Desde muy pequeña, Dora Escobar entendió que la vida no regala nada. Entre los cerros de Nueva Concepción, en Chalatenango, aprendió a trabajar antes incluso de entender lo que significaba la palabra sacrificio. Mientras otros niños jugaban, ella acompañaba a su madre a vender atol shuco desde las cinco de la mañana y ayudaba a su padre a comerciar cerdos, cabras y caballos en los cantones del norte del país.
«Para los frijolitos y las tortillas alcanzaba, pero para la sodita ya no», recuerda entre risas y nostalgia la ahora empresaria salvadoreña que logró construir una exitosa trayectoria en Estados Unidos y que también ha apostado por invertir en El Salvador.
La historia de Dora está marcada por el esfuerzo y pro funda cultura de trabajo. Creció sembrando maíz y frijol junto con su familia, regando los cultivos y enfrentando años difíciles en los que las cosechas apenas alcanzaban para sobrevivir.
«Uno no podía estar sin hacer nada», cuenta. Y quizás fue precisa mente esa necesidad la que despertó en ella el espíritu emprendedor que años después la llevaría a construir negocios en territorio estadounidense.
En medio del conflicto armado y de una realidad económica complicada, Dora tomó una de las decisiones más difíciles de su vida: emigrar a Estados Unidos en 1990, dejando en El Salvador a su hijo de apenas cinco años.
Antes de partir, buscó la manera de reunir dinero vendiendo ropa y confeccionando cubrecamas y juegos para almohadas, que comercializaba en distintos cantones. «Con eso ganaba más que un profesor», recuerda.
Su llegada a Los Ángeles no fue el sueño americano que imaginaba. Trabajó cortando hilos de pantalones por $0.05 la pieza, ganando apenas $6 diarios. Luego aceptó cuidar niños, pero las condiciones fueron «tan duras», recuerda.
Tiempo después se trasladó a Maryland, donde encontró una nueva oportunidad. Allí comenzó vendiendo pupusas desde su apartamento. Poco a poco, el sazón salvadoreño y la atención cercana al cliente comenzaron a abrirle puertas.
Lo que inició con pupusas terminó convirtiéndose en una cadena de emprendimientos. Dora llegó a tener cinco restaurantes y diversificó sus in versiones hacia bienes raíces, venta de vehículos en su empresa Draft Auto Dealer, servicios financieros y envíos de dinero a través de su emprendimiento EverPayer.
Hoy, sus hijos dirigen gran parte de los negocios familiares en Estados Unidos, mientras ella observa con orgullo cómo aquella niña que vendía atol shuco en Chalatenango logró abrirse camino en uno de los mercados más competitivos del mundo.
Pese al éxito alcanzado fuera del país, Dora asegura que El Salvador nunca salió de su corazón. Por eso, ahora mira nuevamente hacia su tierra natal con deseos de invertir y generar oportunidades. Construcción, turismo de montaña y proyectos automotrices son algunas de las áreas en las que desea invertir.
La empresaria asegura que el cambio que ha experimentado el país en los últimos años ha despertado el interés de inversionistas extranjeros y de la diáspora. «He traído americanos y chinos y están fascinados con El Salvador», comenta.
Para Dora, regresar ahora al país es completamente diferente a la realidad que dejó atrás hace más de tres décadas. Habla de seguridad, desarrollo y nuevas oportunidades con entusiasmo, convencida de que muchos salvadoreños en el exterior sueñan con volver algún día.
«Los que nos fuimos, vamos a querer regresar a pasar nuestra vejez aquí», dice con emoción la salvadoreña.






