Las personas tienden a otorgar mayor valor a bienes o experiencias que han requerido un mayor esfuerzo, incluso cuando no existe una ventaja objetiva. Este comportamiento, conocido como sesgo del «coste hundido», tiene una base neurológica, según un estudio de Stanford Medicine.
La investigación, publicada en la revista Neuron y ampliada posteriormente en Nature, señala que el esfuerzo incrementa la liberación de dopamina, un neurotransmisor asociado a la motivación y al aprendizaje, en el momento de recibir una recompensa.
En experimentos con ratones, los científicos observaron que aumentar el «coste» para obtener una recompensa —medido en acciones repetidas o en situaciones de incomodidad— provocaba una respuesta dopaminérgica más intensa, independientemente del tamaño del premio.
El estudio distingue entre «gustar» y «desear»: mientras el primero se relaciona con el consumo cuando la recompensa es gratuita, el segundo depende de cuánto esfuerzo se está dispuesto a realizar para obtenerla. Según los autores, el esfuerzo activa la liberación de acetilcolina, que potencia la respuesta de la dopamina cuando se alcanza el objetivo.
Aunque los resultados proceden de modelos animales, los investigadores apuntan a que este mecanismo podría tener un origen evolutivo, al reforzar conductas costosas pero necesarias en entornos con recursos limitados.






