Las lágrimas y un sentimiento de esperanza se mezclan entre la multitud compacta que acude a la misa de réquiem por el papa Francisco, celebrada el miércoles en el Santo Sepulcro, en la Ciudad Vieja de Jerusalén, uno de los sitios más importantes del cristianismo en el mundo.
«El papa nos dio esperanza y la conservaremos para siempre, incluso en esta difícil situación en Palestina», comenta Na’ma Tarsha, una jubilada originaria del monte de los Olivos. Arreglada con esmero y vestida completamente de negro, esta mujer de 75 años quiso unirse a la oración organizada para el papa.
«Vine porque seguía sus desplazamientos y esta misa por él, en una iglesia con la tumba vacía —de la que estamos orgullosos porque llama a la resurrección— es un símbolo magnífico», destaca. Llena de gente el miércoles, la basílica del Santo Sepulcro fue construida, según la tradición, en el sitio donde los cristianos sitúan los episodios de la crucifixión.
«Me puse triste [al enterarme de la muerte del papa] pero siento paz porque sé que está llamado a resucitar, como Jesús», subraya. El pontífice argentino había multiplicado sus denuncias contra la guerra en Gaza, que lleva más de 18 meses en curso.
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