Columna: Pasaporte Cultural

Los países se conocen por su poder económico y comercial. Y hay otros que se conocen por su riqueza cultural o ambas. Me gusta pensar que El Salvador es pequeño en el mapa, pero enorme en espíritu y tiene la oportunidad de contarse al mundo a través de su gente y su arte.

Imaginemos por un momento un edificio pequeño en medio de una ciudad extranjera. Puede estar en Los Ángeles, Roma o en Madrid. En su fachada, en discretas letras doradas se lea Instituto Salarrué – Centro Cultural de El Salvador.

El interior huele a café salvadoreño y hay una exposición de un artista nacional, en otro espacio clases de náhuat. Hay libros en las estanterías, obras de artistas salvadoreños en las paredes y niños aprendiendo a decir maquilishuat con acento de asombro. Este lugar no existe todavía, pero debería.

El Instituto Salarrué (que aquí propongo como un sueño compartido) sería mucho más que una institución. Sería una ventana abierta al alma de nuestro país. Un espacio para que el mundo nos conozca desde nuestras creaciones, nuestras historias, nuestras voces. Porque la cultura, cuando se vive y se comparte, también es una forma de diplomacia.

Los españoles tienen el Instituto Cervantes, los franceses la Alianza Francesa, los alemanes el Goethe-Institute. Todos han entendido que proyectar su lengua, su literatura, su arte, es una manera elegante y poderosa de estar presentes en el mundo. ¿Y nosotros? ¿Por qué no atrevernos a imaginar una pequeña, pero simbólica, red cultural salvadoreña que lleve nuestros sabores, nuestros ritmos y nuestros saberes a otras fronteras?

El nombre no es casual, puede ser otro. Pero Salvador Salazar Arrué, Salarrué, fue más que un escritor, fue un visionario. Contó a El Salvador desde la ternura campesina, desde la magia cotidiana de un país que muchos no sabían mirar. También fue diplomático, promotor cultural, un embajador de lo profundo. Qué mejor homenaje que bautizar con su nombre un instituto que celebre y difunda lo que somos.

Pero más allá de las paredes físicas, lo que importa es la visión. Una política cultural que mire hacia adentro y también hacia afuera, que entienda que cada mural pintado en el exterior, cada festival de pupusas en la diáspora, cada libro de un autor salvadoreño traducido en otro idioma es un acto de presencia internacional. Una forma de decir aquí estamos y esto es lo que tenemos para ofrecer.

El Instituto Salarrué podría tener muchas formas, centros culturales en ciudades con fuerte presencia salvadoreña, colaboraciones con universidades, presentaciones artísticas, ferias gastronómicas, espacios de formación cultural para la diáspora. Sería, en el fondo, una embajada de la cultura, de nuestro arte.

Y no estaría solo, contaría con lo más valioso que tenemos fuera del país: nuestra gente. Nuestra diáspora, esa que no solo envía remesas, sino que siembra cultura, organiza festivales, enseña a bailar con orgullo y mantiene vivas nuestras tradiciones en tierras lejanas. Ellos serían los verdaderos anfitriones de este instituto imaginado.

Claro que un proyecto así necesita recursos y coordinación, pero, sobre todo, necesita visión y fe. Fe en que nuestra cultura no es un adorno, sino un cimiento. Fe en que el arte no es exclusividad para pocos, sino una forma de mostrar un nuevo El Salvador, una forma de sanación, de identidad pues.

A veces me preguntan cómo se renace un país. Yo creo que se renace desde lo que lo hace único, desde sus tradiciones, sus letras, sus acentos, sus canciones, sus historias. El Instituto Salarrué sería eso: un gesto de renacimiento, un abrazo del país a sus hijos dispersos. Una forma de decirle al mundo este es El Salvador con toda su luz.

Quizás algún día, al caminar por alguna avenida de Europa o América, alguien entre a un centro cultural salvadoreño, pruebe una taza de café, escuche un poema de Claudia Lars o de Roque Dalton, vea una exposición y salga diciendo: «Yo no sabía que El Salvador era así de hermoso». Ese día, la cultura habrá hecho su trabajo.

Y el sueño, quizás, quizás, ya no será solo mío.

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