Eran los años de 1935, nuestro país todavía con la memoria fresca de esa turbulenta y triste época del General Maximiliano Martínez, el gobierno cambiaba de manos y el turno era de otro militar llamado General Andrés Ignacio Menéndez. Nuestro país recibe la visita de tres ciudadanos italianos, que practicaban ciclismo y nos dejaron algunas bicicletas. Ellos fueron Mario Violo, Juan Stivela y Vicente Sarti.
Es así como este deporte que era popular en Europa entra a El Salvador y nos expone hacia un nuevo mundo para explorarlo, practicarlo y disfrutarlo. Inmediatamente la dinámica de nuestro maravilloso pueblo se involucra y en el año de 1938 participa en su primera contienda internacional contra la hermana República de Guatemala.
Han pasado algunos años y bajo el impulso visionario de un oligarca de nombre Enrique Álvarez Córdoba inicia, organiza y patrocina junto a otros empresarios, la primera vuelta a El Salvador exactamente en agosto del año de 1964, donde un guatemalteco de nombre Armando Paniagua se adjudicó el primer lugar; eventualmente el señor Enrique Álvarez contrató a un entrenador suizo y nuestro ciclismo mejoró mucho y los torneos tomaron otro nivel.

La Vuelta a El Salvador trascendió y empezaron a participar ciclistas de México hasta Panamá, eventualmente llegaron atletas de Sur América y de Europa. En estas pruebas nuestro más destacado ciclista era David Arnulfo Miranda, quien era el Rey de Montaña. En 1968, finalmente ganó esta misma prueba un salvadoreño, Julio Patricio Merino.
Nuestra leyenda viviente, Francisco «Pato» Funes, era un adolescente de San Jacinto de unos quince años; su tío le regala una bicicleta; en una ocasión se encuentra con su amigo de juventud, el «Negro» Paredes, quien era miembro del equipo de ciclismo recién formado quien lo invita a formar parte y lo introduce al ciclismo, bajo la sabia dirección de Don Roberto Tolentino, un hombre apasionado por el ciclismo, un historiador, entrenador y por encima de todo un gran ser humano, coleccionista de una vasta información del deporte nacional e internacional.
Así lo que empezó como una aventura de cipotes se formó en algo serio y en una relación de mentor a discípulo que creció tanto y llegó a ser como un padre e hijo, que hasta la fecha se mantiene ese respeto, esa amistad entrañable. Una relación tan especial de las que ya no se ven.
La disciplina y esa pasión de superación, complementado con la sabiduría, el apoyo y orientación total de un hombre que a base de tesón y pundonor tenía las herramientas, los recursos, pero más tenía el corazón para dirigir a este joven que jamás lo defraudó, al levantarse todos los días a las 3:00 am, a correr 100 kilómetros diarios, haciendo la ruta de Santa Tecla, La Libertad, Comalapa y el regreso.
Allí no había viáticos, vitaminas ni siquiera buenas bicicletas, la única motivación era esa garra cuscatleca, ese gran corazón, esa sed de triunfo que nos convierte en personajes hacedores, resilientes, emprendedores y grandes guerreros de la vida.
Los resultados empezaron a aparecer y nuestra leyenda viviente es seleccionado para representarnos en los Juegos Olímpicos de México 68, su carrera ciclística toma un auge y se destaca en varias competencias a nivel centroamericano, su mayor celebración fue cuando contra todo pronóstico se corona como el ganador absoluto de la cuarta vuelta a El Salvador en el año 1973.
Cabe mencionar a algunos grandes pedalistas que llenaron de gloria nuestra bandera y se convirtieron en verdaderos héroes del ciclismo nacional como Daniel Uribe (QDDG), Julio Patricio Merino (QDDG) David Arnulfo Miranda, Víctor Villeda, Guillermo Dawson, entre otros. Quiero hacer mención especial de un gran ser humano, el extraordinario novato de la época, Juan Francisco Molina, que, en una efímera, pero gloriosa carrera ciclista se dio el lujo de ganar algunas pruebas y ganarle al famoso y destacado ciclista de Guatemala Saturnino Rustrián.

A estos héroes que han escrito capítulos gloriosos en nuestra historia y lo han hecho a base de grandes sacrificios, a base de lágrimas, sudor y sufrimiento, para ellos va nuestro reconocimiento, nuestro cariño y respeto ahora, en vida. Que sepan que detrás de sus grandes esfuerzos y sacrificios hay todo un pueblo que los aclamó y atesora memorables gestas y hazañas deportivas.
Y en esta ocasión queremos felicitar y recordar a nuestra leyenda viviente Francisco «Pato» Funes y a su mentor de toda la vida, su amigo y Padre adoptivo al gran entrenador Don Roberto Tolentino, un hombre que a sus 88 años guarda en su memoria y en su corazón su grandeza, su gran amor por el ciclismo. Ver a estos dos personajes ilustres juntos, es un ejemplo verdadero de amistad, de respeto y de humildad, dos ganadores, dos amigos, dos personas emblemáticas de nuestra historia deportiva.
Grande Francisco «Pato» Funes, grande Don Roberto Tolentino, la dupla de campeones, Dios les dé larga vida y que sirvan de ejemplo y de inspiración para las nuevas generaciones, porque a pesar de sus edades maduras continúan cultivando esa amistad entrañable y auténtica que va a perdurar hasta el final e inevitable desenlace.







