Este es un testimonio personal, el cual nada tiene que ver con el de un patético personaje que no busca ni generar lástima ni hacer campañas mezquinas de recolección de recursos. Más bien, la intención es generar conciencia colectiva sobre lo letal que resulta esta enfermedad que, por descuidos personales, por entrega al trabajo o por amor a nuestras familias, nos resistimos a creer que podemos contagiarnos a pesar de usar todos y cada uno de los mecanismos de bioseguridad ya ampliamente conocidos.
Cuando fui diagnosticado positivo para la COVID-19 muchas cosas se vinieron a mi mente, entre ellas: ¿qué sería de mi familia sin mi apoyo? Un vehículo para que funcione bien debe tener en perfecto estado sus cuatro llantas, si una falla, no funciona en óptimas condiciones.
Ver el Facebook por las mañanas o cualquier otro medio informativo digital es para asustarse, y muchas veces ya diagnosticado veía mi foto y casi me podía imaginar los comentarios allí plasmados ante el deceso, es decir, que cuando alguien muere se tiene por costumbre decir las cosas positivas de la persona, como si no sería más oportuno decirlas cuando está en vida.
Ser positivo para la COVID-19 debería ser un momento de reflexión de cada uno de nosotros, y quienes ahora gozamos de una segunda oportunidad, vivir cada día como si fuese el último, vivir con intensidad, saber perdonar. Pero sobre todo es una enfermedad que saca lo mejor de nosotros, saca nuestra humanidad, lo positivo, y esa debe ser la verdadera interpretación de los que ahora somos «leyenda», por decirlo de alguna manera.
Entre todo lo malo y las secuelas físicas que nos deja esta enfermedad, nos debe llevar a hacer una reflexión y sobre todo un análisis situacional desde nuestra personalidad y ponernos a pensar en otras áreas o dimensiones de nuestra realidad.
Es muy probable que muchos de los lectores ya se lo habrán preguntado y es que, conociendo la realidad de los países vecinos, cito a Nicaragua, donde según informes de organismos internacionales no pueden administrar o no logran contener la pandemia.
Acá cabe la pregunta: ¿qué hubiese sido de nosotros si los gobernantes fueran otros? Obviamente, son estilos de gobierno diferentes y casi puedo inferir que muchos ya no estaríamos entre ustedes. Caso contrario, El Salvador donde se puede evidenciar un trato directo, humano, con calidad y calidez de nuestro sistema nacional de salud.
En nuestro país, desde el momento de la llegada o al menos desde que se descubrió el primer caso, que anunció el presidente Bukele por cadena nacional, noche fatídica para los salvadoreños, donde nos sentimos con la moral baja como si a nuestra Selecta le hubiesen metido un gol.
Hago esta analogía de la experiencia de dos naciones hermanas, localizadas en la misma región centroamericana, donde al tener gobiernos con visiones diferentes de desarrollo, los resultados son diferentes.
En mi caso y entiendo el de miles de salvadoreños, desde el primer momento de ser diagnosticados recibimos aparte de la atención médica hospitalaria, la no hospitalaria, que se tradujo en un constante monitoreo del estado de nuestra salud, lo cual se agradece, pues hasta el último momento acompañaron a este servidor y, como digo, mi experiencia refleja la vivenciada por muchísimos compatriotas que no son ni somos en este momento una cifra más en la cantidad de decesos.
Vaya, entonces, desde este humilde servidor y en nombre de esos compatriotas y sus familias el reconocimiento al personal de Salud por su valiente y heroica vocación en primera línea, pero también el reconocimiento a las altas autoridades del Ministerio de Salud y sobre todo al presidente Bukele por su visión como estadista para proteger lo más valioso de un país, que somos la gente trabajadora, los que día a día, como decimos en buen salvadoreño «nos rompemos el lomo» para salir adelante junto con nuestras familias y nuestro país.
Ser positivo para la COVID-19 no debe ser bajo ningún concepto motivo de «bullying», de discriminación o de aislamiento social; ser positivo para la COVID-19 nos debe llamar la atención a ser positivos en todo lo que hagamos, en el buen sentido de la palabra; ser empáticos y sobre todo conscientes de saber protegernos y proteger a los demás.
No debo olvidar en este artículo a otros actores que estando en primera línea también contribuyen a contener los efectos de una atroz enfermedad, que a estas alturas ya cobró muchas vidas de hermanos salvadoreños, entre ellos no debo dejar de mencionar a la PNC, la FAES y Protección Civil.
Mención especial se merece el sector docente, que desde su trinchera generó las condiciones de sostener sobre sus hombros a 1.3 millones de estudiantes salvadoreños. Muchos de ellos con recursos propios lograron salvar de la ignorancia a muchos estudiantes al estilo de Oskar Schindler, que en los momentos más críticos no podían continuar con sus estudios y con recursos propios generaron condiciones para que nuestros estudiantes no perdieran sus clases virtuales.
Vaya, entonces, también para el gremio docente comprometido, que ha puesto en esta pandemia sus conocimientos, su entrega, su vocación y hasta su vida. Mil gracias, queridos maestros, yo sí sé reconocer lo que ustedes hacen por nuestro sistema educativo.
Llegando a la culminación de este escrito reitero: es mi visión personal del manejo de la pandemia, estoy seguro de que es la de miles de salvadoreños que ahora podemos decir somos sobrevivientes de la COVID-19 y si aún podemos contar el cuento es porque hay un propósito que aún nos falta por culminar.






