Grandes campañas políticas, pero malas administraciones en el poder, corrupción y oídos sordos a los problemas de sus pueblos llevaron al despeñadero a muchos personajes en varios países de América Latina.

Sobran las historias de liderazgos fallidos, de grupos beligerantes que vendieron sus propuestas de «vindicación popular» a fuerza de balas y de sangre, pero que al final terminaron desintegrados o siendo falsa oposición y lamiendo las mieles del poder.

Uno de los fenómenos políticos que me parece interesante en la historia reciente es como terminó el aprista Alan García. Un presidente carismático que surgió en medio de un vacío de liderazgo en Perú, cuando la esperanza y el pragmatismo político estaban en polos opuestos, y cuando el guerrillero Sendero Luminoso mantenía una lucha armada contra el Estado dizque en defensa de los derechos de las masas. La prensa local retrató sus masacres a comunidades campesinas.

García entonces era el candidato más joven que optaba a la presidencia y con su discurso enardecido propio de su partido «del pueblo» enamoró al voto joven, al rebelde. Con facilidad derrotó al candidato oficialista. Los peruanos vieron una luz a sus problemas.

Pero, rápidamente, se desencantaron cuando «su presidente» se vio salpicado por la corrupción y se olvidó de la lucha prometida para favorecer a las grandes mayorías. Sus constantes cambios en la política del país y su frivolidad hacia las condiciones de vida que sacudían a la sociedad aceleraron el deterioro de la imagen que los políticos domésticos y los peruanos tenían de él.

Sin embargo, 21 años después, en medio de una profunda crisis política y sin tantas opciones, el pueblo le da otra oportunidad en la silla presidencial. Fue en esos años que García favoreció a cientos de presos condenados por narcotráfico agravado, lo que popularmente fue conocido como «narcoindultos». A otros les redujo drásticamente la pena. Trancazo para los ciudadanos honrados que fueron testigos de la mayor excarcelación de ese tipo que se conozca en el mundo.

Tampoco tardó en caer en acusaciones de corrupción, esta vez por el megaescándalo Odebrecht, el mismo en el que está involucrado el efemelenista Mauricio Funes. Según la prensa peruana, su vinculación fue por lavado de activos. En 2018, cuando iba a ser capturado, García se suicidó.

Así como este hay otros casos de descalabro político. Sin duda, la historia de los países latinos tiene tanto parecido. Es que o se gobierna para la gente o se gobierna para unos pocos y terminan envueltos en la corrupción, en los sobornos y el desorden estatal, en detrimento de sus votantes.

En América Latina, las masas electorales han demostrado que castigan rápidamente los fallos, las displicencias y el alejamiento de los gobernantes a sus problemas y anhelos.

ARENA y FMLN pueden dar fe de ello luego de seis oportunidades en el poder.

En el caso de El Salvador, como lo he mencionado en artículos anteriores, ni el derechista partido ARENA, ni el beligerante guerrillero FMLN se dedicaron a gobernar para la gente. Más bien, como maestros del engaño, hicieron creer a la sociedad que todas sus acciones eran en su beneficio. Así la derecha privatizó todo para robar y la izquierda se subió a la ola de la corrupción, del despilfarro e impunidad.

Las consignas izquierdistas en la ofensiva Hasta el Tope y, luego, en campañas electorales quedaron en el olvido cuando ganaron el poder. Le mintieron al pueblo con sus medidas sociales y sus «planes de seguridad» que encabezaban Ortiz y Hato, que solo permitieron el recrudecimiento de los crímenes en contra del pueblo.

¿Qué hicieron tricolores y rojos ante los vaivenes de la economía mundial y sus efectos en la de El Salvador? ¿Qué hicieron para impactar positivamente en el bolsillo de las familias salvadoreñas? Nada. Nunca entendieron que el ahora compite con el mañana. Y hoy sobran los motivos de sus descalabros políticos y forman parte de la historia fétida de América Latina. Por cierto, aún se pelean por los escombros de sus institutos.

Los escasos dedos de frente no les permitieron visualizar el futuro y mucho menos sentirse parte de él. Generalmente es difícil la continuidad de los partidos políticos cuando están en el poder, pues sus malas administraciones les pasan factura.

En esta historia repetitiva del continente, ¿por qué ahora todos miran hacia El Salvador?, ¿por qué Nayib Bukele está en boca de todos? ¡Ah! «es que es populista» se apresuran a decir todos aquellos que vivían felices con los gobiernos corruptos y asesinos de areneros y frentudos.

Sí, me refiero a los propietarios de medios de comunicación que comían a manos llenas de la publicidad gubernamental, a los políticos, religiosos, magistrados, jueces, fiscales, catedráticos, editorialistas, opinólogos y «periodistas» que pasaban a Casa Presidencial o al ex-Cifco por su sobrecito manila con sus «estipendios», como dijo el arenero, para evitar decir sobresueldos, mentas o sobornos.

Son todos ellos, que conforman el bloque de oposición, los que ahora viven en permanente campaña en contra del presidente Bukele. Que se rebuscan para que ONG internacionales, acostumbradas a vivir como piojos de los botaratas del dinero, hagan pronunciamientos con datos falsos e investigaciones pusilánimes de carniceros con pluma.

Se niegan a aceptar que Nayib es un líder del pueblo, puesto por el pueblo, que mantiene por sexto año consecutivo la luna de miel con los ciudadanos, simplemente porque resuelve sus problemas, da esperanza y logra lo que se propone. Lo reflejan las encuestas, lo confirman sus acciones.

Por eso, primero, se puso entre ceja y ceja devolverle la paz y la tranquilidad a todos los salvadoreños, que incluye a los opositores y sus familias. La verdadera paz inició el 1.º de junio de 2019. Dejen de hacer tanta alharaca con los «acuerdos» firmados en 1992 que solo beneficiaron a las cúpulas partidarias y su impunidad, a los políticos corruptos de partidos apéndices y a sus benefactores y empresas.

Por eso, Nayib primó la vida de los salvadoreños ante la llegada de la pandemia de COVID-19, para luego recuperar la economía. Sus acciones fueron determinantes en favor de las familias, mientras, ese bloque de opo[1]sición se resistió y criticó el cierre del aeropuerto, de empresas y negocios, la compra de vacunas, la entrega del bono de $300, de los kits de medica[1]mentos y cajas de alimentos hasta las puertas de los hogares. Incluso, quiso meter a la cárcel a los militares que ayudaban en esas labores, pues contaba con sus magistrados y jueces corruptos que ahora se denominan «intacha[1]bles».

Por eso entregó computadoras y tabletas con internet a todos los estudiantes del sistema público, mantiene los subsidios a la energía, agua y gas licuado, ordenó la instalación de los agromercados y del centro de abastecimiento para abaratar las frutas y verduras en beneficio de los bolsillos de los salvadoreños.

Por eso, luego de una alta actividad económica en diciembre pasado, el Gobierno absorbe el pago de los recibos de energía eléctrica y agua de ANDA que llegan en este mes de más de 1.8 millones de hogares.

Por eso y por muchas cosas más, Nayib es «el populista», ¿verdad? Sencillo. Lo que muchos pueblos sueñan en sus naciones, aquí, los del hígado de idiotas, desprecian y desdeñan.