Es el primer ensayo de toda la Orquesta Sinfónica de El Salvador con miras a la temporada 2023 (que inicia esta noche). Los músicos ya están en sus secciones de instrumentos: viento, cuerdas, metales, percusión.
El nuevo director, Jeffry Newberger, se encuentra en su respectiva posición, de frente a todos, sobre la peana (tarima) de madera para ver a los músicos en su conjunto y que lo vean a él con claridad.
Es el escenario del Teatro Presidente. Se oye el trinar de gráciles avecillas. El director hace un gesto con la batuta (en su mano derecha) y con su mano izquierda al mismo tiempo y, de repente, los sonidos son más suaves, más cortos, más preciosos que los anteriores. Es como estar en un verdadero campo abierto donde las aves trinan y vuelan de un lado a otro.
Con otro gesto pide parar a los músicos. «Vamos de nuevo desde la 14», expresa, y tras un giro de su batuta la música retorna. Los números están claramente señalados en todas las partituras, algunos hasta encerrados en círculos rojos para ser vistos con facilidad.
Los números corresponden a grupos de notas musicales, sobre las que también hay otras anotaciones a mano, muchas anotaciones a lápiz o tinta de lapicero.
Ya no se oye el trinar. Ya van avanzado en el tercer movimiento de «Los pinos de Roma», de Ottorino Respighi.
La obra del italiano, nacido en Bolonia en 1879, gusta mucho al director. En total son cuatro movimientos los que forman «Los pinos de Roma»: «Pini di Villa Borghese» («Pinos de Villa Borghese»), «Pini presso una catacomba» («Pinos por una catacumba»), «Pini del Gianicolo» («Pinos del Gianicolo») y «Pini della Via Appia» («Pinos de la Vía Appia»).
En ciertos momentos, Newberger alza la batuta, la baja; levanta la mano izquierda, la baja; se pone en puntillas, acomoda de nuevo la totalidad de sus pies sobre la peana. Para a los músicos, más indicaciones verbales. Regresa la música, pero después de algunos minutos cesa por completo. El ensayo ha terminado.

Esa mañana y por ser el primer encuentro de toda la sinfónica (más de 90 músicos), el director optó por hacer un repaso general de todas las obras seleccionadas para la temporada sinfónica de este año.
Tocaron «La gazza ladra» («La urraca ladrona»), de Gioacchino Rossini; «Preludio, son y final», del salvadoreño Hugo Calderón; «Cuban overture» («Obertura cubana»), de George Gershwin; «Quiet city» («Ciudad tranquila»), de Aaron Copland, y «Pini di Roma», de Respighi.
Según el maestro, la obra del boloñés es una mezcla de belleza y oscuridad, de temor y libertad, de oscuridad y luz, de maldición y triunfo, lo que le otorga un marcado «color musical».
«Respighi era un maestro del color de la orquesta. En el primer movimiento los contrabajos y los instrumentos bajos de la orquesta no tocan, siempre los colores bien altos de la orquesta. Es súper brillante. El segundo movimiento directamente va al fondo y es un contraste increíble», comenta.
Añade: «Tenemos sonidos de pájaros en el tercer movimiento. El cuarto movimiento es bien serio como los pinos de la Vía Appia, que fue la principal ruta hacia la ciudad de Roma. Los romanos siempre pusieron a la gente en las cruces (crucificados) allí y es súper oscuro, raro. Al inicio del movimiento es como un poco maldito, no sé si es la palabra correcta. Pero el mismo movimiento sale de esta oscuridad, de este temor, a algo súper grande, es un triunfo, porque esta Vía Appia la usaron para poner las cruces, pero también para todos los triunfos cuando las fuerzas armadas estaban regresando a la ciudad. Este movimiento trae ambos sentidos y es increíble explorar la diferencia de color».
Lograr esa intensidad entre los movimientos de «Los pinos de Roma», que las notas musicales sean más suaves, más fuertes, más cortas, más largas, más melancólicas o alegres es lo que el director llama «intenciones».
«El gesto es siempre de la intención de la música, si es algo suave, no necesariamente indica pequeño. El ritmo es como la electricidad, llega y se va. Voy procesando el sonido que recibo, pero realmente estoy preparando lo que quiero comunicar. Entonces, siempre hay un sistema de responder al estímulo, que es recibir de afuera y comunicar desde adentro», comparte Newberger.
«En este primer ensayo se ven las intenciones con la música, el tiempo, inflexiones, texturas, si necesita subir la textura […] Si un Staccato (la nota musical se acorta respecto a su valor original), si la mitad (de los instrumentos) abajo y el resto alto, si se necesita acompañar las violas un poco más», agrega el maestro.
Luego de este primer ensayo vinieron más antes de inaugurar la temporada 2023. En los subsiguientes encuentros de la orquesta, el director se dedicó siempre a las «intenciones», entre otros detalles, con el propósito de ofrecer lo mejor al público.
Si bien el ensayo parecer ser el principio de todo, no lo es. Antes, el director debió escoger el repertorio para la temporada, que su partitura estuviera completa, que las partituras de cada uno de los músicos estuvieran listas y que el conjunto de todas las piezas a tocar (de los cinco compositores seleccionados: Rossini, Calderón, Gershwin, Copland y Respighi) se incluyera en las carpetas y que estas ya estuvieran dispuestas en los atriles.
Si ha sido necesario, el director ha debido investigar las obras de los compositores seleccionados, así como la historia alrededor de la obra. «Con el contexto (historia de la composición), la música sube de la página más. Con el contexto se da más vibrancia, es más inspiración de los músicos y a mí me inspira», dice Newberger.
La partitura del director tiene muchas otras anotaciones y es diferente a la de los músicos. El director sabe qué instrumentos intervendrán, los músicos solo tienen las notas musicales que tocarán. Al final, todo se une y toma textura, color, ritmo, energía, tristeza, melancolía, según los gestos del director. «La parte más importante de ser director es la comunicación y, mayormente, es la comunicación de gestos. Si faltan los gestos, lo verbal, sin comunicar bien, un director no puede ser», reafirma el nuevo director de la sinfónica.
LAS TRES BATUTAS DE SU VIDA
El maestro Newberger ha tenido tres batutas o bastones de dirección en toda su carrera.
La actual tiene empuñadura de madera y el resto es de fibra de carbón. La anterior era completamente de madera y tras 10 años de uso se terminó dañando, sobre todo la pintura, por lo que decidió sustituirla. Eso sí, guarda muy bien a su a antigua compañera.
La primera batuta que tuvo es una verdadera joya. Se la obsequió una querida maestra cuando el joven Newberger, de 18 años, obtenía su primer título como músico.
Recuerda que por una decisión personal la entregó a un antiguo amigo que, ahora, se mantiene alejado de él. Confiesa que añora recuperarla, pues ha crecido su valor emocional. Hace un año, aproximadamente, su querida maestra falleció. «Ya sé dónde está la batuta», expresa con evidente nostalgia.
INVITACIÓN A LA TEMPORADA 2023
El director orquestal y violinista Jeffry Newberger espera que los salvadoreños acudan a todas las presentaciones de la sinfónica. «Mi mensaje sería que todos bienvenidos a los teatros, que el repertorio que vamos a presentarle es en el sentido de servir a toda la comunidad, a todo el país y a toda la gente salvadoreña. Espero verles en los teatros y cuando presentemos en los pueblos. Estamos para servirles».







