Desde tiempos ancestrales, el fuego ha acompañado a la humanidad a través de ritos y mitos. Representa el calor del cuerpo, la energía espiritual y que según Heráclito es, ante todo, un agente de transformación. Para los pueblos primitivos el fuego es la encarnación del demiurgo que procede del sol. De allí que, antropólogos como James Frazer recogen una serie de cultos de la antigüedad en los que las antorchas, las fogatas y las cenizas eran la vía para procurar el bienestar de las gentes.

Según este mismo autor en su obra «La rama dorada», los festivales ígneos han estado presentes desde tiempos arcaicos en que los campesinos encendían hogueras en ciertos momentos del año, bailando y saltando alrededor. Estas costumbres están documentadas desde la Edad Media en fiestas como los Fuegos de San Juan, pero sus raíces están en una época anterior al cristianismo.

Las fogatas coincidían con eventos astronómicos como el equinoccio de primavera y el solsticio de verano principalmente, pero también se hacían fuegos en la Víspera de Todos los Santos, la Navidad y la Fiesta de la Epifanía.

Muchas festividades de origen pagano sobreviven dentro del cristianismo relacionadas con la estación primaveral. Investigadoras como Margarita Cañellas menciona que el Domingo de Pascua o de Resurrección se celebra el primer domingo tras la primera luna llena después del equinoccio de primavera.

Otros pueblos como los celtas dividían el año en dos momentos especiales, con seis meses de intervalo, la víspera del día mayo (1.° de mayo) o Beltane y la víspera del día de “todo lo sagrado”, Halloween, el 31 de octubre o víspera del Día de Todos los Santos. La primera de estas fechas era la antesala del calor del verano y la segunda la entrada del oscuro invierno. La razón de esta división del año era porque los celtas eran un pueblo pastoril y sus rebaños salían al comienzo del verano y retornaban a sus corrales a inicios del invierno.

El primero de noviembre era también el inicio del año nuevo celta, o Samhain, en que se encendía el “fuego nuevo” y la fortuna que traería para los siguientes meses del año. Algunas costumbres como en la Isla de Man era la de ir disfrazados en la Víspera de Todos los Santos cantando un villancico: “Esta noche es la noche del Año Nuevo. Hogunnaa”.

Frazer menciona que la Víspera de Todos los Santos es una fecha asociada al tiempo muerto, no solo para los celtas sino para todo el Viejo Continente. Es la transición del otoño al invierno, tiempo en que las almas de los difuntos volvían desde los fríos campos hasta sus antiguos hogares para calentarse en las chimeneas y degustar en la cocina y de la compañía de sus seres queridos. Se creía además que no solo las almas de los difuntos volvían esa noche, sino también toda suerte de brujas montadas en escobas y gatos negros, así como de hadas y duendes.

En Arjona, España, la noche del 31 de octubre se celebra la “Noche de los Santos Gacheros”, por la tradición de cenar gachas, un platillo hecho a base de avena, en donde al terminar de comer los niños recogen las sobras del plato para tapar las cerraduras de las puertas y ventanas para evitar que los espíritus entren esa noche.

En algunas partes de Escocia grupos de infantes hacían hogueras el último día del otoño, quemando helechos y troncos en barriles de alquitrán. Estas fogatas se denominaban Samhnagan y los niños competían por hacer el fuego más alto. Era costumbre, también, que con las cenizas resultantes de las fogatas se hicieran círculos en los que cada familia colocaba una piedra por cada miembro de la casa y si al día siguiente una de estas rocas estaba movida o estropeada se decía que la persona a la que correspondía estaba «fey» o elegida y no sobreviviría doce meses. En otras zonas como en Buchan los muchachos iban de casa en casa pidiendo turba y diciendo: “Denos turba para quemar las brujas”.

En Gales era costumbre en la Víspera de Todos los Santos esperar a que las hogueras se extinguieran y en su último chispazo, todos se echaban a correr gritando: “Que la cerda negra y rabona coja el zaguero”.

También recalcar que durante la dominación romana en el siglo I a.C. la fiesta de Samhain se asoció con la festividad de la diosa Pomona o de las manzanas. Tras la cristianización del mundo celta se intentó erradicar esta fecha. En el año 610, el Papa Bonifacio IV instauró la fiesta de los “Mártires Cristianos” el 13 de mayo, medida que no tuvo efecto por lo que en el siglo VIII d.C. el Papa Gregorio III implantó la fiesta de los Mártires Cristianos el 1.° de noviembre, haciéndola coincidir de esta forma con la fecha de la celebración de Samhain, y más adelante el Papa Gregorio IV amplió esta celebración a todos los santos del panteón cristiano.

Finalmente, es así que llega hasta nuestros días Samhain o la Víspera de Todos los Santos que en su sentido intrínseco tiene una fuerte carga arquetípica, que se niega a morir, porque vive en lo más profundo de la psique de los pueblos.

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