El gran elemento diferenciador del Gobierno del presidente Nayib Bukele es que en su primer mandato logró desarticular a las pandillas. Con esto, El Salvador conoció, por primera vez, qué es vivir en paz y tranquilidad. No hubo antes en la historia nacional un período tan largo de tanta seguridad.
A lo largo de su vida como república independiente, El Salvador ha sufrido de diversos niveles de violencia, agresiones provenientes tanto del extranjero como del interior del país. Entre las últimas están el conflicto armado que inició desde los años setenta del siglo pasado y se prolongó hasta los primeros años del siglo XXI. Después de eso vino la violencia generada por las pandillas, una herencia directa de la guerra, la corrupción y de fracasadas políticas, tanto nacionales como de potencias extranjeras.
Lo que ARENA y el FMLN consideraban como un fenómeno sin importancia se transformó en el principal problema del país, que además de volverse complejo y violento también traspasó las fronteras nacionales, más allá de Estados Unidos, donde surgieron los primeros grupos cuyos integrantes fueron deportados y enviados a El Salvador a replicar la estructura de su organización criminal. Las maras se instalaron en naciones vecinas de Centroamérica, pero también en México, América del Sur e incluso en Europa.
Los políticos que permitieron el surgimiento, desarrollo, expansión y fortalecimiento de las pandillas se dedicaron a pactar con ellas, buscando apoyo electoral.
El Plan Control Territorial significó el inicio de la guerra frontal contra las maras. Por ello se entiende que los aliados políticos de las pandillas bloquearan en la Asamblea Legislativa todos los intentos para reforzar la lucha contra el crimen organizado.
No fue hasta que el presidente Bukele tuvo mayoría en la Asamblea Legislativa que la guerra contra las maras tomó más fuerzas y se decretó el régimen de excepción, el cual ha sido vital para eliminar la inseguridad.
Dentro de las fases que se contempla el Plan Control Territorial, los cercos de seguridad son un elemento muy importante para erradicar las estructuras criminales incrustadas en una población. Gracias a ello, municipios se han librado de pandilleros que habían pasado escondidos y que esperaban que pasara la persecución.
Sin embargo, la justicia no se detiene y la inteligencia policial ha detectado células de mareros ocultas tanto en zonas inhóspitas y rurales como dentro de exclusivas residenciales.
Ahora, en la colonia 10 de Octubre, el esfuerzo es para extraer a delincuentes que permanecen ocultos.





