«La transformación de El Salvador no terminó cuando disminuyó la violencia», afirmó el empresario israelí Yossi Abadi en entrevista con Diario El Salvador. «Ese fue el reinicio. El verdadero cambio comenzó cuando el país pasó de gestionar emergencias a diseñar sistemas», señala.

Abadi, quien se desempeña también como cónsul honorario de El Salvador en Israel y ha sido reconocido por Forbes por su trayectoria como el principal inversionista israelí en la región, observa los países con la mirada práctica del capital internacional, buscando «estabilidad, reglas claras y capacidad de ejecución».

Para él, «la seguridad despejó la pista», pero eso «no es construir un sistema de aviación». «Los inversionistas no llegan porque la pista esté vacía. Llegan porque confían en que pueden aterrizar, abastecerse y despegar bajo reglas claras. Cuando un país logra que el capital opere con visibilidad, certeza jurídica y continuidad, deja de ser observado como riesgo y comienza a ser evaluado como oportunidad», sostiene.

En su opinión, el presidente Nayib Bukele logró algo histórico al conquistar el orden público. Sin embargo, el liderazgo trascendente no se mide solo por controlar una crisis, sino por institucionalizar la estabilidad. «La seguridad fue el reinicio. La institucionalidad es ahora el nuevo sistema operativo. Ese es el verdadero logro de El Salvador», manifiesta.

Según Abadi, la ejecución genera resultados visibles, pero la institucionalización requiere diseño.

«En ese proceso, el rol del vicepresidente Félix Ulloa, con su trayectoria jurídica y enfoque en la consolidación de marcos normativos, ha contribuido a fortalecer la estabilidad estructural del país. Desde fuera, se percibe una coordinación clara entre la visión ejecutiva del presidente y el trabajo técnico de la vicepresidencia. Esa alineación reduce la fricción institucional y permite que las decisiones estratégicas se traduzcan con mayor rapidez en resultados concretos, algo que en muchos países suele diluirse en la burocracia», apunta.

Muchos gobiernos logran estabilizar, señala, pero pocos institucionalizan. Esa, según Abadi, es la diferencia estructural. «El capital extranjero no se enamora. Calcula. Evalúa si el marco regulatorio es claro, si los procesos están definidos y si la ejecución es consistente», explica.

Con inversiones multimillonarias en El Salvador y en distintos países de Centroamérica, incluyendo proyectos en tecnología, infraestructura y desarrollo estratégico, Abadi no analiza el país desde la teoría, sino desde la exposición directa de capital. Su participación en sectores vinculados a innovación tecnológica y soluciones digitales lo han llevado a evaluar constantemente nuevas oportunidades dentro del mercado salvadoreño.

«Cuando uno ya tiene capital trabajando en un país y observa consistencia en las reglas y en la ejecución, naturalmente comienza a explorar otros sectores», afirma. Y remata: «La expansión no es un acto impulsivo; es una consecuencia de la confianza». Desde su perspectiva, uno de los cambios más relevantes ha sido la reducción de lo que denomina el «impuesto invisible de la incertidumbre».

«Cuando los procedimientos son ambiguos, los plazos impredecibles y las reglas inestables, el costo no aparece en ninguna ley, pero existe. Ese es el impuesto que ahuyenta la inversión. El problema no es el riesgo, sino la incertidumbre. El riesgo se calcula; la incertidumbre paraliza. Cuando el riesgo puede medirse, puede gestionarse. Y cuando puede gestionarse, puede financiarse», señala. Durante décadas, El Salvador tuvo dificultades para competir por grandes flujos de inversión extranjera. El tamaño del mercado y la percepción de riesgo lo colocaban en desventaja frente a economías mayores. Hoy, Abadi observa un reposicionamiento deliberado.

«Las naciones pequeñas no compiten por escala. Compiten por precisión. La agilidad institucional y la coherencia en la ejecución se convierten en ventajas estratégicas», considera.

Empresario con inversiones en múltiples jurisdicciones y actualmente al frente de un proyecto de desarrollo de 40 millones de metros cuadrados en el noroeste de la República Dominicana, insiste en que la confianza es el activo central.

«La confianza no es emocional. Es operativa. Es infraestructura económica. Reduce fricción, acorta los tiempos de negociación y permite planificar a largo plazo. Sin confianza, el capital especula. Con confianza, el extranjero invierte. Por eso hoy El Salvador crece», sostiene.

Su vínculo con El Salvador trasciende lo empresarial. En reconocimiento a sus aportes al país, tanto al sistema educativo como al apoyo a comunidades vulnerables, Abadi recibió la Orden del Libertador José Simeón Cañas, la más alta distinción nacional otorgada a un extranjero. Además del cambio institucional, percibe una transformación cultural.

«Hoy escucho a emprendedores salvadoreños hablar con naturalidad de inteligencia artificial, activos digitales, logística avanzada y energías renovables. Cuando un país empieza a verse como competidor global, comienza a comportarse como tal», dice.

A su juicio, el reposicionamiento del país no fue circunstancial. «No fue accidental. Fue una decisión estructural. No solo se restauró el orden público; se redefinió el modelo operativo del Estado.

En los mercados globales, la diferencia entre prometer y ejecutar no es política, es financiera. Los países no compiten por simpatía; compiten por credibilidad. Y la credibilidad, en el mundo del capital, se construye con sistemas que funcionan», manifiesta.

Lee tambiénEl Fovial anuncia su ruta de bacheo para esta semana