E l cantón Tierra Blanca, del distrito de Jiquilisco, de Usulután Oeste, es una comunidad que busca dejar el estigma de la delincuencia en el pasado. Esta zona fue catalogada como una de las más conflictivas del departamento de Usulután, debido a la presencia de pandillas; y ahora busca ser reconocida como un sector altamente productivo.
Esta comunidad, ubicada a 13 kilómetros del casco urbano de Jiquilisco, tiene su acceso a través de la carretera del Litoral, desde donde se puede acceder a su zona urbana y a diferentes comunidades, como California, Salinas del Potrero y San Hilario, en estas dos últimas están ubicados los estanques de producción de camarón.
Previo a la implementación del régimen de excepción, el cantón estaba invadido y era controlado por ambas pandillas, la MS-13 y el Barrio 18, las cuales tenían territorios definidos y restringían la movilidad de los habitantes de una zona a otra, afectando el desarrollo de los negocios y limitando el acceso a la educación y al sano esparcimiento.

«Ir al casco urbano en bus era un problema, lo bajaban para interrogarlo o algo peor. Era más complicado con los jóvenes porque los de San Hilario no podían ir al instituto de Tierra Blanca. Antes no se podía andar en cualquier parte, hay lugares que he podido conocer o visitar hasta que se implementó el régimen», contó Jaime Reyes, un habitante del sector.
PRODUCCIÓN CAMARONERA
Estas comunidades pasaron de ser salineras a convertirse en cooperativas camaroneras. La producción comenzó aproximadamente en 2000 y a lo largo de 10 años se popularizó en la zona; sin embargo, una de las mayores dificultades con la que tenían que lidiar era la delincuencia. Los productores recuerdan cómo, previo al régimen de excepción, eran intimidados, extorsionados, despojados del producto que habían trabajado. Aseguran que hubo casos en los que miembros de cooperativas y empleados fueron asesinados, además de que los compradores que llegaban a la zona eran asaltados y amenazados.
«El sur de Tierra Blanca fue un punto rojo en la parte de asesinatos y delincuencia. A este tiempo nos preguntamos, si la delincuencia estuviera igual, ¿seguiríamos produciendo? Porque es desgastante producir y que al final de la cosecha aparezca alguien y te diga que el dinero es de ellos y nos amenace, que saben dónde vivimos y quiénes son nuestra familia. Algunos, ante la situación, dejaban de producir y emigraban», expresó Moisés Hernández, presidente de la cooperativa La Carranza, dedicada a la producción de camarón.
La tranquilidad con la que ahora pueden trabajar les ha permitido convertirse en una de las zonas en donde se produce la mayor cantidad de camarón en el país, aún haciéndolo de forma artesanal.
«Según los datos que manejamos, del sector de Tierra Blanca sale el 80 % del camarón que se comercializa en todo El Salvador. En las comunidades de San Hilario hay como siete cooperativas camaroneras y en Salinas del Potrero hay ocho, ambas pertenecen al cantón Tierra Blanca», dijo Wendy Ayala, miembro de la cooperativa Sarayana y de la Mesa Acuícola de Oriente que representa a 16 cooperativas camaroneras.

En los últimos años, algunas cooperativas han recibido el apoyo del programa Rural Adelante del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) con maquinaria, kits de alumbrado solar, concentrados y capacitaciones. También con su apoyo, hace tres años empezaron el festival del camarón para darse a conocer y potenciar el consumo.
ESPARCIMIENTO
Los habitantes narran la apertura de varios nuevos negocios debido a la tranquilidad con la que las personas pueden laborar; incluso el deporte ha resurgido en la comunidad. Hace un año, un grupo de jóvenes creó el Club Deportivo Salinas del Potrero, luego de más de siete años.
Elvin Andrés Montes, miembro organizador del equipo de fútbol y habitante del cantón Tierra Blanca, cuenta que comenzaron a reunirse el año pasado en la cancha de California, donde antiguamente no cualquiera podía ingresar porque era zona limítrofe entre pandillas.
«Empezamos pocos y se han ido sumando más, ahora incluso tenemos apoyo de residentes en el extranjero que nos patrocinan material deportivo. Años atrás, el equipo dejó de funcionar por la delincuencia que había; ahora, gracias a Dios, con el presidente [Nayib Bukele] que tenemos está mejor la seguridad y eso nos impulsó a los mayores de la comunidad a volver a crear el equipo de fútbol y así motivamos a los jóvenes a unirse a cosas buenas», comentó Montes.
Lo que empezó con un par de personas jugando se convirtió en un club deportivo que entrena dos veces por semana y tiene partidos los domingos; en estos participan más de 30 personas, entre jugadores desde 15 años hasta adultos de más de 30.
«La gente tenía miedo de dejar salir a los jóvenes a jugar a las canchas. Hemos visto muchos cambios, desde transitar libremente, ya no hay temor; antes era incluso complicado ir al instituto o a un centro escolar de otra zona», agregó.







