Mis abuelos me decían que para avanzar había que dejar atrás lo que no lo permite, eso aplica obviamente en la vida cotidiana; no obstante, en el ámbito de la política es sumamente importante no olvidar la historia, aunque esta haya sido traumática para la vida de un pueblo, el cual sortea una serie de eventos que marcan.
Desde el período del descubrimiento, la conquista y la colonización de nuestros pueblos originarios, llegando al establecimiento de la república, las dictaduras militares, el conflicto armado y culminando con las pandillas, cuántas muertes, cuánta sangre derramada de manera injustificada, pero acá estamos, como decía Santiago Consalvi en su libro «La terquedad del izote», siempre viendo hacia adelante, buscando mejorar nuestras condiciones de vida materiales, espirituales, personales, familiares, comunales y de país.
La historia nunca miente, y es importante tomarla en cuenta como punto de referencia mediante un análisis retrospectivo, el cual nos lleva a que, tras haber ocurrido un incidente negativo o traumático, se pueda aprender de este y buscar evitarlo en el futuro, o poder reaccionar de forma adecuada para reducir el impacto y solventarlo en el menor tiempo posible; lamentablemente se dice que nuestra población tiene memoria de corta duración, fenómeno que los políticos tradicionales utilizaron en el pasado para mantenerse en el poder.
Conocemos las mañas de la vieja forma de hacer política. No debemos olvidar que tras una guerra fratricida de 12 largos años Alfredo Cristiani se autodenominó el presidente de la paz; nada más alejado de eso, pues quien inició e hizo un largo recorrido para conseguir la paz fue José Napoleón Duarte, quien fungió como presidente de 1984 a 1989. Cristiani solo fue el firmante de una paz que en el transcurrir del tiempo la conocemos como un pacto de corruptos, pues su praxis estaba orientada con el apoyo de organizaciones extranjeras a instaurar en nuestro país una dictadura partidocrática, disfrazada de supuestas confrontaciones político-ideológicas que se expresaban en los partidos ARENA y FMLN, supuestos enemigos políticos.
El presidente Nayib Bukele descubrió esa triste realidad y se enfrentó a todo un aparato ideológico y de propaganda de las extremas de este país; fue entonces capaz de ponerle «el cascabel al gato», pues, como decimos los sociólogos, generó una ruptura histórica y rompió el molde de una supuesta democracia que no era más que una formalidad para legitimarse en el poder, y así mantener un «statu quo», y por consiguiente al país en el ámbito de la marginalidad frente al resto de los países. Ahora entendemos las razones por las cuales nuestro país no avanzó y se estancó en todas las áreas y dimensiones.
Por estas razones es un deber patriótico prohibido olvidar el daño que estos partidos políticos le ocasionaron al país, a nuestro pueblo, a nuestra historia, la cual hace mucho tiempo pudo ser mejor, pero las ambiciones y el hambre de poder nos hundieron en una guerra fratricida provocada y patrocinada por agentes extranjeros y ejecutada por nosotros con saldos catastróficos. Aunque no existen registros oficiales definitivos sobre el número de víctimas de violaciones de derechos humanos durante el conflicto armado, se estima que se torturó, ejecutó extrajudicialmente o se hizo desaparecer por lo menos a unas 75,000 personas. A esto se le agrega que en el período posconflicto toman protagonismo las maras o pandillas. El presidente Nayib Bukele expresó a la nación en el discurso de su primer año de gestión correspondiente a su segundo período que nuestro país debe resentir la pérdida de 200,000 personas, la mayoría víctimas directas de pandilleros por no haber accedido a pagar renta o porque asesinar se convirtió en una forma de vida.
Para todo salvadoreño de bien es prohibido olvidar, y es un deber y una obligación no retroceder ni para tomar impulso, pues en el hipotético caso de que estos volvieran al poder (aunque las encuestas dicen lo contrario) lo primero que harían sería emitir decretos especiales para liberar a todos los pandilleros. Este es un escenario muy poco probable, pues nuestra gente da su aprobación al presidente Bukele y su proyecto para que este proceso de transformación no se detenga.




