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La última línea de defensa después de todas las advertencias

por Yossi Abadi / Empresario e inversionista israelí
20 de junio de 2025
En DePalabra
Tiempo de lectura:4 mins read
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Cuando los F-35 israelíes cruzan el cielo iraní no es el inicio del conflicto. Es la señal de que el mundo ya ignoró todas las advertencias.

Durante años, Israel ha advertido que este momento llegaría —no como provocación, sino como un grito moral—. Mientras diplomáticos negociaban y escépticos minimizaban las amenazas iraníes como simples discursos, los líderes de Irán hablaban con claridad aterradora: «El régimen sionista debe ser borrado del mapa», dijo el ayatolá Jamenei. «Israel será eliminado», prometió el presidente Ahmadineyad ante la ONU. No son metáforas. Son manifiestos. Y cuando alguien habla de destrucción, Israel escucha.

Para Israel —una nación nacida de las cenizas del Holocausto— las amenazas de exterminio no son exageraciones: son alarmas que despiertan memorias demasiado reales. Incluso la posibilidad remota se convierte en un espejo aterrador del pasado. Y cuando esas sirenas provienen de un régimen que no solo desprecia al mundo moderno, sino que trabaja cada día para destruirlo, ignorarlas no es una opción.

Cuando el primer ministro Benjamín Netanyahu dice «No permitiremos un segundo Holocausto», no es retórica. Es el principio que sostiene toda la política de defensa israelí. Israel es el único país del mundo cuyo plan de supervivencia se basa en amenazas públicas de destrucción total por parte de otro Estado. Eso cambia todas las reglas del juego.

Sí, Israel actúa primero. No para conquistar, sino para evitar lo irreparable. No para provocar, sino para sobrevivir. En las últimas líneas de defensa de una nación no hay segundas oportunidades.

Los críticos temen que un ataque preventivo pueda desatar represalias. Pero ¿cuál es la alternativa? ¿Esperar a que Irán termine de armar una ojiva nuclear? ¿Esperar a que Tel Aviv desaparezca antes de actuar?

El programa nuclear iraní no es un asunto aislado. Está respaldado por una red de terror regional: Hezbollah en Líbano, milicias en Siria e Irak, drones en Yemen. Irán ya ha puesto a los civiles israelíes en su mira. Cada misil disparado contra ciudades israelíes, cada atentado suicida patrocinado por Teherán lleva el mismo mensaje: las víctimas civiles no son daño colateral, son el objetivo.

Lo sé de primera mano. Un misil impactó el pasado sábado la casa de mi hermana y destrozó por completo el segundo piso; solo un milagro evitó víctimas físicas. Ese ataque no apuntaba a una base militar, sino a una familia dormida. Para Teherán, los civiles no son víctimas colaterales. Son el blanco. El objetivo explícito. El mensaje.

Israel, en cambio, actúa con precisión quirúrgica. Sus ataques se dirigen a infraestructuras militares, no a civiles. Y en esa diferencia —entre quienes eligen matar por odio y quienes se esfuerzan por no matar ni siquiera al defenderse— se traza la verdadera línea entre barbarie y civilización. No se trata solo de cómo se libra una guerra, sino de quién merece ganarla.

Esa diferencia moral importa. Irán busca matar a civiles. Israel evita hacerlo. Israel no desea la guerra. Desea vivir. Pero vivir requiere actuar antes de que sea demasiado tarde.

La ofensiva sobre instalaciones nucleares iraníes no es una apuesta temeraria, sino la última ventana antes de que el «régimen más peligroso del mundo» adquiera las armas más peligrosas del mundo. Para los estrategas, la discusión se mide en cascadas de centrifugadoras y profundidades de búnkeres; para las familias que duermen con un ojo en la cúpula de hierro se mide en pisos arrancados y juguetes cubiertos de escombros.

A quienes hoy condenan a Israel, ¿dónde estaban cuando Irán enriquecía uranio en secreto? ¿Dónde estaban cuando los generales iraníes prometían reducir a cenizas a Tel Aviv y Haifa? ¿Dónde estaban cuando los niños israelíes corrían a refugios antiaéreos mientras el mundo miraba hacia otro lado?

Israel no busca aplausos. Busca sobrevivir. Y sobrevivir, a veces, requiere actuar antes de que el enemigo apriete el gatillo. Esto no es agresión. Es defensa propia.

La misión de Israel no es destruir Irán. Es impedir que Irán destruya Israel. No es venganza. Es biología: el instinto de una nación pequeña rodeada de amenazas existenciales.

El mundo debe hacerse una pregunta incómoda pero inevitable: si un régimen declara su intención de borrar a un pueblo del mapa —y cada día da un paso más hacia ese abismo—, ¿acaso se debe seguir esperando, cruzados de brazos, sin el coraje de defender lo justo?

Israel no esperará a que se crucen las últimas líneas de defensa. Porque «Nunca más» no es un poema. Es un plan.

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