El estrés es una respuesta natural del cuerpo ante situaciones externas como problemas en el trabajo, estudios o eventos difíciles. Puede ser algo puntual o repetirse durante largos periodos. Aunque en algunos casos puede motivar a cumplir metas, también puede afectar el bienestar cuando se vuelve constante o intenso.

A diferencia de la ansiedad, el estrés suele desaparecer cuando se resuelve la situación que lo provoca. La ansiedad, en cambio, es una reacción interna que puede mantenerse incluso sin una amenaza presente y generar una sensación constante de preocupación o miedo que interfiere con la vida diaria.

Ambos pueden presentar síntomas similares como preocupación excesiva, tensión, dolores de cabeza, presión alta y problemas para dormir. Sin embargo, cuando estas señales no desaparecen y comienzan a afectar las actividades cotidianas, podría tratarse de un problema más serio.

Especialistas advierten que el estrés mal manejado puede impactar la salud física y mental, afectando el sistema inmunológico, digestivo y cardiovascular, además de aumentar el riesgo de desarrollar trastornos como ansiedad o depresión.

Para controlarlo, se recomienda identificar qué lo causa y aplicar técnicas que ayuden a reducirlo. Entre ellas están hacer ejercicio, mantener una alimentación saludable, dormir bien, evitar el exceso de cafeína, escribir en un diario y practicar ejercicios de relajación o atención plena.

Si el estrés se vuelve abrumador o no desaparece, es importante buscar ayuda profesional. La terapia psicológica y, en algunos casos, medicamentos, pueden ser clave para mejorar la calidad de vida y recuperar el bienestar emocional.

Artículo elaborado con información del National Institute of Mental Healt de EE. UU.

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