México tiene una relación muy particular con la muerte. No solo no le tienen miedo, sino que conviven con ella como si fuera una persona más, le dedican canciones y el Día de los Difuntos se convierte en la ocasión especial para celebrar a lo grande.

La capital mexicana, una de las dos ciudades más pobladas del continente, se convierte en un inmenso escaparate del especial amor que tiene este pueblo con la muerte y sus variantes. En el famoso Paseo de la Reforma, una inmensa catrina domina el paisaje.

Vestida de rosa y con dos cráneos multicolores a su lado observa a motociclistas y peatones, justo a los pies de la Victoria Alada, también conocido como el Ángel de la Indepedencia.

A lo largo de toda la calle hay decenas de gigantescos alebrijes (seres fantásticos y coloridos formados por partes de animales diferentes).

Si de día son imponentes, de noche lo son aún más, pues están llenos de luces. En la Plaza de la Constitución, conocida popularmente como El Zócalo, hay más estatuas gigantes. La inmensa plaza está llena de miles de flores de cempasúchil.

En medio de un mar de flores de muerto, o cempasúchil, un alebrije caza una mosca.

Las catrinas, alebrijes y el cempasúchil dominan El Zócalo.

Por toda la ciudad hay una exposición de cráneos gigantescos.








