Los gritos de independencia se hicieron famosos en los albo­res de los primeros movimientos independentistas de Amé­rica Latina. Uno de los más célebres fue el grito de Dolores, que dio inicio a la guerra de independencia de México en septiembre de 1810, para lo cual doblaron las campanas de la parroquia del pueblo de Dolores, hoy Dolores Hidalgo, en Guanajuato. Otro es el grito de Capotillo en el que se izó la bandera de la República Dominicana en el cerro del Capotillo, en la provincia de Dajabón, que marcó el inicio de la guerra de restauración el 16 de agosto de 1863.

En El Salvador se dio el grito de independencia el 5 de noviembre de 1811, ese día el padre José Matías Delgado tocó las campanas de la iglesia La Merced, la señal del inicio de un levantamiento contra el poder español, y junto con los pobladores de la ciudad lograron de­poner a las autoridades de la intendencia de San Salvador, represen­tante de la Capitanía General de Guatemala. Ese fue el primer intento de sublevación previo a la independencia de Centroamérica del 15 de septiembre de 1821.

En Centroamérica, el sentimiento de independencia comenzó a crecer entre los criollos que influidos por los ideales liberales y los pro­cesos de independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa se convirtieron en un ejemplo a seguir. Estos sentimientos se vieron alimentados tam­bién por el menosprecio de los españoles peninsulares hacia los criollos, el descuido de los gobiernos coloniales en lo social, eco­nómico y cultural, que no se preocupaban por los habitantes y a esto hay que agregarle la impopularidad de las autoridades, fueron el caldo de cultivo para encender todos los movimientos independentistas de la época.

El colonialismo ha sido la forma fun­damental y decisiva de la universalización de las relaciones mercantiles, de la indivi­dualización de las personas y la oposición de todos contra todos, forzada por el poder del dinero y por las violencias del poder, de la homogeneización de los patrones de con­sumo y la generalización de determinadas relaciones sociales fundamentales y sus va­lores correspondientes a escala planetaria. En dos palabras, ha sido la forma principal de universalización del capitalismo. Las consecuencias negativas de la colonización abarcan desde el aspecto demográfico has­ta los aspectos culturales y económicos, en este último aspecto resalta la dependen­cia de las naciones al no poder explotar su máximo potencial financiero.

Este bicentenario presenta caracterís­ticas muy peculiares, se plantea un nuevo reto, el desafío de una nueva independencia, impulsada por todos los sectores, sociales, productivos, profesionales, religiosos y polí­ticos del país, para romper ya no las cade­nas de un colonialismo, sino el rompimien­to de un neoliberalismo económico que ha sumido durante 200 años en la pobreza a los países centroamericanos. Esta nueva in­dependencia se constituye en un nuevo reto de mirar al futuro de forma integrada y co­herente, mediante ejes estratégicos que tra­zan nuevos objetivos, que permitan refundar nuestras naciones donde los protagonistas y los representantes sean nuestra población con voz y voto en todos los estamentos del Estado, proponiendo un movimiento de cambio, una hoja de ruta para los próximos 50 años y posicionarnos como una nación próspera y verdaderamente soberana. Esa es nuestra verdadera independencia, ese debe ser nuestro nuevo grito de indepen­dencia en este tan esperado bicentenario.