El mercado municipal de San Miguelito, en San Salvador, se ha convertido en un gigantesco y florido jardín a cielo abierto.

Rosas, lirios, gladiolas, chastas, girasoles, lluvia, nardos, cartuchos, claveles, hierberas, crisantemos… la variedad parece infinita en este cierre de octubre,
antesala de una de las fechas posiblemente más tristes y de añoranza como es el Día de los Fieles Difuntos.

El mercado no da abasto para tantas flores y las calles aledañas se inundan con miles de ellas. Algunos puestos de venta permanecen abiertos las 24 horas y sus dueños optan por sacarlos del mercado para llevarlos, literalmente, a la calle.

Hombres, mujeres y hasta niños aguardan con paciencia la llegada de clientes, mientras las flores —ordenadas en ramilletes, coronas, cruces o los tradicionales arreglos que se distinguen por una base cilíndrica con agua— decoran las aceras, la fachada del mercado y algunas de las viviendas cercanas.

Toda una explosión de colores y olores que recrean una estampa sin igual en esta época de nostalgia. Naturales o artificiales, de papel natural o enceradas, en botón o completamente abiertas, las flores en San Miguelito poseen todas las características posibles.

Entre las más exóticas están las rosas arcoíris, y no faltan las peculiares flores de muerto, amarillas y con ese penetrante olor dulzón. La pandemia que durante meses obligó al encierro y golpeó con dureza la economía familiar de millares de vendedores capitalinos no será fácil de superar.

Irónicamente, este período en torno del Día de los Fieles Difuntos es la oportunidad que muchos comerciantes han esperado para mejorar sus ingresos y reponer un poco de lo perdido en estos meses de crisis.

Con los años que he cumplido de vida, ya tengo una pequeña lista de los seres queridos (familiares y amigos) a quienes he despedido tristemente. Flor
de María, Óscar Manuel, Luis, los Héctor, Julia, José Luis, Diana, José, Mauricio, Paco y los más recientes, Rafa y Neto, todos siguen formando parte de mi vida y lo serán mientras viva.

Anécdotas, fotografías y, sobre todo, vívidos recuerdos conservo de cada uno, los que en ocasiones no dejan de calar en los sentimientos. De todos tengo agradables recuerdos, sobre todo por su amor y entrega a la vida, siempre solidarios, honestos, alegres y buenos.

Con algunos me he preguntado —y me sigo preguntando— por qué la muerte se los llevó tan pronto. Y como estoy consciente de que jamás tendré una
respuesta, me reconforta el hecho de que la vida haya cruzado nuestros caminos y que desde el día en que eso ocurrió nunca nos separamos, pese a la distancia geográfica que pudo distanciarnos.

Y ahora que estamos por conmemorar otro día de los difuntos, y en honor de todos mis familiares y amigos que han muerto, así como en memoria de todos los fallecidos del país —por la guerra civil, la pobreza, los terremotos, la desigualdad, la violencia social, la pandemia— ofrendo miles de flores coloridas y perfumadas, iguales a las del gigantesco jardín a cielo abierto en que se convierte para esta época el mercado San Miguelito.