La violencia contra las mujeres continúa manifestándose en múltiples formas en El Salvador, por lo que la psicóloga Yaneth Sorto explica que sus efectos no solo son inmediatos, sino también profundos y persistentes.

De acuerdo con la experta, entre las señales emocionales más comunes que experimentan las mujeres que viven violencia se encuentran la ansiedad, miedo anticipatorio, culpa, vergüenza, irritabilidad y confusión.

También síntomas físicos como insomnio, dolores musculares o problemas gastrointestinales. Ella detalla que muchas mujeres describen la sensación de caminar en puntillas para evitar nuevos conflictos.

Sorto menciona que la agresión, aunque no sea física, recuerda que la violencia psicológica y económica puede ser igual de dañina. Una relación se vuelve violenta cuando aparece el control, manipulación o dominación, por lo que señales como amenazas, celos excesivos, revisar el teléfono, invalidar emociones, impedir trabajar o manejar dinero, y el chantaje emocional son indicadores claros.

«La ausencia de golpes no significa ausencia de violencia. El machismo normaliza el control, culpa a la mujer y minimiza su sufrimiento. Esto genera vergüenza, silencio, dependencia emocional y miedo a no ser escuchada y sobre todo a que no le crean. Las mujeres suelen cargar con expectativas de sacrificio, obediencia y aguante, lo que deteriora la salud mental y retrasa la búsqueda de ayuda», subraya.

Para las mujeres que reconocen la situación, pero aún no están listas para denunciar, se recomiendan pasos de cuidado emocional iniciales, como validar lo que sienten, crear una red segura, cuidar su salud básica, practicar respiración diafragmática y elaborar un plan silencioso de seguridad. El acompañamiento psicológico es clave para fortalecer la autoestima y recuperar claridad emocional.

La profesional aclara que, a largo plazo, la violencia puede provocar depresión, ansiedad, estrés postraumático, problemas de sueño y dificultades de concentración. Asimismo, reitera que estas afectaciones se agravan por el miedo a la normalización cultural de la violencia y las limitaciones económicas que dificultan romper el ciclo violento.

Adicionalmente, recomienda estrategias de afrontamiento, como la respiración profunda, llevar un diario emocional, practicar actividades que fortalezcan el dominio personal, establecer límites pequeños pero consistentes y buscar apoyo profesional. «La culpa disminuye cuando la mujer se informa y recupera control sobre sí misma», afirma.

Asegura que el entorno cercano juega un papel decisivo, por lo que se sugiere escuchar sin juzgar, validar la experiencia y evitar presionar a la víctima. También es fundamental ayudarle a elaborar un plan de seguridad y acompañarla a buscar apoyo psicológico si ella lo decide, sin confrontar al agresor para no ponerla en riesgo.

El acompañamiento psicológico durante y después de denunciar es esencial, ya que la denuncia puede reactivar traumas, temores y presiones sociales. La terapia ayuda a regular emociones, comprender el ciclo de la violencia y evitar recaídas en relaciones similares, además de reconstruir la autoestima.

«En una sociedad marcada por el machismo, los estigmas y expectativas de sacrificio femenino siguen afectando la salud mental de las sobrevivientes. La cultura del silencio y la culpa hace que muchas mujeres teman no ser escuchadas o no ser creídas», indica.

Entre las herramientas terapéuticas más efectivas para recuperar la autonomía destacan la terapia cognitivo-conductual, el trabajo con trauma, la psicoeducación, el reentrenamiento en límites, el fortalecimiento de redes de apoyo y el trabajo en autoconcepto y toma de decisiones.

En el ámbito laboral, las mujeres en El Salvador continúan enfrentando acoso sexual, comentarios sexistas, desigualdad salarial, hostigamiento psicológico, amenazas de despido y represalias al denunciar.

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