personas que murieron en uno. La función del Cecot es mantener encerradas a personas pandilleras de alta peligrosidad, más nada; por favor, respeten la memoria de las personas que fallecieron en campos de concentración.
En un campo de concentración de verdad se respira la muerte y el horror en cada rincón. Que descansen en paz y que vuelen libres todas las almas de las personas víctimas del Holocausto.





