De todos es conocida la realidad de nuestro país, cuando venimos de una historia caótica y llena de hechos escritos con sangre. Para no ir muy lejos, la dictadura del general Maximiliano Hernández Martínez, pasando luego al período del conflicto armado con saldos catastróficos de víctimas mortales y desaparecidos; y posteriormente, la firma de los acuerdos de paz, negociada entre ARENA y el FMLN, como expresiones políticas que revitalizaron y dieron fuerza a las pandillas, con saldos aún más desastrosos para nuestra población, con registros que rondan las 200,000 víctimas mortales.
Eso nos llevó al deshonroso lugar de ser reconocidos como el país más violento del mundo. Así fue nuestra realidad. La verdad hay que decirla, estábamos ante un escenario de un Estado fallido; se permeó con el accionar de las pandillas; usaron nuestros dineros del erario para pagar favores políticos a los pandilleros.
ARENA inventó sus estrategias de los planes Mano Dura, que no fueron más que cantos de sirena, pues era parte del pacto con las pandillas. Nunca hubo una verdadera intención de enfrentarlas como debió ser. Con los gobiernos de ARENA y FMLN nunca serían combatidas frontalmente, porque eran parte del ejército electoral.
Por el lado del FMLN, sus políticas de seguridad se orientaron a un enfoque de represión del delito, pero carentes de efectividad. La misma Icefi las consideró carentes de efectividad, pues no tenía indicadores ni financiamiento verificables, con el escenario macro fiscal inviable. Jugaron una carta adicional con el Plan Social Educativo Vamos a la Escuela, que supuestamente era prevención de la criminalidad desde las escuelas, pero todo resultó en una estrategia fracasada, pues los indicadores educativos —como la deserción, el ausentismo, la repitencia y la extraedad— dejaron claro el fracaso de dichas medidas.
Se suma que en 2015, cuando aún gobernaba el FMLN, se tuvo el pico más elevado en el número de asesinatos, 6,656 víctimas en un año, que representan 555 asesinatos por mes y 19 personas por día, en promedio. Esto representó 114 asesinatos por cada 100,000 habitantes que nos posicionaron en el rol negativo del país más violento del mundo.
Hay que hacer notar que solo en ese año asesinaron a 12 maestros del sector público; ante lo cual, el entonces presidente Sánchez Cerén solo manifestó su solidaridad con las víctimas dolientes, pero no hubo como hoy día que se toca a un salvadoreño y el presidente Bukele monta operativos para llegar a la captura, el procesamiento judicial y el encarcelamiento de los asesinos. No tienen comparación esos viejos estilos de gobernar con la manera de gobernar del presidente Bukele, quien ha venido a marcar una huella imborrable, pues mil días sin homicidios perpetrados por pandillas parece fácil y suena bonito, pero implica un trabajo muy contundente del Gabinete de Seguridad y del presidente Bukele, que es quien conduce toda esta estrategia de erradicación y aniquilamiento de las pandillas.
Propios y extraños ahora reconocen las bondades de haber recuperado a El Salvador de las garras de las pandillas, y se convierte en un eslogan que define el rumbo de un país que se encamina, ahora sí, hacia las verdaderas líneas del desarrollo integral y del beneficio para todos, que es el hilo conductor definido.





