El maestro Mahatma Gandhi solía decir: «La violencia es el miedo a los ideales de los demás». Ciertamente, la historia ha demostrado esta máxima del maestro de la paz. Todo acto violento hacia otra persona o un colectivo solo tiene cabida ante la fuerza que el Estado, por medio de su órgano legalmente represor, debe imponer (limitadamente) con el fin, y solamente con ese fin, de mantener el orden social y con ello proteger a su pueblo.

Ahora bien, cuando se habla de violencia está claro que hay diversidad de la misma; existe la violencia física, la económica, la política, la psicológica, la religiosa, entre otras; sea cual fuere, no debe existir violencia hacia ningún ser humano en sí solo por ejercer sobre él posesión; solo se ha de permitir de forma limitada y racional, para orientarle y mantenerle idóneamente en parámetros de orden social.

Al final recuerde que cada individuo ha nacido por derecho divino y propio, con la protección de su dignidad tanto en la legislación internacional como nacional, y eso incluye incluso tener que limitarle, para que sus derechos tampoco ejerzan propiedad o posesión sobre los derechos de otro. Así de delicado es el papel de los gobernantes, saber identificar y equilibrar el poder estatal a fin de no dañar de más.

De tal suerte, tal como decía el maestro Jean Paul Sartre: «Desconfío de la incomunicabilidad; es la fuente de toda violencia». Cada nación ha de saber tener personas que sean un vehículo efectivo entre el Estado (entendiéndose como quien ejerce el poder) y la población, de tal manera que se sepa comunicar adecuadamente por medio de la legislación vigente el deseo del Gobierno.

Aunque pueda considerarse algo muy quimérico, no lo es; la realidad desde la teoría política es que la comunicación política es fundamental para mantener a la población satisfecha ante los límites que a sus derechos se le imponen a fin de mantener orden y equilibrio social. De ahí que un Estado democrático ha de comprender la importancia de la comunicación política y ante todo de no temblar ante la imposición de coercitividad necesaria.

Por tanto, tener especialistas es importante para mantener equilibrada la coerción, la libertad, el derecho, la violencia legal estatal y el orden social de un pueblo. Pero eso sí, por nada se ha de aceptar la violencia por violencia, sea la ejercida entre la población (que debe erradicarse) o la ejercida por un Estado dictatorial sin verdadero deseo de orden y paz social. Creo que ese equilibrio en El Salvador se ha mantenido actualmente y debe reforzarse cuidando a los elementos represivos que no se excedan con la población.

Empero, hay una certeza filosófica y teológica, la violencia sin motivo moral o legal solo conlleva a mayor violencia e injusticia, y de eso el mundo está harto; por eso, seguir el camino del orden y del equilibrio en el ejercicio del mismo por parte del poder estatal (legítimo) y poblacional (poder del pueblo) es fundamental y los vehículos de comunicación entre los mismos deben ser esenciales.

Es así como gobernar para comunicar y comunicar para gobernar (etapas dialécticas indispensables e indivisibles del quehacer político) son de suma importancia para el buen mantenimiento de una democracia basada en lo que es mejor moral, social y económicamente hablando para la población y no bajo ideas falsas e inmorales de democracia que por tanto tiempo hundieron a nuestros pueblos en falsa paz.

Así pues, ha llegado el momento de una mejor comunicación política en el mundo y el país está dando buena muestra de eso; falta aún más, está claro, debe existir mayor y mejor comunicación política con la población a fin de que comprenda que todos los límites que se le ejercen actualmente han de ser por bien mayor de toda la población y para alcanzar mejores estados de vida en el futuro.

Es el momento, agentes políticos (Gobierno y población), de ¡gobernar para comunicar y comunicar para gobernar!