Hace tres años escribí «El Conde», una historia que nació desde el amor por mi padre y lo que dejó en mí. Esta vez quiero contar otra historia. Una que arde distinto, pero con la misma fuerza. Una historia de lealtad, fútbol y hermandad.
Una historia de cuando volvió Pudú, que refleja como las pandillas robaron las amistades por el simple hecho de controlar territorios en El Salvador.
Con Pudú compartimos algo más que juegos de infancia. Compartimos gradas, gritos, euforia, llantos, abrazos y risas. Desde cipotes fuimos hinchas del Club Deportivo FAS, del equipo más grande de El Salvador. Siempre supimos que no era simplemente fútbol. Era identidad, refugio, pasión…
En el estadio aprendimos a ser leales, a no abandonar, a creer incluso cuando todo parece perdido. Pero la vida nos separó. No por elección, sino por miedo. Las pandillas quebraron caminos, destruyeron rutinas, impusieron silencios. Nos alejamos. Pasaron años, demasiados. Pero la lealtad, cuando es verdadera, no muere. Se resguarda, se aferra y espera. Y así, volvió Pudú.
Nos comunicábamos por teléfono y vivíamos a un kilómetro de distancia; las pandillas habían impuesto fronteras imaginarias. Cruzar era buscar la muerte.
Cuando el Gobierno implementó el régimen de excepción, volvimos a un estadio, hablamos de proyectos, de la vida, y ahora ya es posible visitar cada uno nuestro lugar de residencia. Pudú volvió con la misma esencia, con el alma firme y los principios intactos. Y volvió siendo más.
Porque Pudú ya no es solo ese cipote que alentaba en las gradas, ahora también predica. Es padre de familia.
Pudú es Óscar Barrientos, un enfermero de profesión y vocación. Un hombre amigable, a veces despistado, pero que en su comunidad es respetado por algo que muy pocos harían: preparar a los muertos de forma voluntaria. Lo hace con devoción, como una promesa a Dios. Con manos firmes y corazón humilde despide a quienes ya no pueden hablar. No cobra, no exige, solo sirve, porque su vocación va más allá del hospital: es un acto de fe.
En su colonia, los jóvenes lo ven como un referente. No grita, no se impone. Organiza partidos, habla de valores, guía con silencio. Les habla del FAS, sí, pero también les muestra que hay caminos distintos, caminos de bien. También se prepara para convertirse en un DT clase D.
Esta historia que hoy puedo contar es gracias a la exitosa estrategia de seguridad implementada por el Gobierno del presidente Bukele. Con el régimen de excepción se erradicó por completo el control de las pandillas en nuestras comunidades.
Existían líneas invisibles, fronteras impuestas por grupos criminales que dividían barrios enteros. Solo por vivir en un sector uno no podía cruzar al otro lado. El miedo estaba sembrado. Durante décadas, por el abandono de gobiernos anteriores, estas estructuras se empoderaron y paralizaron la vida de miles de salvadoreños. Hoy eso desapareció.
Y gracias a eso hoy puedo decirlo sin temor: volvió Pudú.
Con Pudú entendí algo: la lealtad no solo nace en la sangre, también nace en una grada alentando a un equipo de fútbol. Cuando compartís el dolor de una derrota o la gloria de un gol, creas un pacto que va más allá del tiempo. Y ese pacto, a veces, es lo único que te sostiene cuando todo se derrumba.
Como dice la palabra en Eclesiastés 4:10: «Si uno cae, el otro lo levanta. Pero pobre del que cae y no tiene quien lo ayude a levantarse». Y Pudú me ha extendido la mano.
Cuando el Conde (mi padre) se fue de este mundo, estuvo cuando más lo necesité.
Volvió Pudú. Y volvió la esperanza en que, en un país marcado por el miedo, la amistad y la pasión pueden sobrevivir. Porque los verdaderos hinchas no abandonan, porque los verdaderos amigos siempre vuelven.






