Contiguo al emblemático edificio del excine Libertad, en el Centro Histórico de San Salvador, Juan Tomás Batres ha detenido el tiempo para hacer arte. El casi octogenario es un fotógrafo con una experiencia de más de 65 años haciendo retratos al óleo, una técnica que se niega a dejar morir y que lo convierte en un gran artista.
Como pocos y excepcionales seres, Juan Batres descubrió a primera vista el amor por su profesión cuando tenía 13 años de edad. Llegó como aprendiz al Foto Estudio Réflex, ubicado entonces en la avenida España, en el centro de San Salvador. Allí estuvo por tres años aprendiendo los inicios de la fotografía junto a Rodrigo Meléndez, propietario del estudio y el primer maestro de Batres, como también es conocido.
Pasaría dos años más en el foto estudio Excélsior, siempre en el centro de la ciudad, aprendiendo sobre fotografía; pero esta vez, con su nuevo maestro, Guillermo Carballido. Cuando tenía 20 años, llegó su tercer gran maestro, Rómulo Alfaro, salvadoreño que había aprendido sobre fotografía en España, él le enseñaría a retocar las imágenes con lápices para las sombras y las luces, y acuarela para los fondos y los rostros.
«Era 1960. Desde entonces a mí me gustó mi profesión, desde el primer momento. Durante los años que estuve en los estudios aprendí la primera etapa del blanco y negro, el revelado, el retoque y la iluminación con acuarela. En esos cinco años aprendí el 50 %, lo demás me lo dio la experiencia», relata el artista.
Con la pasión y mucho conocimiento sobre la técnica del revelado, de los retratos en acuarela y óleo no pasaron más de 10 años de carrera para que se abriera el Foto Estudio Batres. Allí tenía cinco pintores a su cargo, cada uno de ellos sería ahora un aprendiz como el jovencillo Batres lo fue antes. Su ejemplo fue una prueba de que el alumno supera al maestro.
El Estudio Batres abrió en 1970. Durante la siguiente década serían los años de oro para la fotografía al óleo.
Contaba con clientes mayoristas que traían de 50 a 100 fotografías para trabajarlas.
«Los precios que dábamos eran para mayoristas. Por ejemplo, para las fotografías de 8×10 eran 8 colones; para las de 11×14, 15 colones, y para las de 16×20, 25 colones. Pero el vendedor (una especie de intermediario entre el cliente final y el fotógrafo de estudio) las daba más caras, a veces hasta a 400 colones», recuerda.
La tecnología puso un freno al boom de los retratos al óleo y quedaron al olvido las imágenes de pieles tersas, las sombras bien balanceadas y los ojos casi siempre con una apariencia de ser claros. Eran en otrora, y de manera muy artística, los ahora llamados filtros en las redes sociales.
Sin embargo, Batres no desistió. No abandonó su arte y no lo hará porque asegura que hasta el último día de su vida seguirá tomando fotos, pintándolas y restaurándolas desde la 4. a Calle Oriente número 430, en el Centro Histórico.
Un maestro de la tradición
La vehemencia con la Juan Batres se refiere a la fotografía explica por qué es el último estudio de fotografía en su clase en el Centro Histórico y, quizás, uno de los pocos que se pueden contar con los dedos de una mano en el país.
Pero es la pasión por su profesión la que lo convierte en un verdadero maestro que no teme compartir su arte. Al contrario, hay en él una necesidad natural de hacerlo para que se conozca y sobreviva a la tecnología y las instantáneas que circulan en las redes sociales.
«Tomar fotos es una cosa y ser fotógrafo es otra cosa. La diferencia está en aprender verdaderamente el proceso de revelado, sino no se le puede llamar fotógrafo profesional sería un aficionado», explica, al mismo tiempo que menciona los cinco pasos que para él tiene la profesión. Empieza desde la atención al cliente y el estudio, y termina con el retocado de las imágenes.
Son cinco pasos, así como los procesos y químicos que aplica en cada fase del revelado de las fotografías.
















