Muchos lugares en el mundo están pasando por situaciones de violencia incontrolable. Las cifras de asesinados y heridos, por sucesos distintos, son escalofriantes.
Los protagonistas de ataques armados no respetan la vida de nadie, ni el lugar donde los perpetran. Este fin de semana una persona murió y varias resultaron heridas en un tiroteo en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en Grand Blanc, Míchigan.
Hace unas semanas, otro hecho de horror sucedió en la República Democrática del Congo. Muchos cristianos habían acudido para rendir homenaje a uno de los miembros de su iglesia que había fallecido recientemente. Lo que se suponía sería una reunión pacífica de creyentes que lloraban juntos terminó en un baño de sangre cuando sujetos armados los atacaron; 70 cristianos murieron y 100 fueron secuestrados.
Hace un par de meses, unos 200 cristianos fueron masacrados en Nigeria durante un ataque contra un alojamiento temporal habilitado para desplazados internos que habían abandonado sus casas. La información oficial revela que más de 7,000 cristianos han sido asesinados en ataques violentos por parte de grupos extremistas islámicos en esa nación. Las imágenes de aldeas cristianas saqueadas e incendiadas, iglesias vaciadas y feligreses ejecutados son desgarradoras.
El mundo. Hace unos días, tres jó[1]venes, entre ellos un adolescente de 16 años, resultaron heridos en una balacera registrada en un vecindario del noroeste del condado de Harris, en Texas. Mientras que tres personas murieron y otras ocho resultaron heridas cuando un hombre armado abrió fuego en un bar frente al mar en Carolina del Norte.
Un país vecino, otrora de paz y seguridad, ahora pasa por una coyuntura incontrolable. Según información oficial, alrededor de 640 crímenes han sido contabilizados en lo que va de 2025, en su mayoría motivados por la descontrolada lucha entre organizaciones criminales.
Y mientras las autoridades de cada nación investigan, y otros normalizan los sucesos como si la vida no valiera nada, muchas familias están de luto, tratando de comprender lo que sucedió.
Los salvadoreños entendemos a la perfección qué es vivir en estas situaciones de inseguridad, porque aún hay miles de heridas abiertas de personas que perdieron a sus seres queridos a manos de los grupos criminales.
¿Recuerdan? En 2017, cinco miembros de una iglesia evangélica resultaron heridos de bala después de que integrantes de una estructura criminal tuvieron un enfrentamiento armado contra agentes de la Policía Nacional Civil en la colonia Tikal, en Apopa. En otro suceso, un joven murió y otros tres resultaron gravemente heridos en un ataque que varios sujetos hicieron a la iglesia apostólica del cantón La Flor, en San Martín.
Es que nadie nos va a devolver al hermano, al amigo, al padre, a la madre, al hijo, al primo, a los abuelitos, a quienes cobardemente les arrebataron sus vidas. Son más de 200,000 ciudadanos honrados que ya no están con nosotros. La sangre de todos ellos grita en los camposantos.
Muchas órdenes de asesinatos, desapariciones, secuestros y extorsiones salieron de los centros penitenciarios que areneros y efemelenistas «controlaban».
La vergüenza y la rabia es que los funcionarios de esos partidos políticos protegieron los derechos de los asesinos mareros y pandilleros, pero no los de más de 6 millones de salvadoreños inocentes. Simplemente, estaban complacidos por el respaldo que recibían de oenegés piltrafas en moralidad y de escribientes amigos de los cabecillas a quienes llaman «héroes» en sus putrefactos artículos.
Ahora que, con valentía, certeza y consistencia, el presidente Nayib Bukele le dio vuelta a toda la historia criminal, devolvió la seguridad a los ciudadanos, rescató la actividad económica de pequeños negocios, de la micro, pequeña y gran empresa, rescató la vida de los pueblos, del Centro Histórico, sometió a la justicia a los asesinos de la sociedad y que pagan sus acciones llenas de sangre en el Cecot, lo acusan de dictador, de violentar «derechos».
¿Por qué tantas letras y declaraciones tóxicas en contra de la nueva historia salvadoreña? ¿Por qué han luchado por sacar del Cecot a sus «angelitos» y cerrar la megacárcel de máxima seguridad que hasta utilizan a legisladoras para encabezar semejantes acciones en contra del pueblo?
¡Ah!, es que los centros penitenciarios ya no son lo que eran antes, como cuando el exvicepresidente efemelenista Óscar Ortiz estaba «al frente» de la seguridad del país, o como cuando los negociadores con maras y pandillas ofrecían vidas inocentes a cambio de votos, o como cuando los ministros de Seguridad y sus directores de penales les llevaban prostitutas, drogas, celulares, chips, dinero, banquetes y orquestas a los asesinos de los salvadoreños.
¡Cuántas vidas fueron arrebatadas, cuántas masacres fueron ordenadas desde estos penales!
Los salvadoreños conocemos y vivimos esa historia de sangre y luto que nos heredaron los «acuerdos de paz» que lo único que hicieron fue dar impunidad a los asesinos de la guerra civil, montar un sistema corrupto dirigido por el poder fáctico y saquear los bolsillos de los ciudadanos.
Definitivamente, los salvadoreños buenos somos más, y somos los que abrazamos el nuevo sistema de seguridad, de tranquilidad que nos está catapultando al desarrollo social y económico.
Un nuevo sistema que está rescatando la educación, primordial para formar hombres y mujeres de bien, con oportunidades, con responsabilidad, con disciplina, con orden.
Nada de esto fuera posible sin la ayuda de Dios Todopoderoso, de un presidente visionario y valiente, de una Asamblea Legislativa acuerpando las iniciativas presidenciales que lo único que buscan es llevar beneficios a toda la población, incluso a aquellos que prefieren abrazar a los asesinos.
La gobernabilidad que los verdaderos diputados del pueblo le dan al presidente no tiene precio. Y no tiene precio porque saben lo que vale una sola vida. El acompañamiento al Plan Control Territorial y al régimen de excepción lo único que indica es que han estado decididos, están decididos y estarán decididos a defender la vida de cada persona, de cada familia salvadoreña, aun cuando las bestias relinchen y les crujan los dientes.
El Salvador es la envidia. Y el camino, iniciado hace seis años, es el correcto. Es fácil decirlo, en un mundo convulsionado, erosionado y de perturbación mundial. ¡Vamos, ciudadanos honestos y trabajadores! Ni un paso atrás.





