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Un pequeño descuido fue suficiente

«Llegué a Los Ángeles algo temeroso, no por la migra, sino por la experiencia vivida. Después de cinco días de trabajo de andar para arriba y para abajo en las trabazones de los «freeways», me sentía listo para regresar a mi terruño».

por Carlos «el Chino» Figueroa, productor cinematográfico
1 de noviembre de 2020
En DePalabra
Tiempo de lectura:4 mins read
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Desde el primer momento que el Gobierno anunció la cuarentena #quedateEnCasa, todos en mi familia optamos por «encusucarnos».

Durante cuatro meses seguimos al pie de la letra todas las disposiciones, entre los debates iniciales sobre usar o no los benditos guantes, cuál era la mascarilla apropiada, el salir de casa solo si contabas con el permiso correspondiente, después ir al súper únicamente el día indicado según la numeración del DUI. Así fuimos creciendo y haciéndonos expertos en bioseguridad, expertos en aplicar el protocolo en casa: si salías, al regresar dejabas los zapatos en la entrada; rociabas el cuerpo con la mezcla de alcohol con agua para irte directo al baño.

Todo esto lo aplicamos a pesar de la naturaleza de ser «dejados» o rehusarnos a seguir indicaciones estrictas. Aprendimos a convivir con las noticias tristes de los fallecidos, a celebrar a los que habían logrado sobrevivir, a putear a los diputados que bloquean toda medida anunciada por el Ejecutivo.

Nos hicimos expertos en recetas bajadas de internet que, por supuesto, trajo sus libras extras de recompensa; después, entramos a la etapa del sentido de culpa intentando iniciar una estricta dieta para bajar de peso.

Como si se tratase del «día después», poco a poco fuimos saliendo de nuestras trincheras. Por mi trabajo como productor audiovisual, me tocó acompañar algunas entregas de los paquetes alimenticios, visitar albergues de los damnificados por las tormentas, incluso ingresar al Hospital El Salvador a constatar el tratamiento que recibían los pacientes de la COVID-19.

En cada una de esas labores siempre fuimos estrictos en aplicarnos los protocolos que cada una de las actividades ameritaba. Nunca contraje el virus y me sentía orgulloso, pues el contagiarme significaba poner en riesgo a mi familia.

Hoy, después de todo ese viacrucis que nos ha tocado vivir en el país tuve que viajar a Los Ángeles, California, ciudad que considero mi segunda casa. Aquí están mi madre y mi hermana con su esposo y mis adorables sobrinos. Aquí también se encuentra gran parte de mis cheros, que crecimos queriendo desplumar más de algún pato del MacArthur Park. Aquí también están mis nuevos amigos que he cosechado en los últimos años y que trabajan en la industria cinematográfica.

Pero algo pasó en el trayecto, desde los pasillos para abordar el vuelo hasta los controles migratorios en EE. UU., algo andaba mal porque las medidas que recibimos de la aerolínea para abordar el avión carecían de la lógica estricta de los controles de bioseguridad.

La aerolínea nos obligaba a poner nuestro equipaje de mano en las mismas bandejas donde antes otros pasajeros habían colocado sus zapatos, sin la más mínima limpieza que pide el protocolo. La seguridad privada de la aerolínea tocaba nuestros pasaportes con los guantes que había tocado a otras decenas más sin aplicarse ningún líquido desinfectante. Lo peor vino dentro del avión: el vuelo iba con la mitad de su capacidad vacía; sin embargo, la tripulación nunca vio como opción mantener a los pasajeros con la distancia social que dicta no solo el protocolo de prevención, sino cualquier lógica sanitaria.

Llegué a Los Ángeles algo temeroso, no por la migra, sino por la experiencia vivida. Después de cinco días de trabajo de andar para arriba y para abajo en las trabazones de los «freeways», me sentía listo para regresar a mi terruño. Pero a 72 horas de abordar el avión me dieron el resultado de mis pruebas requeridas por El Salvador y di positivo a la COVID-19. Desde que me dieron el resultado no he parado de revisar todos los detalles y recriminarme, pues no sé dónde fallé. No sé si fue en la aerolínea, quizás comiendo tacos en el este de Los Ángeles, aguachile en el Grand Central Market o en las Hamburguesas Tommy’s, realmente no lo sé.

Contagié a mi esposa, a mi hermana y a mi sobrina; mis cheros con los que compartimos un asado de despedida, que irán a hacerse la prueba. Me siento culpable, y hoy más que nunca entiendo la justificada razón de cerrar nuestras fronteras y la estricta medida de exigir la prueba negativa de COVID-19 en los protocolos del regreso, a pesar de las críticas y resistencias movidas por agendas políticas, alejadas de la realidad que desacreditan el hecho latente del repunte del virus en otras ciudades del mundo.

Y bueno, a esperar los días y afrontar el virus lejos, sin el kit médico que da el Gobierno salvadoreño y a rebuscarme en comprar los medicamentos para reforzar mi sistema inmunológico.

Mientras allá afuera, en las calles angelinas, la gente deambula por los centros comerciales sin medidas y a mí me queda la enseñanza de que un pequeño descuido fue suficiente.

P. D.: Aprovecharé para disfrutar las finales de los Dodgers, que desde que me fui de Los Ángeles no han ganado un campeonato.

Etiquetas: ColumnasDePalabraEl Salvador
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